1ros capítulos: Fantasía (Celebrity#2) M. S. Force

9788425355066

La historia de la joven maestra Natalie ha salido a la luz, pero Flynn, el famoso sex symbol de Hollywood, sigue ocultándole sus verdaderas fantasías sexuales: aquellas en las que sueña con dominar a la mujer que lo ha conquistado en cuerpo y alma.

Después de que la prensa del corazón airee los terribles secretos sobre el pasado de Natalie, Flynn decide ayudarla ofreciéndole su amor, su dinero y sus contactos. Y es gracias a ese apoyo incondicional que ella consigue, poco a poco, superar el escándalo.

Sin embargo, él no se atreve a mostrar sus cartas y a ser completamente sincero con la mujer de su vida. Su vida sexual es placentera y cariñosa, alejada de las prácticas de sadomasoquismo a las que él estaba habituado. Aunque de momento parece haber renunciado a ellas, esos juegos, siguen poblando su mente de fantasías en las que da rienda suelta a sus gustos más atrevidos. Natalie vive feliz y totalmente ajena, pero las mentiras no pueden ocultarse siempre. Y la verdad, cuando estalla, puede hacer pedazos aquello que más quieres.


1

Flynn

Natalie se encuentra en estado de shock. Es la única explicación posible para la mirada vidriosa de sus preciosos ojos castaños y el inusual y prolongado silencio que se ha impuesto entre nosotros. Tiembla con tanta violencia que quiero llamar a un médico para que le dé algo que la tranquilice. No tengo ni idea de cómo consolarla.

La he traído a mi casa con la esperanza de protegerla del circo mediático que se desarrolla frente a la suya. Mis peores pesadillas se han hecho realidad, pero mis malos sueños no tienen nada que ver con los suyos. Su doloroso pasado se ha hecho público y está al alcance de todo el mundo para que cualquiera lo diseccione, y por si eso fuera poco, ha perdido su trabajo y su anonimato, y todo por mi culpa.

Necesito hablar con mi equipo; abogados, publicistas, cualquiera que pueda conseguirme la cabeza del hombre que le está haciendo daño. Quiero a Leah aquí, porque Natalie necesita una amiga. Pero me da miedo dejarla sola, aunque sea solo durante el breve lapso de tiempo que tardaría en realizar las llamadas que podrían ayudar. Su silencio me está helando la sangre. Prefería cuando sollozaba. Eso lo entendía. Pero este inquietante silencio… Eso me aterra.

Recuerdo entonces cómo le gustó la gran bañera de mi aseo, la que no he usado ni una vez en los diez años que llevo viviendo en esta casa. La dejo hecha un ovillo sobre la cama, voy al baño y abro el grifo. Busco bajo el lavabo un bote de jabón que haga espuma. Con un ojo pendiente de ella y otro de la bañera, espero hasta que se llena tres cuartas partes, cierro el grifo y vuelvo a por ella.

Me siento en el borde de la cama para darle un beso en la mejilla; la noto fría bajo mis labios.

—Oye, Nat, te he preparado un baño. Puede que te apetezca entrar en calor.

Ella no protesta, así que la ayudo a levantarse y a desvestirse, y luego la cojo en brazos para llevarla al lavabo, donde aguarda la bañera llena de humeante agua jabonosa. Hace dos noches hicimos el amor por primera vez, pero no hay nada sexual en esto. Me mojo las mangas cuando la meto en el agua, así que me quito la camisa y me siento junto a la bañera.

—Cariño, ¿no vas a hablar conmigo?

—No hay nada que decir.

Su voz suena apagada, carente de expresión, igual que sus ojos.

Las lágrimas que ruedan en silencio por sus mejillas me parten el corazón y amenazan mi propia compostura. Tengo que hacer algo, lo que sea, para ayudarla.

—Vuelvo enseguida.

Voy a la habitación a por mi móvil y una camisa seca. Tengo treinta y dos llamadas perdidas y cuarenta y seis mensajes. Lo ignoro todo y llamo a Gabe al Quantum. Él dirige nuestro club de BDSM y es el jefe de seguridad en Nueva York.

—Flynn, ¿estás bien? —pregunta.

—He tenido días mejores. Necesito un médico para Natalie. ¿Conoces a alguien discreto que pueda venir aquí?

—Mi prima. La llamaré y lo organizaré.

—Gracias, Gabe.

—Avísame si hay algo más que pueda hacer. Todos queremos ayudar.

—Lo haré, gracias de nuevo.

Regreso al cuarto de baño; Natalie no se ha movido de donde la dejé. Las lágrimas continúan manando de sus ojos y cada una es un puñal que se clava en mi corazón.

—Flynn —susurra.

—¿Qué, cielo? —Me arrodillo junto a la bañera—. Estoy aquí. ¿Qué necesitas?

—Voy a vomitar.

Agarro la papelera del suelo y se la acerco justo a tiempo para sujetarle el oscuro y largo cabello mientras ella vomita con violencia.

—Tengo que ir a por Fluff —murmura, todavía jadeando después de vaciarse.

—Le pediré a Leah que la traiga aquí. No te preocupes por nada. —La recuesto contra la toalla que he enrollado a modo de almohada y colocado en la bañera. Mojo un paño con agua fría y me arrodillo para limpiarle la cara y la boca—. Iré a por tu móvil para enviarle un mensaje.

Las lágrimas continúan rodando sin cesar por sus pálidas mejillas.

Jamás en mis treinta y tres años de vida me he sentido tan impotente como ahora mismo. No quiero dejarla ni siquiera un mísero minuto para ir a por su móvil, que dejamos junto con su bolso en el salón.

—Enseguida vuelvo, ¿vale? —Ella asiente, y la agotada resignación que percibo en ese pequeño gesto me destroza. Yo tengo la culpa de esto, y voy a arreglarlo o a morir en el intento. Me llevo el móvil al baño—. ¿Quieres marcar tú la contraseña?

—Puedes hacerlo tú —responde—. Es cero, uno, uno, ocho.

Me siento curiosamente conmovido porque me haya confiado su contraseña. ¿Qué puedo decir? Soy un desastre en lo que a ella se refiere. Introduzco la contraseña y veo que hay un montón de mensajes de texto y de voz. Hago caso omiso de todos ellos y escribo a Leah.

Hola, soy Flynn. Natalie pregunta por Fluff. Podrías traerla a mi casa?

Ella responde de inmediato.

Me alegro de tener noticias vuestras. Qué tal está? Pues claro que os llevo a Fluff. Cualquier cosa que pueda hacer…

Gracias. No está demasiado bien… La perra será de ayuda

Le envío un último mensaje con información sobre cómo entrar en el garaje de mi casa, algo que no le suelo confiar a cualquiera, pero ahora mismo no puedo preocuparme por cosas que normalmente me obsesionan, tales como proteger mi intimidad. Solo me importa Natalie y lo que puedo hacer por ella.

Suena el timbre del ascensor y de inmediato vuelven a asaltarme las dudas de si debo dejar sola a Natalie, aunque sea solo un minuto.

—Fluff viene hacia aquí con Leah. Voy a abrir la puerta. Enseguida vuelvo.

Ella no contesta. Las lágrimas no cesan, pero Natalie no es consciente de ello. La expresión vacía de sus ojos me aterra.

Corro hasta el ascensor.

—¿Sí?

—Soy yo —anuncia Addie.

Aprieto el botón sin dudar para dejar entrar a mi leal asistente. Un minuto más tarde sale del ascensor, deja su bolso en mi vestíbulo y me da un abrazo.

—¿Qué puedo hacer?

Addie se ha convertido en una especie de hermana pequeña para mí durante los cinco años que lleva a mi servicio. No hay nada que cualquiera de los dos no hiciera por el otro, algo que ella acaba de demostrar una vez más.

—Ni siquiera sé qué necesito ahora mismo.

—Sea lo que sea, estoy aquí para apoyaros a ambos.

—¿Cómo has llegado tan rápido?

—Me subí a un avión una hora después de que la noticia se publicara en la web. Liza también está de camino —señala, refiriéndose a mi publicista—, pero le he dicho que no viniera aquí esta noche. Será mejor que espere a mañana.

—Bien pensado, gracias. Tengo que volver con Natalie. Está en la bañera. Gabe va a enviarme a su prima, que es médica.

—Prepararé té.

—A Natalie le gusta el chocolate.

—Pues entonces prepararé chocolate. —Addie me coge del brazo—. No estás solo en esto. Todos en Quantum se están preparando para la lucha y están sedientos de sangre.

—Gracias por venir.

—Solo hago mi trabajo.

—Haces mucho más que eso, como sabes.

—Ve con ella. Todo va a salir bien.

Aunque sus palabras me tranquilizan, una mirada al pálido rostro de Natalie, surcado por las lágrimas, me dice que va a pasar mucho tiempo hasta que las cosas vuelvan a ir bien, si es que llega ese día.

—Voy a sacarte de aquí, cariño.

Como si fuera una niña, la ayudo a levantarse y a salir. La seco y le pongo un tibio albornoz mío. Luego le escurro el pelo con una toalla y se lo cepillo.

Mantiene la mirada fija en la pared, con la expresión vacía, sin apenas parpadear mientras las lágrimas no cesan. ¿Dónde coño está esa doctora?

—Vamos a la cama.

Ella ni siquiera parpadea cuando la levanto en brazos y la llevo de vuelta al dormitorio. Después de arroparla con el grueso edredón, me siento a su lado, sosteniéndole la mano y deseando saber qué hacer por ella.

Addie entra con una jarra de chocolate caliente y la coloca en silencio sobre la mesilla antes de dejarnos a solas.

—Addie te ha preparado un chocolate caliente.

—¿Qué hace aquí?

La pregunta supone un gran alivio para mí.

—Ha venido a ayudarnos.

—No hay nada que ella pueda hacer.

La absoluta desolación que refleja su voz es otra flecha directa a mi roto corazón.

—Hay mucho que podemos hacer. Nos pondremos en marcha una vez que hayamos cuidado de ti. Tú eres lo único que importa.

—Tu carrera, lo que deben de estar diciendo…

—A la mierda. Lo último que me importa en estos momentos es mi carrera. Me importas tú. Te quiero y no soporto que te esté pasando esto por mi culpa.

—Es que… no lo entiendo… ¿Por qué? ¿Por qué me haría esto?

Le limpio las lágrimas de la cara mientras contengo las mías. No puedo recordar la última vez que lloré por algo, pero temo que, si empiezo a hacerlo ahora, tal vez no pueda parar nunca.

—¿Quién ha sido, Nat?

—Ha tenido que ser el abogado de Lincoln. Le pagué mucho dinero para que me ayudara a cambiar de nombre después de todo lo que pasó. ¿Por qué me haría esto?

—Por dinero —suelto cuando las piezas encajan al fin—. Al verte conmigo olió la oportunidad de sacar tajada.

—Fui su cliente —afirma con un sollozo—. No puede hablar de mí.

—Tienes toda la razón. Me ocuparé de que sea inhabilitado y acusado penalmente por lo que te ha hecho. Por no mencionar que vamos a demandarle.

—Es como si todo estuviera pasando otra vez… Es igual que entonces.

Se refiere a la violación que sufrió cuando tenía quince años, algo que ahora todo el mundo sabe gracias a un abogado cabrón de Lincoln, Nebraska, que la ha vendido por dinero, seguramente por mucho.

La cólera apenas me deja respirar. Saber que yo soy la causa de que la conviertan en una víctima otra vez me provoca ganas de llorar con ella. La he arrastrado de nuevo a una pesadilla que había dejado atrás hacía ya mucho tiempo. Si hubiera sabido que algo semejante era siquiera posible, jamás me habría dejado ver en público a su lado.

—No es culpa tuya —susurra en voz queda.

Aunque me alivia ver una chispa de vida en sus ojos, normalmente luminosos, me niego a irme de rositas.

—La culpa es toda mía. Querían saber más de ti porque te vieron conmigo, así que hurgaron hasta que encontraron a alguien dispuesto a hablar por un precio.

—Yo no te culpo a ti. Le culpo a él.

La adoro por preocuparse tanto por mí en un momento como este.

—¿Cómo se llama, cariño?

—David Rogers. Hasta el día de hoy, era la única persona que me conocía por mis dos nombres. Ha tenido que ser él.

—¿Jamás se lo has dicho a nadie, ni siquiera a tu familia?

Ella niega con la cabeza.

—No he visto ni hablado con mi familia desde hace ocho años.

Me entristece recordar lo sola que ha estado todo este tiempo. Bueno, ya no está sola. Quiero todos los detalles de lo que le ocurrió, pero preguntarle ahora por eso no es lo que ella necesita, así que me quedo a su lado, sosteniéndole la mano y ofreciéndole sorbos de chocolate caliente, hasta que una llamada a la puerta anuncia la llegada de la doctora.

Me alivia que sea una mujer. Y todavía más que no le dé importancia a quién soy yo. En vez de eso, centra toda su atención en Natalie.

—Hola, soy la doctora Janelle Richmond.

Comparte el cabello oscuro, los ojos, la complexión y un parecido familiar con Gabe.

Me levanto para estrecharle la mano.

—Muchísimas gracias por venir.

Natalie me mira con manifiesta turbación.

—¿Has llamado a un médico?

—Pensé que podría darte algo que te ayude a dormir.

—¿Podría estar un rato a solas con ella? —inquiere Janelle.

No quiero marcharme, pero accedo a lo que pide.

—¿Te parece bien? —le pregunto a Natalie.

Agarra el edredón de mi cama.

—Supongo que sí.

—Estaré justo al otro lado de la puerta. Llámame si me necesitas.

Me inclino para besarla en la frente antes de abandonar la habitación y cierro la puerta al salir.

Addie me encuentra en el pasillo.

—¿Cómo está?

—Un poco mejor. —Me paso los dedos por el pelo una y otra vez—. ¿Puedes llamar a Emmett por mí?

—Claro. —Va al salón a por el teléfono y regresa a mi lado, delante de la puerta de mi dormitorio—. Aquí tienes.

Cojo el teléfono y saludo a mi abogado.

—Emmett.

—¿Qué puedo hacer, Flynn? —Como abogado jefe de Quantum, Emmett Burke es un amigo y un colega. También es miembro de nuestro club secreto de BDSM—. Ni siquiera puedo imaginar lo disgustado que debes de estar.

—He pasado del disgusto a la cólera. Un abogado de Lincoln, Nebraska, llamado David Rogers, se ocupó del cambio legal de nombre de Natalie. Ella dice que es la única persona que la conoce por ambos nombres. Quiero que lo entierres.

—Me pongo a ello. Flynn… —añade tras una pausa—, sé que has estado cuidando de Natalie, pero lo que están publicando sobre lo que le pasó… Tú… hum… Tienes que prepararte antes de leerlo. Es muy fuerte, tío.

En los diez años que llevamos trabajando juntos, así como de amistad personal, jamás he oído tartamudear a Emmett, un tipo muy seguro de sí mismo. Que ahora lo esté haciendo solo aumenta mi ansiedad.

—Dime lo más relevante… o lo más oscuro.

Me preparo para lo que estoy a punto de escuchar.

Su profundo suspiro llega alto y claro a través de la línea, avisándome de lo difícil que es para él contarme estas cosas.

—Su padre era asesor del ex gobernador de Nebraska, Oren Stone. Eran amigos de toda la vida. Las familias estaban muy unidas, y Natalie…, o April, como se llamaba por entonces, hacía de canguro de los hijos de Stone. Los acompañaba en las vacaciones familiares y se quedaba muchas noches en la mansión del gobernador.

A medida que se desarrolla la historia, la tensión me forma un nudo en el estómago. Su nombre era April…

—Al parecer, Stone lo organizó todo para que Natalie hiciera de canguro un fin de semana que su esposa y los niños iban a estar fuera de la ciudad. La retuvo allí todo el fin de semana, la violó repetidamente y amenazó a su familia si se lo decía a alguien.

Me siento como si me hubieran dado un puñetazo en el estómago.

—Qué hijo de puta.

—Ella fue directa a la policía.

Cierro los ojos, impresionado por la fortaleza y el coraje de aquella niña de quince años de la que habían abusado, que tuvo las agallas de bajarle los humos a ese cabrón.

Entonces Emmett deja caer la siguiente bomba.

—Sus padres se pusieron del lado de Stone.

—Joder, ¿me estás tomando el pelo?

—Ojalá. El caso llegó a la prensa nacional. Stone se hizo muchos enemigos a lo largo de su carrera. Un puñado de gente la apoyó durante el juicio. Ella solicitó y le fue concedida la emancipación de sus padres. Testificó contra Stone y su gráfico y detallado testimonio selló su destino. Fue condenado a veinticinco años de cárcel. Unas cuatro semanas después de que ingresara en prisión, fue violado y asesinado en la ducha por otro recluso.

Una perversa sensación de placer me invade al saber que padeció aunque solo fuera una mínima parte del sufrimiento que le infligió a Natalie.

—Ella desapareció después del juicio. No hay ninguna mención a ella en internet desde el día en que Stone fue condenado.

—Debió de ser entonces cuando se cambió el nombre.

—Natalie Bryant hizo su aparición un par de años más tarde, como estudiante de primer año en la Universidad de Nebraska. No se menciona en ninguna parte cómo o dónde pasó los años transcurridos entre el juicio y la universidad. Se graduó cuatro años después y luego se mudó a Nueva York tras aceptar un empleo de profesora en un colegio concertado.

—Dime que hay algo que podamos hacer con respecto al tal Rogers.

—Oh, podemos hacer mucho. Para empezar, haré una llamada al Colegio de Abogados de Nebraska y abriré un proceso civil, además de presentar cargos penales contra él. Va a lamentar haber fastidiado a Natalie… y a ti.

—Hagamos lo que hagamos, no podemos empeorarlo más para ella.

—Detesto decir que es muy probable que la cosa se agrave antes de mejorar.

La idea de que todo vaya a peor me pone enfermo. Me apoyo contra la pared y cierro los ojos, que se me llenan de lágrimas. Oír los detalles de lo que le pasó a Natalie me ha destrozado. Mis emociones están a flor de piel.

—Quiero protegerla, pero no sé cómo.

—Lo mejor que puedes hacer es mantenerla alejada de internet y de la televisión. Ella ya sabe lo que pasó. No necesita verlo expuesto para que todo el mundo lo contemple… otra vez. He hablado con Liza y estamos en ello. Tú cuida de Natalie y procura no preocuparte. Todo se olvidará en un par de días.

Puede que eso sea cierto, pero ¿volverá Natalie a ser la persona alegre y dulce que era antes de que su vida y su sufrimiento se expusieran al mundo?

Me despido de Emmett cuando la puerta del dormitorio se abre.

—Te llamaré mañana.

—Hablamos entonces.

Me guardo el teléfono de Addie en el bolsillo.

—¿Cómo está?

—Me ha dado permiso para que le diga que se encuentra en estado de shock y que está sufriendo una reacción física, de ahí los temblores y el llanto. Le he dado un sedante muy suave para que le ayude a descansar un poco. —La doctora me entrega su tarjeta—. Si la ansiedad persiste o tiene problemas para dormir, llámeme mañana y le haré una receta.

—¿Está…? ¿Se pondrá bien?

—Con el tiempo, pero va a costarle asimilar lo que ha pasado. Tendrá que ser paciente y dejar que lo supere a su manera.

La paciencia no es precisamente mi punto fuerte, pero me convertiré en el hombre más paciente sobre la faz de la Tierra si eso es lo que Natalie necesita de mí.

—Por favor, llámeme si alguno de los dos necesita ayuda.

—Muchas gracias por venir.

—No hay de qué. Gabe habla con mucho afecto de usted y del resto del personal de Quantum. Sé lo mucho que significa para él.

—Es de los buenos, eso seguro.

—No hace falta que me acompañe a la salida, así puede volver con Natalie.

—Gracias de nuevo. —El dormitorio está solo iluminado por la luz que procede del cuarto de baño. Natalie tiene los ojos cerrados, pero sus mejillas siguen húmedas por las lágrimas. Abre los ojos cuando me acerco a la cama. Aun en medio de la desesperación, siento la conexión que nos une desde el día en que nos conocimos. Y ahora esa conexión le ha arruinado la vida—. ¿Puedo traerte alguna cosa?

Ella niega con la cabeza.

—¿Quieres… puedes…?

—¿Qué, cariño? Lo que quieras.

—¿Me abrazas? —Su voz se quiebra en un sollozo—. Por favor.

—No hay nada que desee más en este mundo.

Me siento agradecido y honrado de que quiera tenerme cerca después de lo mucho que he complicado las cosas. Me quito la camisa y los vaqueros, que dejo en un montón en el suelo, y me meto en la cama con ella.

Se le escapa un gemido angustiado y se vuelve entre mis brazos, presionando el rostro contra mi pecho.

Las lágrimas me llenan los ojos y resbalan por mi rostro. No puedo soportar su dolor. Es como si alguien me clavara un puñal en el corazón.

—No pasa nada, cielo. Estoy aquí y todo va a salir bien. Te lo prometo.

Le acaricio la espalda cubierta por mi grueso albornoz. Sus hombros se sacuden con la fuerza de su llanto.

—Todos lo sabrán —murmura en voz tan baja que casi no la oigo—. Todo el mundo sabrá lo que me pasó.

—Y sabrán que sobreviviste y saliste adelante a pesar de ello. Esa parte también la conocerán.

—No quería que nadie lo supiera. No quería que tú lo supieras.

—Cielo, nada podría cambiar lo que siento por ti. Si acaso, te quiero aún más que esta mañana, y no pensaba que eso fuera posible.

—Es humillante.

—¿Te acuerdas de lo que me dijiste una vez? ¿Que necesitaste años de terapia para poder darte cuenta de que aquello fue algo que te hicieron a ti? ¿Que la culpa no era tuya? Pues esto es lo mismo. Tú no has hecho esto. Lo ha hecho alguien y vamos a hacer que pague por ello. Te lo prometo.

—¿Qué más da que pague? Todo el mundo lo sabrá de todas formas. Tú lo sabes.

—Natalie, cariño, eso no cambia nada para mí. Seguiría eligiéndote mil veces. Un millón de veces.

Ella sepulta su rostro entre mi cuello y mi hombro y yo la abrazo con tanta fuerza como puedo. Nos quedamos así mientras sus sollozos se suavizan, hasta que escucho un revelador ladrido en el pasillo.

—¡Fluff!

La excitación que aprecio en su voz me llena de esperanza.

—Quédate aquí. Yo iré a por ella.

La beso en la frente y me levanto de la cama. Tardo un minuto en ponerme los vaqueros antes de abrir la puerta a Leah y a Addie, que están a punto de llamar.

La perra me ve y me enseña los diez dientes que le quedan en su boca de catorce años.

—Fluff —la llama Natalie—. Ven con mamá.

La pequeña bola de pelo blanco entra como un rayo en el dormitorio y se sube a la cama, donde se reúne con Natalie.

—Gracias, Leah.

Su compañera de piso intenta no mirar fijamente mi pecho desnudo.

—Ah, claro. ¿Puedo verla? Solo un minuto.

—Por supuesto. Entra.

Me aparto a un lado para dejarle pasar.

—Hay un perro en tu cama —bromea Addie con un toque de frivolidad.

—Eso parece. —Puede invadir mi cuarto una manada de elefantes si con eso Natalie es feliz—. Tengo suerte de que Fluff sea inmune a mis muchos encantos.

Addie contiene la risa.

—Así que ¿por fin has encontrado a la única fémina de la Tierra que no alucina con Flynn Godfrey?

—Eso parece. De hecho, me mordió y me hizo sangre el día en que nos conocimos.

—Es posible que haya oído algo de eso.

—Veo que Hayden ha estado contando cuentos fuera de clase otra vez, ¿eh?

—Jamás revelo mis fuentes.

Mi mejor amigo y socio de negocios está loco por Addie, aunque él jamás lo reconocerá ante sí mismo ni ante ella. Sospecho que la atracción es mutua, pero Addie no habla de él conmigo y yo no pregunto.

Me paso los dedos por el pelo sin parar, hasta que estoy seguro de que debo de tenerlo de punta.

—Dime qué puedo hacer. Estoy completamente perdido.

—Solo tienes que estar a su lado. Ella necesita saber que nada ha cambiado para ti por lo que ha pasado hoy.

—Eso ya se lo he dicho. No sé si me cree.

—Sigue diciéndoselo hasta que no le quede ninguna duda.

—Jamás imaginé que pudiera sentir esto por nadie.

Mi confesión le arranca una sonrisa.

—Nos ocurre incluso a los mejores.

—No puedo perderla por esto. No puedo.

—No la perderás. Cuando las aguas se calmen, y lo harán, ella recordará que estuviste a su lado en todo momento. Eso es lo que importa.

Aunque agradezco su voto de confianza, desearía poder estar más seguro de que Natalie y yo lo superaremos sin consecuencias. ¿Cuánto tiempo tardará en culparme por arruinarle la vida?

2

Natalie

Me he preguntado en varias ocasiones cómo me sentiría si mis secretos salieran a la luz, pero nada podría haberme preparado para que me arrancaran de cuajo las costras de las heridas de un modo tan repentino y violento.

Me siento violada otra vez.

Fluff adopta una actitud protectora conmigo de inmediato, lamiéndome las lágrimas como ha hecho siempre desde el principio de mi larga pesadilla. Me alegro de ver a Leah, mi amiga y compañera de piso, pero sé que no tiene ni idea de qué decirme.

—Yo…, bueno…, si te sirve de consuelo, todo el mundo está cabreado con la señora Heffernan por despedirte —me dice—. Mi móvil echa humo con tantos mensajes de texto del colegio. Hasta Sue ha amenazado con marcharse a menos que te contraten de nuevo.

Sue es la auxiliar administrativa del colegio Emerson, donde Leah y yo somos profesoras.

Al menos yo lo era hasta que hoy me han despedido por mentir en mi revisión de antecedentes y por causar molestias al centro. Como si yo hubiera invitado a la horda de periodistas a que se apostara en el colegio con la esperanza de verme en semejante estado de humillación.

—Sé que no quieres hablar de ello y lo respeto —aduce Leah con voz entrecortada—, pero necesito que sepas cuánto siento todo lo que has sufrido y cuánto lamento todas las veces que me he burlado de tu castidad. No lo sabía, Nat.

Se le quiebra la voz; está a punto de echarse a llorar.

—Por favor, no te disculpes —le digo mientras le cojo la mano—. No lo sabías porque no te lo conté, ni a ti ni a nadie. Pretendía olvidar que aquello pasó, pero hoy he descubierto la facilidad con que el pasado puede echársenos encima.

—Flynn debe de estar pasándolo mal con todo esto.

—Se siente responsable. Y no es culpa suya.

—Es comprensible que lo crea así. Antes de que le conocieras a nadie le interesaba tu pasado.

—Sigue sin ser culpa suya, pero está casi tan disgustado como yo.

—Puede que tengas que repetirle que no le haces responsable a él.

Estoy muy cansada. Lo que sea que me haya dado la doctora para ayudarme a dormir está surtiendo efecto y me cuesta mantener los ojos abiertos.

—Me voy a ir para dejar que duermas. ¿Puedo llamarte mañana?

—Me gustaría que lo hicieras. —Le aprieto la mano—. Gracias por traer a Fluff.

—Ha sido un placer poder hacer algo por ti.

—Leah… —Me obligo a seguir con los ojos abiertos para mirarla—. Has sido la mejor amiga que he tenido desde que mi vida se derrumbó. Quiero darte las gracias por eso.

—Ay, Dios, Nat. He sido una amiga espantosa, siempre presionándote para que abandonaras tu zona de confort…

—No, has sido maravillosa y casi todo lo que has dicho es verdad. A pesar de nuestras diferencias, lo que hay entre nosotras es real. No tienes ni idea de cuánto aprecio nuestras normales y monótonas vidas en ese apartamento.

Leah se limpia las lágrimas de la cara.

—Ahora ya no podrás volver, ¿verdad?

—No sé qué voy a hacer. Todo es un desastre. No sé cómo voy a pagar el alquiler si no tengo empleo.

—Ambas tenéis el alquiler pagado para el resto del año —dice Flynn desde la puerta—. También he dispuesto seguridad para Leah hasta que esto pase.

No puedo creer lo que estoy oyendo.

—¿Has pagado nuestro alquiler durante un año?

—Sí, lo he hecho, y no se te ocurra decirme que no debería haberlo hecho. Nada de esto estaría pasando si no me hubieras conocido. Pagaros el alquiler y facilitaros las cosas a ambas es lo menos que puedo hacer en vista de los problemas que os he causado.

Tiendo la mano hacia Flynn.

—Ven aquí.

Leah se levanta para que Flynn pueda sentarse a mi lado en la cama.

—No es culpa tuya. No has sido tú quien me ha hecho esto.

Leah se aclara la garganta.

—Yo…, bueno…, voy a irme y a dejaros a solas. ¿Te llamo mañana?

—Claro. Si ves a mis niños, diles que los quiero.

La idea de no volver a verlos es la peor parte de un día descorazonador.

—Lo haré, y recogeré tus cosas del aula. —Se dispone a marcharse, pero se vuelve en el último momento—. Espero que sepas… que el que te hayan despedido por esto… merece que les demandes de inmediato. No tenía derecho.

—Confía en mí —responde Flynn—. Mis abogados ya están buscando la manera de devolverle su empleo.

—Bien. Intentad dormir un poco. Hablamos mañana.

—Gracias otra vez por traer a Fluff.

Al oír su nombre, mi querida perrita levanta la cabeza para ver qué está pasando antes de volver a roncar plácidamente en mis brazos.

Cuando Leah se marcha, centro mi atención en Flynn.

—Gracias por dejarme tener a Fluff aquí.

—Puedes tener todo lo que quieras. ¿Es que todavía no lo sabes?

—Aun así… No es muy simpática contigo y ahora está en tu cama.

—Tú también, así que aceptaré lo malo con lo bueno…

A pesar de su intento por aportar un poco de humor, le veo triste y destrozado. Odio ser la causa de eso. Le agarro la mano y entrelazo nuestros dedos.

—No es tan malo como lo fue en su momento.

—¿El qué?

—Todo. La última vez que la vida me escupió en la cara estaba muy sola. Esta vez os tengo a ti, a Leah, a Addie y a todos los que nos están ayu …

Fecha de publicación en digital: 16 de Marzo de 2017

 

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