Babi y Yo Cap 4.

Al cabo de un rato, nos dirigimos hacia la moto.
—Pero ¿adónde vamos?
—Tengo una sorpresa para ti —y le digo que suba.
—¿Y el casco?
—No hace falta.
—Pero es peligroso…
—Que no. ¿Te fías de mí?
Y ella, sin decir una palabra, me mira a los ojos. Esa mirada la conozco
perfectamente, la reconocería entre un millar, es exactamente la mirada a lo Babi.
Luego, sin abandonar mis ojos, sube a la moto. Me mira todavía un rato y, a
continuación, ladea la cabeza en silencio. Asiente, un movimiento casi imperceptible, como diciendo «De acuerdo».
Me subo a la moto y arranco el motor, meto primera y recorro unos metros sobre
la arena.
—Vamos hacia el mar.
Pliego mejor el retrovisor de la izquierda hacia nosotros, de manera que me
queda toda dentro, su mirada, sus ojos, su sonrisa. Y ella me mira, intensa como
nunca, y yo acelero ligeramente y la moto se revuelve en la arena. Entonces meto
enseguida segunda, así se hunde un poco más y avanza con más facilidad.
Veo a Babi apoyarse en mi hombro derecho, ahora sólo leo su perfil, acariciado
por la brisa. Sereno, su rostro todavía refleja las marcas de mi deseo. Sus labios
pintados con los rayos del sol sobre el mar parecen más suaves, sus ojos
cerrados, tranquilos. ¿En qué estará pensando? ¿Es feliz?
Cuando de vez en cuando la moto se revuelve, noto que me abraza con más
fuerza para buscar en mí esa seguridad. Después Babi se yergue un poco en el
asiento, se me acerca y me susurra al oído:
—Me fío de ti, corre si quieres.
No deseaba otra cosa. Acelero y la moto sale flechada hacia adelante y corremos
por la orilla fría y dura. De tanto en tanto, alguna ola se nos cruza por debajo y se
levantan a nuestro paso altas columnas de agua, por los lados, a derecha e
izquierda, hacia el cielo, y se hacen añicos en el sol, y mil arcoíris se iluminan en
esas gotas saladas y se apagan poco después sobre la arena.
Babi levanta las piernas para no mojarse y, al final, me las enrosca alrededor de
las caderas y me sonríe por el retrovisor maliciosa, recordándome lo flexible que
puede ser…, tal vez, pero no lo sé, y no me importa, ya lo descubriré. Y mientras
tanto huimos así. Siempre me ha gustado espiarla por el retrovisor, es mi manera
particular de controlarla, de intentar adivinar a escondidas lo que está pensando.
Recuerdo que lo hice nada más conocernos, incluso cuando no debería haberlo
hecho, fue una noche muy divertida…
Por la orilla del mar a mi lado, ahora corro más deprisa. Parece que fue ayer
cuando estaba en casa y me llamó Pollo por teléfono.
—Eh, ¿qué estás haciendo?
—Nada, estoy estudiando.
—¿De verdad? Pero ¿me lo estás diciendo en serio? Venga ya, no me lo creo, lo
haces adrede, me tomas el pelo…
Me echo a reír.
—Pero ¿por qué nunca me crees?
—Porque dices un montón de chorradas. ¿Y qué? ¿Paso a recogerte? Venga,
iremos al teatro Marcelo a pegar a los maricas.
Sabe de sobra que es una de las cosas que odio.
—¡Anda, ve tú a hacer el cabrito!
Y estalla en una carcajada estrepitosa.
—Oh, eres una pasada —continúa diciendo Pollo—. Te lo juro, tus silencios y tus
cabreos se pueden ver como si fuera una videollamada. Vale, lo pillo, esta noche
tampoco vienes, total, ya lo sabía, te lo he dicho aposta, ya sé que no vas a salir
sea cual sea el plan, y menos éste. ¿Y mañana? ¿Te apetece que pase a recogerte
por la mañana y nos vayamos fuera? Quizá a Sacrofano. Venga, tengo a dos en el
bote que conocí en el Pigneto. ¡Una te conoce por tu fama de hombre y ahora
quiere conocerte para saciar su «hambre»! ¿Se puede saber por qué circula esa
historia? ¿Alguna tía se ha inventado que follas bien? ¡Mira que tienes potra, y es
una de esas leyendas urbanas que no se sabe de dónde salen ni por qué! ¡Y,
mientras tanto, ésta se te quiere follar por la confianza! Yo, en cambio, siempre
tengo que esforzarme, y si la cosa va bien recojo tus migajas, ¿no te das cuenta?
Es una injusticia. El mundo está lleno de injusticias.
—¡Ya, ya, ahora invocas a la justicia, precisamente tú! A ti la legalidad sólo te
interesa cuando sacas tajada.
—Entonces ¿vienes mañana o no? Te voy a decir hasta los nombres: Katia y Ana.
Venga, vamos a tiro hecho.
Sacudo la cabeza, qué pasada, es realmente idiota, como si Katia y Ana tuvieran
que ser por fuerza sinónimo de fáciles. Decido atacarlo.
—Perdona, ¿y Pallina?
—Nos hemos peleado.
—Ah, ¿y por una pelea ya tienes excusa para «distraerte» así?
—Sí, es que tenía razón yo.
—Si te pilla, ¿crees que vas a seguir teniendo razón? En ese mismo momento
pasarás a ser el que no la tiene, pero definitivamente…
—Ah, no, oye… Por mucho que intentes traerme mala suerte no me espantas,
¿sabes?
Está realmente loco. Habla en un italiano muy particular.
—Que no es eso, Pollo, es que mañana quiero ir a la playa con Babi.
—Venga ya, siempre estáis como dos tortolitos. Te ha obligado, ¿eh?
—Pero si es una sorpresa.
—¿Encima? ¡Pues las sorpresas las das cuando no puedas follar! Pero si aquí vas
sobre seguro, ¿no? Pues ¿qué coño te importa darle una sorpresa? ¿O se me
escapa algo?
Pollo es realmente absurdo.
—No me gusta que hables así. Si te pillo, te doy una somanta de bofetones en la
boca. Ten cuidado, que te la estás jugando…
Pollo entiende que me hace reír hasta cierto punto y, en todo caso, ante la duda,
decide cambiar de táctica.
—Y ¿a qué playa?
—Fregene.
—No me lo puedo creer. Escúchame bien, ¿quieres un consejo?
—Claro. Y de ti, son todos estupendos. Dime.
—Eh, tienes razón, es tu día de suerte. Pues bien, hay un tío que me debe dinero.
—¡Por fin, a ver si así me toca algo!
Pollo se ríe como un loco.
—No, no, no tiene ni un céntimo, se lo gasta todo. Pero puede hacerte quedar de
coña. ¡Con lo que voy a decirte, follarás seguro!
Se queda un instante en silencio, luego se acuerda de que voy con Babi.
—Pasarás un día estupendo, quiero decir… Total, haz lo que te salga de la polla.
Ahora te cuento…
Y, naturalmente, me sale con una de esas historias a lo Pollo, fantásticas, de esas
que no dejan lugar a dudas, que sólo a él pueden ocurrirle. Y, por consiguiente, a
mí. Pero, al fin y al cabo, Pollo es así.
—Bien, estamos llegando.
Babi se separa de mí.
—Pero bueno, no me lo puedo creer, es precioso…
Sí, en efecto… Las historias de Pollo van más allá de toda imaginación.

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