Babi y Yo Cap 1.

Fluir. Sonriendo, fluir. Seguir adelante. Cada instante de mi vida parece no significar nada sin ti. Cuántas veces me he puesto a pensar en ello, a infundirme valor, a reír, a bromear, a fingir que lo que me estaba contando esa persona inútil que tenía delante era sin duda lo más divertido que oía en años. Mentir. Mentir para seguir adelante, para intentar ahuyentar ese pensamiento, para no encontrarme de repente, sin darme cuenta, de nuevo entre tus brazos, en ese recuerdo. Y, sin embargo, como una señal del destino, ponen en la radio una vieja canción. Orgoglio e dignità, de Lucio Battisti. «Senza te, senza più radici ormai, tanti giorni in tasca tutti lì da spendere…» («Sin ti, ya sin raíces, con todos esos días en el bolsillo para gastar…»). Ese miedo que precede a la aventura. Sintiendo cansancio y apatía. Sonrío mientras avanzo, me siento como un saco vacío, como una cosa abandonada. Cosa puede parecer un término equivocado, ¡pero en estas circunstancias es perfecto! Sin amor somos cosas abandonadas. Y en un instante revivo la primera vez que te vi, esa extraña sensación, ese estremecimiento repentino que sin ninguna razón recorrió mi alma, esa sacudida que por un momento detuvo mi corazón. Aquí estás…

Aquella mañana estaba sentado con Pollo, bromeando, riendo, cuando llegaste tú. Y fue como si ya supiera que ese día iba a ser especial. Cuando nos encontramos en el semáforo, cuando te miré con más atención, cuando te vi en silencio, todavía con la calidez de la noche recién terminada. Tranquila, con los ojos cerrados escuchabas aquella canción y estabas enredada en quién sabe qué pensamientos. «Eh…» Y entonces te volviste, una mirada, tú y yo, viento en el viento de aquella mañana. Desde ese momento mi vida iba a ser distinta. Y nadie puede imaginarse cuánto…

Y a partir de ese momento, por mucho que no se le quiera dar importancia, nada volvió a ser como antes. Así es, debo decir que en todo este tiempo he tenido ocasión de reflexionar a menudo sobre cómo fueron las cosas entre Babi y yo y he llegado a una especie de teoría que podría llamar «la deriva de los enamorados». Yo creo que cuando dos personas se encuentran, aunque sólo sea simplemente con la mirada como nos ocurrió a nosotros aquella mañana, inevitablemente el rumbo de sus vidas toma una especie de nueva dirección, es como si algo hubiera cambiado y desde ese momento ya nada volviera a ser igual. Y se puede hablar largo y tendido sobre el destino, entretenerse echándole la culpa o el mérito a él, pero yo creo que de alguna manera, según esta «teoría de la deriva de los enamorados» el destino o, mejor dicho, ese encuentro, lo único que ha hecho es darte una oportunidad, te ha mostrado algo, te ha dejado ver por un instante lo distinta que podría ser tu vida. Pero llegado a ese punto tú eres quien decide realmente qué quieres hacer. Aunque a veces también es una cuestión de tiempo. Y aquí es donde entra en juego mi segunda teoría: «la teoría del beso sincronizado», es decir, si el tiempo coincide, si el ritmo del compás está en sintonía, si los deseos están sincronizados, si es el momento de un cambio común para esas dos personas, en resumen, si los dos van en busca de esa misma felicidad…

Y entonces se me ocurre preguntarme: ¿y si apareciera alguien y nada más conocernos me dijera «Eh, tú, sí, tú, ven aquí, ven, siéntate un momento…», y me hiciera sentar en una bonita butaca en el centro de un elegante salón? «Eso es, por favor, ¿quieres tomar algo?» Y me trajera una cerveza bien fría y luego hiciera aparecer una pantalla y me dijera: «Mira…». Y empezaran a proyectarse uno tras otro los días que pasamos juntos, cada instante, el primer beso, la primera discusión, el paseo en moto, aquella noche en la playa de Feniglia, la primera vez que te tuve entre mis brazos, la primera vez que hicimos el amor y luego todas las veces que tuvimos sexo, que en realidad quizá coincidieran…

Cuando te vi convertirte en una mujer, cuando cambiaste de repente, maliciosa, seductora, divertida, con esas extrañas ideas que de vez en cuando se te ocurrían y esas fantasías tuyas sobre el sexo que me dejaban impresionado. Verte florecer así entre mis dedos, «Ah donna tu sei mia e quando dico mia, dico che non vai più via, è meglio che rimani qui a far l’amore insieme a me…» («Tú eres mía, mujer, y cuando digo mía, digo que ya no te vas, es mejor que te quedes aquí a hacer el amor conmigo…»). Y, sin embargo, te fuiste.

Y después de ver ese vídeo aparece una mujer, se sienta frente a mí, me sonríe y a continuación simplemente me pregunta: «¿Y bien? Si hubieras sabido antes todo lo que sabes ahora, ¿qué me dirías? ¿Volverías a vivir esta historia de amor de todos modos?». Y yo le sonrío y no lo dudo, ni tan sólo vacilo un segundo, en absoluto, y casi tengo la impresión de estar en el altar cuando se formula esa pregunta que parece casi una acusación y a la que se responde «Sí, quiero». Quiero.

Lo deseo con todas mis fuerzas. Inamovible, decidido, con determinación, sí, lo deseo. Pero cuántas veces nos hubiera gustado decir lo contrario en nuestra vida, cuántas veces nos hubiera gustado que no sea así como de repente van las cosas… Como una vida a la deriva, una vida sin timón, una vida arrastrada por la corriente de otras personas y no por nuestro desesperado y atormentado deseo. Me habría gustado vivir de todos modos lo que fue, pero me habría gustado que no hubiera terminado así. Me habría gustado que el tiempo se hubiera detenido en uno de nuestros momentos de felicidad, todos esos instantes que ahora, uno tras otros, me vienen a la cabeza y me sumergen y me arrollan con la fuerza de un sentimiento que no pensaba que pudiera existir… Nuestras huidas, el tiempo pasado entre tus brazos, cada uno de tus simples besos con sabor a infinito… Y esas noches, cuando nos escapábamos y nos íbamos a bañar a escondidas a la piscina. Estábamos solos tú y yo…

Un angelo caduto in volo, in tutti i sogni miei, como un ángel caído del cielo en todos mis sueños. Así te recuerdo. Y de tanto en tanto me parece absurdo no poder borrarte de mi mente, ponerme a pensar, a recordar, a sorprenderme, que me lleguen de repente verdaderas oleadas de una dolorosa, plena e inesperada imagen de ti. Cada una de tus sonrisas, cada uno de tus movimientos, y aquella risa tuya, tu manera de cerrar los ojos, de echar la cabeza hacia atrás y luego volver a abrirlos y mirarme con esa intensidad… sí, en esas ocasiones yo me perdía en ti y nunca tuve el valor de decírtelo. A menudo me quedaba callado, sonriéndote, mirándote, y tú de vez en cuando me preguntabas: «¿Pero en qué estás pensando? Venga, dímelo. Mira que si no me enfado, eh… ¡Dímelo!». E intentabas parecer decidida y así conseguir que te dijera algo… y yo, sólo por eso, me reía aún más. Pero me hubiera gustado encontrar las palabras, sorprenderte y emocionarte, y hacerte ruborizar diciéndote lo que sentía por ti. Y, sin embargo, permanecía en silencio y era increíble que mi corazón y mi mente tuvieran tanto que decir y mi boca, nada…

Pero ¿no hubo nada, un instante, un momento, un día, una tarde que de alguna manera me permitiera intuir algo? Forse ¿Que tenías una duda, forse que las cosas no eran como antes, que nuestros corazones en cierto modo ya se habían resquebrajado? Y nunca he entendido por qué, pero la memoria de repente se adentra en las profundidades, hace que emerja algo de las oscuras aguas de un mar plano, de un lago inmóvil bajo el que viven tranquilamente todos nuestros recuerdos, muchos de ellos injustificadamente olvidados. Y ahora aparece con lucidez aquel día en mi mente.

Al igual que si se tratara de una libre canción, la inmensidad se abre frente a mí como un abismo, como un desgarro en el tiempo, y me encuentro allí abajo. 15 de mayo. Últimos días de tu último curso de instituto. Te veo salir de casa, llevas el pelo recogido con dos pasadores azules de fantasía que hacen juego con el color de tus ojos. Sales sonriendo, distraída, y te cuelgas la mochila con los libros al hombro para subir en tu Vespa. Pero no te da tiempo a introducir la llave en el contacto, porque yo estoy allí, esperándote, como mi moto…

—¡Eh, buenos días!
—¡Hola! ¡Qué bonita sorpresa!
Y la belleza de tu sonrisa espontánea no tiene parangón. Dios, qué hermosa eres
cuando sonríes. Dios, qué bella es tu felicidad. El entusiasmo con el que te
iluminas no deja lugar a dudas, estás realmente enamorada, Babi… Y estás
enamorada de mí. Y escucho distraído tus palabras mientras miro sonriendo el
movimiento de tu boca, la expresión de tu cara, tu sonrisa. Y me pierdo en tus
labios, me distraigo con los gestos de tus manos, confundo tus palabras.
—Pallina, como siempre, se ha peleado con Pollo. ¡Será posible que esos dos se
peleen cada dos por cuatro…, bueno, se dice por tres! Yo es que no lo entiendo,
porque…
—Sí, claro…
—¿Mancini? ¿Se puede saber en qué estás pensando?
—¿Yo? ¿Por qué?
—¡Porque cuando dices «Sí, claro» significa que estás en otra parte!
—¡Que no, te juro que te estaba escuchando!
—Sí, ahora sólo falta que te pregunte: «¿Qué estaba diciendo, Mancini?». Y me
parecería a la profesora Giacci. Oh, no, no quiero ser la profesora Giacci, no lo
soportaría. Mancini, ¿has visto cómo me transformas? ¿En lo que me estás
convirtiendo? Contigo me estoy perdiendo…
—Te encontraré allí adonde vayas, cariño…
Tuerce la boca, ladea un poco la cabeza.
—Eh, eso no es propio de ti. ¿Qué has hecho? ¡Cuéntamelo todo, y deprisa!
Y empiezas a pegarme y levantas dos dedos de la mano izquierda como si
dibujaras una «V», pero pretendes aparentar que quieres sacarme los ojos. Y al
final nos abrazamos, empezamos a simular una lucha y nos echamos a reír.
Perdidos, entre nuestros besos perdidos, como suspendidos, como suaves labios
náufragos. Y justo en ese momento sale una señora del edificio y yo la saludo
amablemente.
—Buenos días, señora, ¿ha visto que día tan bonito?
Y la señora mira hacia el cielo, como si no se hubiera dado cuenta.
—Sí, precioso.
Entonces me mira y yo le sonrío haciéndome el ingenuo mientras a escondidas,
abajo, con la mano derecha, intento apretar la de Babi, que naturalmente ella
aparta. Entonces la señora asiente y, dándose cuenta del juego, sonríe.
—Sí, realmente hace un día muy bonito.
Como si quisiera decir: «Afortunados vosotros que podéis disfrutarlo así». Y
entonces ya no espero más, en cuanto la veo cruzar la cancela, cojo a Babi, la
atraigo hacia mí y la beso. Y sus labios saben a arándano, a café y a dentífrico, a
un vino tal vez de la noche anterior o a quién sabe qué infusión oriental. Un beso
suyo es una señal, un relato, un acontecimiento, es algo que ninguna palabra
podrá expresar nunca, ni siquiera las telas de los más perspicaces, de los que se
han esforzado al máximo, desde Hayez y Munch hasta Picasso y Modigliani, o de
cualquier otro artista que pueda haber intentado comprender o describir un beso
suyo.

Luego se separa de mi beso y me mira curiosa y divertida:
—¿En qué estás pensando, Mancini? —Levanta una ceja para intentar adivinar
mis pensamientos—. Di la verdad. ¿Ya la has liado?
—¿Pero por qué se te ocurre pensar algo así?
Me llevo la mano al pecho en un desesperado y silencioso intento de quién sabe
qué inconsistente juramento. Y sonrío intentando convencerla y niego con la
cabeza y al final añado unas palabras:
—¡Claro que no!
Ella se ríe, pero no está del todo convencida.
—No me lo creo. —Sin embargo, no le permito que diga nada más y me dispongo
a besarla, aunque antes de que suceda de nuevo me detiene, pone una mano en
mi pecho y me mira a los ojos, esta vez seria, ya no se ríe, incluso parece severa
—.
Sí, en momentos como éste es cuando Babi más me fascina, porque tiene una
manera muy particular de mirarme. Hace que de repente me sienta como
superado. La miro, pero no consigo entenderla, me desorienta, y aun así sus ojos
y sus silencios consiguen emocionarme. En esos momentos siento algo que no he
sentido en toda mi vida. Había mirado a otras mujeres antes, pero nunca ninguna
me había hecho sentir lo que me hace sentir ella. Y otra cosa curiosa es que
cuando simplemente nos rozamos es como si se produjera un cortocircuito. Babi
sigue mirándome y por un instante parece esbozar una sonrisa.
Pero ¿tú qué quieres de mí?
Y sin esperar ni un segundo le contesto:
—Todo. —A continuación me corrijo—: Más.
Y ella parece satisfecha, aunque continúa:
—Pero ¿nosotros qué somos?
—Cariño, somos amantes, cómplices. ¡Tú eres… una mujer por amiga! Sí, incluso
somos amigos.
Y parece que eso también le parece bien.
—¿Duraremos?
—Para siempre. Cada día, después de cada día. Cambiando, amándonos más,
sorprendidos de que cada día que siga a otro seamos capaces de amar tanto
como nunca habríamos imaginado.
Entonces sacude la cabeza y se echa a reír.
—Mancini, no sé de dónde has salido, pero me estás jodiendo.
Abro los brazos y simplemente le sonrío.
—Gervasi, estaba aquí. Siempre he estado aquí. Sencillamente te estaba
esperando.
—Sí, sí, claro, cómo no… Venga, que ya llego tarde. —Y, diciendo esto, se pone el
casco y sube detrás de mí.
Arranco. Primero lentamente, sin dar mucho gas, y ella me toca la espalda, mueve
la mano arriba y abajo como si me rascara o, mejor dicho, me acariciara, una señal
para decir: «Sí, estoy de acuerdo, y todo es como siempre». Luego aprieta las
piernas con más fuerza contra las mías, y ese gesto, curiosamente, me excita, y
quizá lo entiende o yo soy tonto por pensarlo pero, sin embargo, mete su mano
bajo mi cazadora y me abraza, me levanta un poco la camiseta y sus dedos me
tocan la piel y eso me excita todavía más, y no puedo hacer otra cosa que dar gas
y siento que ella se aprieta todavía más fuerte contra mí. Pliego el retrovisor hacia
adentro hasta encontrar su rostro, que sonríe, entorna los ojos protegiéndose del
viento pero me mira con malicia, o al menos eso me parece. Acelero aún más y
me estrecha con más fuerza, siento que apoya la cabeza sobre mis hombros y la
imagino cerrando los ojos y dejándose llevar en el viento. Reduzco dos marchas,
plegándome con dulzura al entrar en la curva. Siento que levanta un poco la
cabeza, se da cuenta al momento, pero sólo cuando la moto vuelve a estar
derecha se yergue de golpe.
—¡Eh! Pero ¿adónde vamos? ¡Mi colegio está por allí!
Le sonrío por el retrovisor.
—Tienes razón. Considérate raptada.
Y ya siento el aroma del mar.

 

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