Babi y Yo Cap 8.

De modo que, mirando hacia atrás, me gustaría borrar ese momento, lo que hice,
no pude resistirme.
Abrí el móvil y leí los últimos mensajes. Ilaria, una amiga, Pallina, un mensaje de
su madre, otra tal Robi del colegio, un tal Marco, uno que va a clase con ella, al
que he visto alguna vez pero que es un friki, al fin y al cabo, alguien a quien Babi
no haría caso, aunque parece simpático con esas gafas… Luego un mensaje de su
padre y el de otra amiga suya. Sí, la verdad es que me estaba relajando, sentía de
nuevo el placer de ese hermoso día, la tensión disminuía, el sabor del vino, la
brisa ligera, el aroma del mar, la tranquilidad de ser feliz, de estar a gusto. Y de
repente ese mensaje: «Eres preciosa».
No lo conozco. Miro el nombre, Fabrizio Orsi. Pienso un segundo. Nunca lo he
oído. Y ¿éste quién es? Y ¿por qué tiene su número? Y ¿cuándo han hablado? A
continuación, un poco más abajo, veo otro mensaje: «Me gustaría verte».
Y un mensaje más: «Mejor dicho, si tengo que ser sincero, me gustaría hacer el
amor contigo. ¿Te gusta la sinceridad?».
Y por un instante siento que voy a desmayarme. Me da vueltas la cabeza. No, no
puede ser. Miro rápidamente la respuesta. ¿Qué habrá escrito? ¿Qué puede
haberle dicho? ¿Lo habrá insultado? ¿Lo habrá borrado? Entonces, la encuentro:
«Lo siento, estoy con mi novio».
Casi no me da tiempo a hacer una foto de los mensajes con mi móvil,
seguidamente lo cierro, lo devuelvo a su sitio y, justo en ese instante, en cuanto
acabo de dejarlo, veo venir por el fondo, reflejada en el cristal de la ventana, a
Babi.
Me recuesto en el respaldo de la silla intentando que no se me note nada y, en el
mismo instante en que la oigo llegar por mi espalda, doy un pequeño respingo.
—¡Eh, me has asustado! ¿Quieres un poco más de vino?
Ella sonríe.
—¿Qué dices?, ¿asustarte tú? —A continuación, veo que por un instante entorna
los ojos, como si buscara en mí quién sabe qué verdad.
Y entonces le pregunto de nuevo, con toda la desenvoltura de que soy capaz:
—¿Y bien? ¿Te pongo un poco más? A mí me parece realmente bueno…
Quiero estar muy sereno, parecerle completamente tranquilo, de manera que ella
no pueda notar nada.
—Sí, gracias… —Babi se sienta.
Yo la miro mientras le sirvo el vino y ella me sonríe.
—Este delicioso almuerzo me está gustando un montón, es estupendo estar aquí
solos tú y yo, fuera del tiempo…
Qué razón tiene, cuando estamos juntos es como si el tiempo se detuviera.
Siempre es así…

Asiento con la cabeza. Pero entonces, de repente, Babi toma el teléfono, lo abre
como si buscara algo, como para comprobar si alguien ha llamado o no, tal vez, o
está borrando algo…
Pero yo no digo nada, no miro lo que hace, hago como si nada. Después, cuando
acabo de llenarle la copa, le sonrío y, viendo que todavía tiene el móvil en la
mano, simplemente le digo:
—No ha sonado en ningún momento. —Con una sonrisa, la mejor que consigo
encontrar para hacerle creer que todo va bien, pero no es así en absoluto.
Sí. Vuelvo a estar debajo de su casa. Ella acaba de subir, tiene que estudiar o
quizá empezará a chatear con su amigo Fabrizio. Miro hacia su ventana. Intento
ver algo, pero la luz que llega desde fuera es más intensa y lo oculta todo. De
modo que bajo hacia piazza Jacini y apoyo la moto en el caballete. Me enciendo
un cigarrillo, luego marco el número.
—¿Qué pasa, Step?, ¿cómo va eso?
—Bien, muy bien. Quiero darte las gracias.
—Coño, me alegro. ¿Te ha gustado el sitio? ¿Te ha molado Osvaldo? ¿Ha sido
muy pelmazo? ¿Ha hablado demasiado? Eh, que le dije que con vosotros tenía
que parecer un ahogado, un fantasma, un sirviente al que el gran califa ha
rebanado la lengua…
—Sí, sí, ha sido perfecto.
Luego Pollo se queda callado un instante.
—Ya veo. ¿Qué es lo que no ha ido bien? Dímelo, que le patearé el culo, me voy
a cargar a ese gilipollas, le voy a hundir el negocio. Que yo sé lo que me debe ese
tío…, ¡la vida, joder!
—¡Que no, que te he dicho que ha ido todo bien!
—¡No puede ser que haya ido todo bien si me llamas para darme las gracias,
coño! ¡No es propio de ti, no me jodas!
—Nunca lo he hecho.
—¡Eh, oye, que estás hablando con tu hermano, pero con el de verdad!
Y esto último me hace mucha gracia, de manera que estallo en una estruendosa
carcajada y, por un instante, logra hacerme olvidar hasta la historia del móvil.
—¡Claro que sí, joder, muy bien, Step, así me gusta!
Pero es sólo un instante.
—Siempre consigues ponerme de buen humor, ¿eh?, no tienes remedio.
—Yo soy así y, además, para mí tú eres fundamental, joder, si tú no estás bien, yo
tampoco lo estoy, ¡eres peor que mi mujer! —Y me hace reír de nuevo.
Después, me pongo serio.
—Tienes que hacerme un favor.
—Claro. —Y no dice nada más, no quiere saber nada, escucha con atención todos
los detalles que le doy, y oigo que los anota.
—Espera, repite…, de acuerdo, sí, entendido.
Y, cuando ha terminado, simplemente dice:
—Te llamo dentro de un rato.
Después cuelga y yo sigo fumando mi cigarrillo. Tranquilo, ahora sé que estoy en
buenas manos. Pollo daría cualquier cosa por mí, lo daría todo. Es bonito tener un
amigo así.

Miro alrededor. Me digo que, si ahora viera llegar al tal Fabrizio, no podría
reconocerlo. Pero si viera a un tío entrando en el bloque de Babi, intentaría
llamarlo por su nombre y apellido de todos modos y ver si se vuelve, aunque
sería correr un riesgo. Podría no ser él. Con Pollo todo será más fácil. Iré sobre
seguro. Doy una última calada, apago el cigarrillo, casi no me da tiempo a tirarlo
lejos de un capirotazo cuando suena mi móvil. Es Pollo. Abro el teléfono y me
quedo en silencio. Oigo su voz.
—Lo he encontrado, lo tengo todo, te mando también una foto suya.
—¿Estás seguro?
—Al mil por mil. Un tío del Sismi me debía un favor…
Todo el mundo le debe siempre algo. Me echo a reír.
—Tendrías que montar una agencia con todos esos contactos que tienes.
—Estás de coña. —Entonces se queda un momento en silencio—. ¿Quieres que
vaya contigo? Tengo ganas.
—No.
—Entonces tienes que hacerme tú un favor: mándame un sms cuando ya esté
todo.
Le tomo el pelo:
—Sí, cariño…
—Gilipollas.
Cuelgo, y aún no ha pasado ni un minuto cuando me llega un mensaje con todas
las indicaciones e, inmediatamente después, un mms con su foto. Ahora no
puedo equivocarme.
Al cabo de cinco minutos estoy debajo de su casa. Leo su apellido en el interfono.
También tengo su número de móvil. No sé si llamar al interfono o por teléfono, y
¿qué le digo? «Perdona, ¿puedes bajar un momento?» Y si me dice «¿Por qué?».
«Tengo una sorpresa de parte de Babi.» Seguro que baja.
No tengo ni idea de cómo reaccionará, pero estoy a punto de poner «número
privado» en los ajustes de mi móvil para a continuación llamarlo cuando lo veo.
Acaba de bajar del coche, sonríe, parece alegre, he tenido suerte. Él, en cambio,
no. Pero todavía no lo sabe.
—¿Fabrizio Orsi?
Quiero estar completamente seguro de que es él.
—¿Sí? —Me mira perplejo, curioso, no está seguro de si me conoce o no, pero ve
que le sonrío, de modo que está tranquilo mientras yo me voy acercando.
—¡Hola! —le digo, y él asiente, como si efectivamente me conociera, pero no
acaba de recordarlo. Por otra parte, ¿quién te para llamándote por tu nombre y
apellido si es amigo tuyo?

Entonces veo que de repente cambia de expresión. Se queda lívido, me ha
reconocido. Es decir, sabe quién soy y, lo más importante, sabía que estaba con
Babi. Y, cuando haces algo así, has hecho una elección. Y entonces, después, no
puedes escapar. Además, por mucho que quisieras, ya es demasiado tarde, estoy
a un paso de ti.
Más tarde.
Ahora estoy más sereno. Mucho más sereno. Sólo tengo que hacer dos cosas. La
primera, mandar un mensaje a Pollo, ya que se lo había prometido: «Ya está».
Me responde: «Bien, pero no estaba preocupado, cariño…».
Y me hace reír de nuevo.
Luego, mandar un mensaje a Babi. De manera que lo hago enseguida: «¿Bajas?»
Me contesta tras un segundo. Siempre tiene el móvil en la mano, y es algo que a
veces me molesta.
«Pero ¿dónde estás?»
«Aquí abajo.»
«Voy.»
«Te espero en el parque.»
Al cabo de un instante la veo salir del portal, da unos pasos y luego mira a su
alrededor. El viento trae su perfume ligero hacia mí, y eso me encanta. Cierro los
ojos y lo respiro. Cuando vuelvo a abrirlos, pienso que hoy tal vez podría acabar
todo. Sólo depende de ella. Le envío un mensaje: «Recto y a la derecha». Veo
que coge el móvil, lee, sonríe, a continuación viene hacia mí. Y, cuando llega junto
al árbol en el que estoy escondido, la cojo de un brazo y la atraigo detrás de los
arbustos.
—¡Ah! —suelta un pequeño grito—. Pero ¿estás loco? Me has dado un susto de
muerte. ¡Pensaba que querías jugar a buscar el tesoro, no matarme de un infarto!
Sin embargo, no la dejo decir nada más, me la cargo sobre los hombros y me la
llevo por la bajada del parque, adonde nunca va nadie. La oigo reír.
—¡Step! ¡Pero estás loco, vas a hacer que vomite! ¡Suéltame!
Entonces voy un poco más deprisa y me detengo delante de aquel banco donde
muchas veces hemos charlado, en la oscuridad, allí, al final de la bajada del
parque.
—Pero ¿qué tienes…, qué te pasa?
No obstante, le tapo la boca con la mano, no la dejo hablar, luego la beso y
lentamente la acaricio, voy bajando entre sus piernas y la beso con más fuerza,
con pasión. A continuación le bajo el chándal, intento quitarle también las
braguitas, pero ella me detiene.
—No, eso no, espera, lo hago yo… —Y las aparta un poco, hacia un lado, justo
mientras yo también me desnudo.
En un instante estoy dentro de ella y me aferra con las piernas y la tomo con
pasión, en medio de todo ese verdor, en la frescura del parque, en el olor
húmedo y mojado de las grandes plantas, en el peligro de que venga alguien. Y
así, salvajes, abandonados, casi con rabia, con gran deseo, terminamos a la vez, y
es precioso. Nos quedamos mirándonos a los ojos. Éste es el momento más
hermoso, cuando acabamos de hacer el amor y permanecemos un rato con los
brazos enredados, los cuerpos apretados el uno contra el otro.

Ella levanta una ceja.
—¿Has tenido cuidado?
—Siempre lo tengo.
—Sí, ya, eso espero. Toma…
Me pasa un pañuelo.
—¿Cómo podías saberlo?
La miro sonriendo malicioso, pero en realidad también un poco molesto. No sé
por qué, pero a veces no quiero que sea tan avispada, aunque me gusta. Siempre
soy controvertido.
—Los llevaba en el bolsillo porque estoy resfriada. ¿Estás más sosegado?
—Sí. —Le sonrío otra vez.
Ella se pone seria.
—¿A qué debo esta visita?
—A nada, tenía ganas de ti. ¿No se ha notado?
—Sí, mucho. Pero no creo que sea sólo por eso.
—Es así.
Veo que no queda convencida.
—Te lo juro —le miento.
—Está bien, te creo, pero no jures.
Nos vestimos y regresamos a la zona iluminada del parque. Camino detrás de
ella. Y me muerdo los labios. No sé. No quiero. Pero, total, no podría vivir sin
preguntárselo.
—¿Babi?
Me responde caminando, sin volverse.
—¿Qué quieres?
—¿Has conocido a alguien últimamente?
Sigue andando en silencio. La miro. Está delante de mí. Le miro la espalda, la
cabeza, el pelo, su paso. Me gusta todo de ella. Pero ella no me contesta. Sigue
caminando en silencio. Entonces se decide.
—No, no he conocido a nadie.
Me paro. Y cierro los ojos. Me siento morir. Pero tal vez no le he dado la
posibilidad de decírmelo, con mi carácter, mi rabia, mi manera de hacer. Decido
intentarlo otra vez, aunque en realidad sé que es mi última esperanza.
—Babi… —La cojo por un brazo.
Ella deja de caminar. Se vuelve, me mira y abre mucho los ojos. Conozco esa
mirada.
—¿Qué pasa?
Le sonrío para intentar que se sienta cómoda.
—Voy a preguntártelo otra vez: ¿has conocido a alguien? En serio, tranquila, no
me enfado, pero dímelo.
—¿Por qué insistes tanto?
—Porque quiero saberlo.
—¿Has mirado mi móvil?
—Tienes que contestar a mi pregunta. No hacer otras.
—Suéltame el brazo y te contesto.
De manera que dejo de apretárselo.
—Me estabas haciendo daño.
—Perdona, no era mi intención.
Entonces baja los ojos y, cuando vuelve a levantarlos, parece tranquila, serena,
pero con una actitud segura, casi desafiante. Y, cuando habla, lo hace con gran
determinación.
—Vale, te lo cuento. Te advierto que, si te enfadas o montas algún lío, no
volveremos a vernos. He conocido a una persona en el gimnasio, y no sé cómo
pero ha conseguido mi número. Me ha escrito un montón de estupideces, pero
nunca hemos hablado por teléfono.
—¿Cómo se llama?
—¿Qué más te da?
—Nada, pero quiero saberlo.
—De acuerdo, yo te he avisado. Si montas un lío, no te veré más.
De modo que asiento y sólo espero ese nombre.
—Se llama Fabrizio Orsi, pero yo ya lo he arreglado. No hay peligro. Es un
imbécil. Y ahora ya me he hartado de este interrogatorio y me voy a casa.
Dicho esto me deja allí y se va dándome la espalda, y yo la veo caminar y esta
noche la amo cada vez más, porque nos ha salvado. Luego, de repente, se para.
Se saca el móvil del bolsillo y lo abre. Debe de haber recibido un mensaje o tiene
una llamada perdida. Quién sabe. Sólo sé que sacude la cabeza y luego sigue
andando. La veo llegar al portal, saca las llaves y entra, sin volverse,
naturalmente. Y yo sonrío, porque la conozco tanto como ella me conoce a mí y
quizá ya sabe todo lo que ha pasado…
Sí, éste es uno de mis repentinos recuerdos y no sé cómo ha llegado
precisamente en este momento tan importante de mi vida.
Pero hoy, desde la distancia de tantos años, al pensar en ese día tan único y
bello, de pasión, de mar pero también de ese último momento vivido, me
pregunto: ¿quizá tendría que haber entendido algo más? De ella, de su carácter,
de cómo estábamos juntos, de lo bonito que era nuestro amor pero de cómo
siempre todo corre peligro… Y, sobre todo, ¿podría haberlo salvado?
Ahora es todo distinto. Han pasado algunos años y sé que pronto volveré a verla.
Cuando he ido a los sitios a los que solía ir de pequeño, mi casa de la playa, el
mar donde me di mis primeros baños, aquella heladería del puerto, Mennella,
donde quedábamos todos, nada me ha dado la impresión de ser como lo había
grabado en mis recuerdos. Incluso los heladeros que me parecían tan simpáticos
y siempre bromeaban con nosotros mientras nos preparaban los cornetes con
stracciatella o coco y frutas del bosque pero con doble de nata ya no estaban. En
su lugar había una mujer aburrida en la caja que sólo iba comprobando si alguien
había contestado a sus whatsapp y dos extranjeros detrás de la barra que miraban
a esos nuevos chicos de manera profesional pero sin tener absolutamente nada
que contarles.
¿Tendrá en mí ese mismo efecto reencontrarme con Babi? Me viene a la cabeza
una canción que decía «ma quante braccia ti hanno stretto per diventar quel che
sei… che importa, tanto tu non me lo dirai, purtroppo…» («¿Cuántos brazos te han
estrechado para convertirte en lo que eres?… ¿Qué más da?, por desgracia,
tampoco me lo dirás…»). ¿Conseguiré vivir con todo eso? ¿Tendré ganas? ¿Y ella?
¿Qué pensará ella? ¿A quién se encontrará enfrente en sus recuerdos? ¿Y su
sonrisa? ¿Seguirá siendo tan hermosa, tan arrebatadora e intensa pero a la vez
tan instintiva y simple para hacerme sentir deseado sin ninguna duda ni ningún
miedo?… ¿Cómo será nuestro encuentro? ¿Qué ocurrirá después? Sólo lo
descubriremos viviendo.

Vía: Flook por suscripción

Historia original de Federico Moccia.

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