Babi y Yo Cap 2.

Conduzco tranquilo hacia la costa, dando poco gas a la moto, sin prisa, sin tirones
del motor. El sol es tibio esta mañana.
—Eh, no corramos, paremos aquí…
De manera que entro en la primera gasolinera que encuentro y decidimos
desayunar. Nos tomamos un capuchino, y el camarero, un joven de no se sabe
dónde que como un estúpido se cree guapo, le dibuja un corazón en la espuma
de la taza con la última gota de café. No sabe que se la está jugando. De hecho, le
sonríe todo el tiempo, pensando en la hipotética e increíble evolución que podría
tener para él este encuentro. A continuación pone una chocolatina en el platito de
la taza y esta vez por fin se da cuenta de mi presencia. Le sonrío como diciendo
«Gracias, muy amable». Babi por un instante frunce el ceño, me mira ladeando la
cabeza, entorna un poco los ojos como si quisiera entender algo más, como si
quisiera espiar en mi cabeza. Seguidamente hace una mueca de desaprobación,
como diciendo: «No irás a ponerte celoso por este tío, ¿verdad? Por cualquier
otro sí, pero por éste no, por favor, cómo puedes pensar que pueda gustarme
alguien así…».
O al menos eso es lo que se me ocurre al ver su expresión. Después sacude la
cabeza y bebe un sorbo de su capuchino, y cuando separa la taza tiene un poco
de espuma en la nariz. Entonces yo, riendo, se la quito con un dedo. Y seguimos
bebiendo tranquilos, uno junto al otro, rozándonos de vez en cuando la mano, el
brazo, con unas continuas ganas de tocarnos, sonriendo, sin ninguna explicación.
Porque el amor es así: cuanto más intentas entenderlo, más se te escapa; cuanto
más intentas racionalizarlo todo, menos encuentras ningún tipo de justificación. El
amor es una cuenta que no cuadra, es una mágica ilusión, ligera pero fuerte y
sólida como la más antigua de las iglesias que, sin embargo, está lista para
romperse con el más ligero soplo de una decepción, lo mismo que el más fino y
delicado de los cristales. Pero de nosotros dos estoy seguro, siento nuestra
fuerza.
Hay veces en que pienso que Babi y yo podríamos estar a gusto y divertirnos en
cualquier parte, no importa dónde. En un bar, en medio del tráfico, debajo de
casa… Como aquella vez en la playa.
Después, casi sin darme cuenta, sin un verdadero motivo, me traslado allí, a otro
recuerdo, a la cena en casa de unos amigos suyos a la que me había llevado a la fuerza.
—¡Venga, ven, estoy segura de que te sentirás a gusto, que pareces un oso,
siempre encerrado, no sólo vas a salir con tus amigos de siempre! Crecer es
justamente confrontar otras mentalidades, otras opiniones… Quizá no las
compartas, pero ahí reside la diferencia.
Yo me echo a reír.
—¿Por qué te ríes…?
—¡Por nada, es que me gusta que me eduques!
—Bueno, ya sería hora…
Y en realidad estoy pensando en Hook, en el Siciliano, en el Tricheco, en Pollo y
en todos los demás vestidos elegantemente, cenando en la misma mesa que sus
amigos. Sí, me los imagino intentando comer despacio, de forma educada, con
unas americanas robadas quién sabe a quién. Americanas que les van estrechas,
abultadas en los antebrazos, lisas en los codos. No pueden abrocharse ningún
botón, y no por la barriga, sino por sus pectorales.
—¡De acuerdo, gracias, profe, iré con mucho gusto!
De modo que me encuentro en una bonita casa, muy elegante, en el último piso
de un edificio de via Cortina D\’Ampezzo. Una casa decorada en blanco, ático y
sobreático, con una cocina en negro, superrefinada, y una mujer perfectamente
vestida, con su uniforme y su cofia, acostumbrada a no fallar en nada y sobre todo
a no decir nunca una palabra de más.
—Sentaos, sentaos.
Y empezamos a cenar.
—Por fin te conocemos…
En la mesa, algunas chicas me miran divertidas, sonríen amablemente, quizá
demasiado amablemente, porque luego miran a Babi y vuelven a ponerse
«extrañamente» serias. Me viene a la cabeza aquella película, Una dama y un
bribón, de Claude Lelouch, yo sería Lino Ventura, invitado a cenar en casa de
Françoise Fabian, y sus amigos lo meten en apuros, no paran de hacerle
preguntas, se ríen de su ignorancia:
—¿Qué opina de Fellini?
—No lo conozco…
Se miran sorprendidos y atónitos.
—Entonces ¿cómo elige una película?…
Lino Ventura mira a Françoise Fabian y le sonríe con aplomo.
—Igual que cuando elijo a una mujer, corriendo el riesgo…
¿Y yo, en cambio, qué riesgo estoy corriendo? Contesto divertido a las preguntas
de los chicos de la mesa:
—No, no creo que vaya a la universidad.
—Y ¿qué harás?
—No lo sé.
Y se miran pasmados, como si no fuera posible dar esa respuesta, mientras uno
de ellos sigue charlando con Babi, cosa que lleva haciendo desde el inicio de la
cena.
—Y ¿tú qué opinas?
Babi me mira, intentando justificarme a sus ojos.
—Me parece que no quiere desvelaros su secreto… Al final siempre acaba
sorprendiéndote.
Y el tío sigue sonriendo.
—Me encantaría saber cómo te sorprendió a ti… ¡Tú no debes de ser fácil de
sorprender! —Y le toca un brazo, sonriéndole—. ¡Ay, si yo tuviera una chica como
tú! Ojalá te hubiera conocido antes que ese Step…
Y no deja de hacer bromas, según él divertidas, durante toda la cena. Y no sólo
eso, sino que curiosamente también quiere conocer nuestra historia.
—¿Cuántos años lleváis? No es por llamar a la mala suerte, ¿eh?, pero siempre
hay un año de crisis…
Y finjo divertirme con esa broma mientras Babi de vez en cuando me observa y yo
entorno los ojos y le sonrío también a ella, como diciendo «¡Que no, tesoro, no te
preocupes, cómo me va a molestar este tío! ¡Si hasta lo encuentro gracioso! En
serio, de verdad, es realmente divertido».
Y entonces, tras ver mi expresión, parece más tranquila, como si por fin me
encontrara cambiado. Sí, realmente está más relajada. Pero ese tío no para.
—Y ¿tus padres qué dicen de que salgas con alguien así? No, porque… —me mira
—, entre nosotros, Step, tú eres una pasada, en serio, un mito, de verdad, mejor
dicho, una leyenda…
Le sonrío quitando importancia, pero por un instante se me ocurre pensar que se
está cachondeando de mí, aunque prefiero no pensarlo, no quiero creerlo.
—Pero ellos, los padres, en cuanto te sales un poco del camino se preocupan, se
asustan, piensan que podrías descarriar a su preciosa hija…, ¿entiendes? Y se
sentirían mucho más seguros con alguien como yo, ¿verdad, Babi?
Descarriar a su preciosa hija. Pero ¿qué sabrá él de Babi? Si tuviera la menor idea
de las locuras que ha sido capaz de hacer…
Babi me mira como pidiéndome permiso para contestar, o a saber qué busca en
mis ojos, en sus ganas de compartir este momento. Pero yo me sirvo educadamente la última copa de vino, evitando a propósito su mirada. Luego
bebo lentamente, siempre mirando hacia otra parte mientras ella, después de
estar esperando inútilmente mi ayuda, decide contestar de todos modos.
—Sí, puede que sí. Mis padres son así, al menos mi madre.
Entonces me vuelvo hacia ella y la veo evitar mi mirada, bajar los ojos, como si
supiera que de alguna manera ésa será la razón de nuestra derrota. Y a mí me
gustaría que no hubiera nadie en este momento, Babi, para ponerte una mano
bajo la barbilla, levantarte la cara, mirarte a los ojos…
«No, no será así, Babi, te lo juro, nosotros nunca nos dejaremos…»
Pero hay demasiada gente. Concretamente ese tío que parece tan feliz después
de oír su respuesta.
—¡Sí, lo sabía! ¿Lo veis?, al final la razón siempre la tienen los padres, y nosotros
nos daremos cuenta cuando ya no estén.
Y sacude la cabeza seguro y convencido de que ha dicho vete a saber qué gran
verdad.
A continuación se levanta y coge una botella de la mesa.
—¿Qué me decís?, ¿seguimos con éste, estáis de acuerdo?
Me levanto y me dirijo a él amablemente:
—¿Te importaría si fuera contigo a ver qué otros vinos buenos tienes?
—¡Claro, ven, mis padres tienen un montón!
Sonrío a toda la mesa, como si fuera uno de los invitados más educados de este
mundo, que simplemente quiere ayudar y ser un poco útil para que la cena sea
un éxito.
—Por favor. —Lo hago pasar delante de mí y luego entramos en la cocina. Entorno
la puerta a mi espalda mientras él se estira hacia arriba para, seguidamente, abrir
la puerta de un armario.
—Sí, están aquí arriba…
Pero no le da tiempo a decir nada más. Le lanzo un derechazo con todo mi peso a
su riñón izquierdo, sin medias tintas, con fuerza y rabia, manteniendo el puño
bien cerrado. Lo golpeo hasta el fondo y, al mismo tiempo, le pongo una mano en
la boca, sofocando su posible grito. Pero el enorme dolor, conozco bien esos
golpes, lo hace mover impulsivamente el brazo derecho y un cuenco de madera
que está sobre la mesa de al lado aterriza en el suelo y empieza a girar
produciendo un ruido sordo y fuerte que retumba por toda la cocina.
Inmediatamente llega una voz desde el salón:
—¿Cómo va por ahí? ¿Todo bien?
—¡Sí, sí, disculpad, ha sido culpa mía!
Todavía tengo la mano en la boca de ese gilipollas. A continuación, lo suelto y lo
giro sobre sí mismo. Le cojo un dedo de la mano derecha, lo meto entre los míos
y le doy un buen apretón, con lo que él deja escapar un grito ahogado.
—Bueno, te lo voy a explicar sólo una vez. Ahora tú coges la mierda de vino que
te parezca y vuelves al comedor sonriendo como si no hubiera pasado nada en la
cocina; es más, como si hubiera sido uno de los momentos más agradables de
una de tus estúpidas cenas. ¿Lo has entendido?
El tío asiente despacio con la cabeza, de modo que le aprieto un poco más el
dedo y veo en su cara una mueca de dolor.
—Vale, ahora escúchame bien… Si oigo que dices algo más sobre Babi durante el
resto de la cena, volveré aquí mañana y este dedo que de momento todavía
sientes, porque lo sientes, ¿verdad? —Para asegurarme, se lo retuerzo un poco
más, haciéndole girar toda la mano, luego el brazo y al final todo él, que acaba
doblado hacia adelante, dándome la espalda o, mejor dicho, directamente el culo
—. Pues este dedo, mañana te lo arranco del todo, así ya no lo sentirás más, ¿lo
has entendido?
Silencio.
—¿Estamos de acuerdo?
Doblado hacia adelante, él asiente.
—¿Seguro?
Aprieto el dedo con más fuerza y él se dobla más aún con un levísimo «Ay…» que
por suerte sólo oigo yo. Entonces veo que mueve deprisa la cabeza arriba y
abajo.
—¡Sí, sí, clarísimo!
Esta vez me parece que sí lo ha entendido. De manera que le suelto el dedo y
luego le doy una palmada en la espalda con gesto amistoso.
—Estupendo, ¿ves como cuando quieres entiendes las cosas? Bueno, cuando
entres ahí, hazlo sonriendo, si no a ver qué se van a pensar, ¿entendido?
Asiente de nuevo. Y entonces me voy, pero no sin antes darme el gustazo de
propinarle una buena patada en el culo, de modo que el tío choca de nuevo
contra el cuenco de madera que estaba en suelo y que por el golpe va a parar
contra el armario, pero yo grito desde lejos para tranquilizarlos a todos:
—¡He sido yo, culpa mía otra vez, pero va todo bien!
Y un instante después regreso sonriendo al salón.
—Había un montón de cosas en la cocina y para encontrar los vinos nos hemos
liado un poco, he dejado solo a…
Me acabo de dar cuenta de que ni siquiera sé cómo se llama.
—Sí, total…, estoy seguro de que traerá el mejor.
Uno de los chicos me sonríe.
—Gabriele, se llama Gabriele…
—Bueno, sí… —Me siento—. Gabriele nos traerá un vino exquisito con el que
continuar esta agradable cena.
Veo que Babi me estudia, me mira entornando los ojos, luego se pone seria y
adopta una expresión como diciendo: «Mira, si le has hecho algo, no vas a volver
a verme».
Y, repentinamente, un ambiente helado se cierne en el salón, como si de algún
modo todos hubieran entendido su mirada, como si ellos también hubieran oído
el eco de sus amenazadoras palabras. El silencio prosigue, pero entonces la
puerta de la cocina se abre y entra Gabriele.
—Disculpadme… He tardado un poco, estaba buscando justo éste, un brunello
del noventa, el mejor vino que tengo en casa, tenéis que probarlo esta noche sin
lugar a dudas.
Como Babi lo ve tranquilo y, lo más importante, no maltrecho, exhala un suspiro, y
también los demás parecen más relajados mientras Gabriele prosigue:
—Es más, si me lo permitís, me gustaría hacer un brindis.
Y, sin esperar, descorcha la botella y empieza a servir el vino en nuestras copas. A
continuación, me mira sonriendo.
—Por Step y Babi, y su preciosa historia de amor…
Levanto la copa y la entrechoco con dulzura con la de Babi, que naturalmente me
sonríe aunque fingiendo, porque ha comprendido que por fuerza tiene que haber
ocurrido algo en la cocina. De modo que tomo enseguida la palabra.
—Gracias, Gabriele, eres muy amable. Pero como Babi es un poco desconfiada y
piensa que yo de alguna manera te he inducido a hacer este brindis, teniendo en
cuenta que hasta hace poco ironizabas sobre nosotros… Dile que has sido tú, que
de manera repentina e inexplicable has cambiado de opinión, y que yo, y mucho
menos mis modales, no tengo absolutamente nada que ver con ello. Porque en
otro caso a mí no me va a creer nunca…
Gabriele está como paralizado, no ha pensado ni por asomo que con ese gesto se
estaba pasando.
—¡Pues claro! Pero ¿cómo puede pensar eso? ¡Es absurdo!
Entonces mira a Babi y se da cuenta de que ha vuelto a equivocarse.
—No, no, o sea, quería decir que me he equivocado yo antes cuando ironicé un
poco, pero lo que he dicho ahora me ha salido de manera espontánea…
Y, tras pronunciar esa última frase tan empalagosa, como si no bastara, se toca la
mano derecha y se la masajea un poco. Naturalmente, Babi atenta y despierta
como es, no puede dejar de advertirlo. De modo que se gira rápidamente hacia
mí, sacude la cabeza y se me queda mirando, pero yo hago como si nada y evito
cuidadosamente su mirada.
—¡Oh, gracias, Gabriele! —Levanto la copa hacia él—. ¡Eres una persona irónica
pero también divertida y romántica, y es un placer haberte conocido!
Y entonces acerco la copa hacia él, que me sonríe a pesar de que no sé si
realmente está muy contento de que nos hayamos conocido. Seguidamente
brinda conmigo, naturalmente con la mano izquierda

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