Babi y Yo Cap 5.

Aparece ante nosotros, todavía lejos. Un restaurante frente al mar, con las mesas
fuera, las ventanas abiertas y unas grandi cortinas ondeando al viento. Doy un
poco de gas y, mientras conduzco la moto, los pensamientos se pierden.
Siempre sucede lo mismo, me subo y es como si la mente se liberara. Somos mi
moto y yo, y somos una sola cosa. Pero esta vez, quizá porque conmigo también
está ella, las cosas son diferentes. No hay remedio, hemos sido creados para
tener al lado a otra persona, tal vez porque cada uno de nuestros pensamientos
no tendría la oportunidad de compararse con otros, una triste dictadura privada
de ocurrencias, de cierta ironía, más aún cuando empezamos a creérnoslo
demasiado. Pero sobre todo porque otra persona es un producto distinto y, a
nuestro lado, inevitablemente da vida a un imprevisible compuesto químico: el
origen de una nueva fórmula. Única, especial, que únicamente nace de la unión
de esas dos personas…

Siento a Babi apoyada en mí, siento el mar a nuestro alrededor, que nos
acompaña con su aliento. Y por todo ello me siento satisfecho. Tranquilo, como quizá no lo he estado nunca. Noto que huyen de mí todos esos problemas, esas
inútiles tensiones por las cosas que ya han quedado atrás. La perfección que
buscaba en mi madre, la belleza de mi familia.
Y entonces, no sé de dónde, aflora ese recuerdo…
Mi padre y mi madre bailan alegres en casa, luego mi madre se aparta de él, mira
a su alrededor, me ve, sonríe y me arranca del puf donde estoy sentado
mirándolos divertido. Me atrae hacia ella cogiéndome de la mano, me escoge a
mí, no a mi hermano, a mí. Y bailamos juntos, y mi padre ríe, nos mira y ríe. A
continuación, coge a mi hermano y hace que baile él también, quizá más para
distraerlo que para otra cosa, para que no se sienta mal. Entonces mi madre me
eleva y me abraza con fuerza, me hace bailar estrechándome entre sus brazos y
yo me río y oigo que tararea la canción mirándome a los ojos, y no es la primera
vez. Sabe muchas, tal vez todas. Y yo cierro los ojos y río, río… Sí. Eso es lo que
me gustaba pensar de mi madre: que era perfecta. Hay cosas que se nos quedan
dentro, quizá para siempre, que regresan en los momentos más impensables,
incluso cuando somos felices. Casi como un desagravio, como si fuera una
inevitable conexión de nuestra imprevista felicidad. ¿Es posible que en cierto
modo la hayan provocado? ¿La decepción a causa de mi madre puede
empujarme hoy a amar de un modo tan liberador? Siento que Babi se aprieta
contra mí con más fuerza, es una casualidad como a veces sólo la vida te regala, y
todo ello me emociona sin que ella pueda saber o comprender el porqué…
Entonces aminoro la velocidad porque ya hemos llegado. Estoy contento.
Me gusta darle sorpresas, llevarla a sitios que no conoce, y todavía más mirar su
rostro iluminarse por el asombro. Como aquella tarde…

Algunas mesas del restaurante tienen encima un pequeño ramo de flores. Me
entran ganas de sonreír. Pollo y sus líos… A saber qué relación tienen él y el propietario de este sitio para convencerlo un día cualquiera de entre semana del
mes de mayo para que venga aquí a Fregene y abra el restaurante para una
simple pareja, es decir, nosotros.
El propietario sale por la puerta justo en ese momento, quizá al oír el ruido de la
moto, o tal vez ya hacía rato que estaba mirando a la playa. Lleva puesto un
delantal, tiene una barriga prominente y unas grandes manos con las que se la
acaricia. Su rostro es sonriente, no parece que le haya costado tanto abrir, o bien
es un buen actor. Claro que, siendo alguien que tiene relación con Pollo, más bien
podría tratarse de eso último… Nos sonríe, entorna los ojos y asiente. A saber lo
que le habrá dicho de nosotros. Apago el motor de la moto y bajamos. A
continuación, se lo señalo a Babi con la mano.
—¿Me das ese trozo de madera? Sí, ése de ahí…
Lo recoge y me lo pasa. Debe de haber llegado quién sabe de dónde, pero lleva
tiempo ahí porque está seco y todavía lo bastante compacto para aguantar el
peso. De modo que lo tiro al suelo y lo acerco con el pie al caballete que he
bajado. Lo sitúo encima para que la moto no se hunda en la arena. Ya está. Me
limpio las manos en los vaqueros y nos encaminamos juntos hacia el amo del
restaurante. Sonrío al hombre.
—Buenos días…
—¿Tenéis hambre?
—Mucha…
Miro a Babi, que se encoge de hombros y asiente. Sí, otra de sus rarezas es que
parece que nunca tenga hambre, pero luego se sienta a la mesa y come con
apetito. Ésa es otra de las cosas que me gustan de ella.
Su forma de ser.
Siempre me he reído y he bromeado con Pollo, y hasta con mi padre cuando era
pequeño, sobre cuáles podían ser las cosas que nunca soportaría de una chica,
esas que me alejarían de ella o me harían comprender que esa mujer no estaba
hecha para mí.
Su manera de comer, por ejemplo. No debería ser exagerada, ni hacer demasiado
ruido, ni dar golpes con los cubiertos, ni masticar con la boca abierta. Sí… De
Babi, en cambio, me gusta que coma bocados minúsculos, que lo corte todo con
cuchillo y tenedor (¡hasta el cruasán del desayuno! Bueno, no, quizá eso es
demasiado).
Que le guste la música que me gusta a mí, o no, pero si pongo un disco o
encuentro una canción en la radio y en ese momento precisamente me apetece
oírla, sí, me gustaría que se alegrara por mí, que me la hiciera vivir, ¡que
disfrutara, por estúpida que fuera, de mi felicidad! ¡Eso es, la mujer que quiero
no debería nunca prohibirme ser feliz ni por una tontería!
Me gustaría que no me estuviera demasiado encima mientras conduzco, que no
me estresara, sino que se relajara, que disfrutara de la vida, que no hiciera juicios
precipitados, que fuera tolerante, que me sorprendiera, que se enfadara cuando
me pareciera absurdo que se enfadase (¡aunque luego, pensándolo mejor, hace
bien en enfadarse!). Que me hiciera mejorar.
Me gustaría que me hiciera sentir adecuado incluso en las situaciones más
inadecuadas. Que pensara lo mismo que yo y me lo dijera un instante antes de
decirlo yo, convirtiéndome en uno de esos que siempre dicen: «¡Oh, no te lo vas
a creer, pero estaba pensando exactamente lo mismo!».
Sí, la mujer que amo es así, y es Babi.
La veo caminar delante de mí y, de repente, me parece tan mujer. Recuerdo la
primera vez que me di cuenta de ello, la primera vez que la vi tan segura de sí
misma…
Incluso el hombre del restaurante se da cuenta de ello y la deja pasar. La mira
complacido y aprecia su belleza, no siento celos.

En cuanto entra en el local, Babi se queda asombrada. Hay varias mesas puestas,
con flores en cada una, habrá una decena y, sin embargo, en el restaurante no hay
nadie más aparte de nosotros.
—¿Os gusta? —El hombre aparece en medio de nosotros y se ríe divertido de su
increíble sorpresa—. Qué pasada, ¿no? Como en Érase una vez en América,
cuando él, De Niro, ¿no?, reserva todo el restaurante para ellos solos. Pero aquí
no hay violines… Bueno, yo lo tengo todo un poco más sencillo.
Y, al ver que tampoco es que nos riamos mucho, se rasca enseguida detrás de la
cabeza los pocos pelos que le quedan.
—Ah, lo que pasa es que vosotros no habéis visto esa película… Ni siquiera
habíais nacido en los años ochenta. Bueno, en cualquier caso, es una buena
película, incluso había preparado la música… ¿Puedo ponerla?
Entonces lo miro, todavía estoy sorprendido con todas las molestias que se ha
tomado, y él nos mira sonriente, a la espera de nuestra bendición.
—Por supuesto…
—¡Gracias! Pues me voy a la cocina y enseguida os traigo algo de comer.
Y desaparece corriendo en la cocina.
Estamos solos en el interior del restaurante, con las cortinas ondeando ligeras al
viento, con todas esas mesas dispuestas y la luz que, reflejada en el mar, llena la
sala y la vuelve mágica. Sólo puedo abrir los brazos.
—¿Escoges tú?
Babi sonríe y se presta al juego. De modo que empieza a caminar entre las mesas
fingiendo cierta indecisión sobre cuál puede ser la mejor para nosotros. Y, en ese
momento, desde un equipo de música escondido en alguna parte, empieza a
sonar la música,
Babi se queda sorprendida, impresionada por un momento, se vuelve y me mira.
Levanto las manos como diciendo «Oye, que yo no tengo nada que ver». Pero ella
sigue observándome con esos ojos tan profundos, con esa mirada tan intensa y
seria que, aunque parezca mentira, me desconcierta. Me emociona por todo lo
que no sé, por todo lo que no consigo explicarme. Luego me sonríe.
—Elijo ésta —dice finalmente y, acto seguido, se sienta.
Y yo me quedo sorprendido porque, por extraño que parezca, mirando toda la
sala, era justamente esa mesa la que quería que eligiera.

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