Fragmento: La chica de antes – J. P. Delaney

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La oportunidad de vivir la vida perfecta… Pero ¿a qué precio?

¿Y qué le pasó a LA CHICA DE ANTES?
Todo lo que tienes, antes fue de ella.

El adictivo thriller que dará que hablar en 2017.

GRIJALBO (28 de marzo de 2017)

Por favor, haga una lista con todas las posesiones
que considere imprescindibles en su vida:
…………………………………………..
…………………………………………..
….. ………………………………………

Es una casa espectacular. Elegante, minimalista. Toda ella respira buen gusto y serenidad. Justo el lugar que Jane estaba buscando para empezar de cero y ser feliz.

Aunque lo extraordinario es que se la ofrecen por un alquiler irrisorio. Solo tiene que completar un peculiar formulario de solicitud y aceptar sin condiciones las reglas impuestas por su propietario y creador, un enigmático arquitecto.

Al poco de instalarse, Jane descubre que algo le pasó allí a la inquilina anterior, Emma. Y empieza a preguntarse si no estará repitiendo las mismas elecciones, los mismos errores, las mismas sospechas que la chica de antes.

¿Qué estás dispuesto a aceptar para poseer lo que nunca imaginaste?

Best seller de The New York Times y de The Sunday Times.
Seleccionado «Libro del mes» por la Asociación de Libreros Independientes de Estados Unidos y por Amazon.


Fragmento

El señor Darkwood, antaño tan interesado en el amor romántico y lo que cualquiera tuviera que decir sobre el mismo, está ahora más que harto del tema. ¿Por qué los amantes siempre se repiten? ¿Es que nunca se cansan de oírse hablar?

EVE OTTENBERG, The Widow’s Opera

Como todos los adictos, los asesinos en serie trabajan con un guion, adoptando una conducta repetitiva hasta el punto de la obsesión.

ROBERT D. KEPPEL Y WILLIAM J. BIRNES,

Signature Killers

Podemos decir que el paciente no recuerda nada de lo que ha olvidado o reprimido, pero lo representa. Lo reproduce no como un recuerdo, sino como una acción; lo repite sin saber, por supuesto, que lo está repitiendo.

SIGMUND FREUD, Recordar, repetir y reelaborar

Mi fascinación por dejar que las imágenes se repitan una y otra vez o, en el caso del cine, que se sucedan manifiesta mi creencia de que pasamos buena parte de nuestra vida viendo sin observar.

ANDY WARHOL

1. Por favor, haga una lista con todas las posesiones que considere imprescindibles en su vida.

Antes: Emma

Es un pisito encantador, dice el agente con lo que cabría definir como un sincero entusiasmo. Está cerca de todos los servicios. Y dispone de un trocito privado de azotea. Podría transformarse en un solárium, previo consentimiento del casero.

Genial, conviene Simon, procurando no llamar mi atención.

Supe que el piso no era el adecuado nada más entrar y ver esa extensión de poco más de un metro ochenta de azotea debajo de una de las ventanas. Simon también lo sabe, pero no quiere decírselo al agente, o al menos no tan pronto que parezca una grosería. Hasta es posible que confíe en que me entren dudas si escucho la estúpida cháchara de este tipo el tiempo suficiente. El agente es un hombre del estilo de Simon: avispado, desenvuelto, entusiasta. Seguro que lee la revista para la que Simon trabaja. Ya se habían puesto a hablar de deportes antes incluso de subir la escalera.

Y aquí hay un dormitorio de buen tamaño, dice el agente. Con una amplia…

No es adecuado, interrumpo poniendo fin a esta farsa. No es adecuado para nosotros.

El agente enarca las cejas.

No se puede ser demasiado exigente teniendo en cuenta cómo está el mercado, alega. Esta noche ya estará alquilado. Hoy hay previstas cinco visitas, y ni siquiera lo hemos anunciado aún en nuestra página web.

No es lo bastante seguro, insisto, y soy tajante. ¿Nos vamos?

Hay pestillos en todas las ventanas, dice, además de una cerradura Chubb en la puerta. Por supuesto, pueden instalar una alarma antirrobos si la seguridad les preocupa especialmente. No creo que el casero ponga objeciones.

Se dirige a Simon, que se encuentra detrás de mí. Si nos «preocupa especialmente»… Para el caso, podría haber dicho: «Oh, ¡qué novia tan histérica…!».

Esperaré fuera, anuncio mientras me vuelvo ya para marcharme.

Si el problema es la zona, tal vez deberían buscar más al oeste, añade el agente al darse cuenta de que ha metido la pata.

Ya lo hemos hecho, responde Simon. Se sale de nuestro presupuesto. Exceptuando, claro, los que tienen el tamaño de una caja de cerillas.

Intenta que su voz no trasluzca su frustración, pero que tenga que hacerlo me saca aún más de quicio.

Hay un piso de un solo dormitorio en Queen’s Park, comenta el agente. Está un poquito cochambroso, pero…

Ya le echamos un vistazo, replica Simon. Y nos pareció que estaba un poquito bastante cochambroso. Su tono deja claro que al decir «nos» quiere decir «le», refiriéndose a mí.

O hay un tercero justo al llegar a Kilburn…

Lo vimos también. Había una tubería de desagüe junto a una de las ventanas.

El agente parece perplejo.

Alguien podría encaramarse por ella, explica Simon.

En fin… La temporada de alquileres acaba de empezar. Tal vez si esperan unos días…

Es evidente que el agente considera que con nosotros pierde el tiempo. Él también se dirige a la puerta. Yo salgo y me planto fuera, en el descansillo, de forma que se detiene a unos pasos de mí.

Ya hemos dado el aviso en nuestro piso, oigo decir a Simon. Estamos quedándonos sin opciones. Baja la voz. Mire, amigo, nos robaron. Hace cinco semanas. Entraron dos hombres en casa y amenazaron a Emma con un cuchillo. Entenderá que esté un poco nerviosa.

Oh, dice el agente. Mierda. Si alguien le hiciera eso a mi chica no sé cómo reaccionaría. Escuche, puede que las posibilidades sean escasas, pero… Su voz se apaga lentamente.

¿Sí?, lo anima Simon.

¿Alguien de la oficina les mencionó la casa del número uno de Folgate Street?

Creo que no. ¿Acaba de entrarles?

No, no para ser exacto.

El agente parece no tener claro si debe seguir hablando.

Pero ¿está disponible?, insiste Simon.

Técnicamente, sí, responde el hombre. Y es una propiedad fantástica. De verdad, es fantástica. Mucho mejor que esta. El propietario, sin embargo… Decir que es puntilloso es quedarse corto.

¿En qué zona está?, pregunta Simon.

En Hampstead, contesta el agente. Bueno, más bien en Hendon. Pero en realidad es un sitio muy tranquilo.

¿Emma?, me llama Simon.

Vuelvo a entrar.

Podríamos ir a verlo, digo. Nos pilla a medio camino.

El agente asiente.

Me acercaré a la oficina antes y veré si puedo encontrar los datos, dice. Es que ha pasado un tiempo desde que la enseñé por última vez… No es un lugar que se adecue a todo el mundo. Pero creo que podría irles como anillo al dedo. Lo siento, no me malinterpreten.

Ahora: Jane

—Este era el último. —La agente, que se llama Camilla, tamborilea con los dedos sobre el volante de su Smart—. Así que, ahora en serio, tiene que decidirse ya.

Suspiro. El apartamento que acabamos de ver, en una manzana de edificios ruinosos en West End Lane, es el único que se adapta a mi presupuesto. Y casi me había autoconvencido de que estaba bien —pasando por alto que el papel de las paredes se estaba levantando, que del piso de abajo llegaba tufo a comida, que el dormitorio era enano y había manchas de moho en el aseo porque no tenía ventilación— hasta que oí sonar cerca una campana, mejor dicho, una campanilla de las de antes, y de repente estalló un griterío de críos. Me acerqué a la ventana y me encontré mirando un colegio. Se veía el interior de un aula de niños pequeños, de esas con recortes de papel con forma de animalitos en los cristales. Se me retorcieron las entrañas de dolor.

—Creo que voy a pasar de este —conseguí murmurar.

—¿En serio? —Camilla puso cara de sorprendida—. ¿Es por el colegio? A los anteriores inquilinos les gustaba oír jugar a los niños.

—Pero no tanto como para decidir quedarse, ¿verdad? —Me aparté de la ventana—. ¿Nos vamos?

En estos momentos Camilla guarda un prolongado y estratégico silencio mientras conduce de vuelta a su oficina.

—Si nada de lo que hemos visto hoy le interesa es posible que deba plantearse ampliar su presupuesto.

—Por desgracia, mi presupuesto es el que es —digo con sequedad mirando por la ventanilla.

—Entonces tal vez tenga que ser un poco menos exigente —repone con aspereza.

—En cuanto a este último apartamento, tengo… motivos personales para no vivir tan cerca de un colegio. Ahora mismo al menos no.

Veo que su mirada desciende hasta mi vientre, todavía un poco flácido tras mi embarazo, y sus ojos se abren de golpe cuando ata cabos.

—Oh —dice.

Camilla no es tan cortita como parece, algo por lo que doy gracias. No necesita que le explique nada.

Bien al contrario, creo que ha decidido hacerme una propuesta.

—Oiga, hay otra casa. Lo cierto es que no debemos enseñarla sin el expreso consentimiento del propietario, pero de vez en cuando la mostramos. A algunos les espanta, pero para mí es fantástica.

—¿Es fantástica y encaja en mi presupuesto? Vaya… No estamos hablando de una casa flotante, ¿verdad?

—Dios mío, no. ¡Qué va! Es un edificio moderno en Hendon. Una casa independiente; solo tiene un dormitorio, pero es muy espaciosa. El propietario es el arquitecto que la diseñó. Es muy famoso. ¿Alguna vez compra ropa en Wanderer?

—Wanderer… —En mi vida anterior, cuando tenía dinero y un trabajo como es debido y bien pagado, a veces entraba en la tienda de Wanderer que está en Bond Street, un espacio absolutamente minimalista con un puñado de carísimos vestidos expuestos sobre gruesas losas de piedra, como vírgenes dispuestas para el sacrificio, y en el que las dependientas llevaban todas quimonos negros—. Alguna vez. ¿Por qué?

—El estudio Monkford diseña todas sus tiendas. Él es lo que llaman un minimalista tecnológico… o algo parecido. Artilugios ocultos en abundancia, pero, por lo demás, todo completamente desnudo. —Me lanza una mirada—. Debería advertirle que a algunas personas su estilo les resulta un tanto… austero.

—Podré soportarlo.

—Y…

—¿Sí? —La animo al ver que no se decide a seguir.

—No es un contrato propietario-inquilino al uso —dice con vacilación.

—¿Qué significa eso?

—Creo que primero deberíamos echar un vistazo a la casa y ver si se enamora de ella. —Pone el intermitente y se pasa al carril de la izquierda—. Después hablaremos de los inconvenientes.

Antes: Emma

Vale, la casa es extraordinaria. Alucinante, increíble, una pasada. No hay palabras que le hagan justicia.

La calle no nos había dado ninguna pista. Dos hileras de casas grandes y anodinas, con esa familiar combinación victoriana de ladrillo rojo y ventanas de guillotina que puede verse por todo el norte de Londres, ascendían colina arriba hacia Cricklewood como una cadeneta de figuritas recortadas en papel de periódico, cada una de las cuales era una copia exacta de la siguiente, salvo por la puerta principal y la cristalería de colores que la remataba.

Al final, en la esquina, había una valla. Tras ella se veía una construcción baja y pequeña; un sólido cubo de piedra clara. Unas pocas hendiduras horizontales de cristal, dispersas de forma aparentemente aleatoria, eran los únicos indicios de que en realidad se trataba de una casa y no de un gigantesco pisapapeles.

Uau, dice Simon sin demasiada convicción. ¿De verdad es esta?

Desde luego, responde el agente con entusiasmo. Folgate Street, uno.

Nos hace rodear la casa hasta uno de los lados, donde hay una puerta perfectamente integrada en la pared. No veo el timbre por ninguna parte; tampoco un picaporte ni un buzón, ni placa de identificación; de hecho, no veo nada que indique que está habitada. El agente empuja la puerta, que se abre sin problemas.

¿Quién vive aquí ahora?, pregunto.

Nadie en la actualidad.

Se hace a un lado para dejarnos pasar.

Entonces ¿por qué no estaba cerrada con llave?, inquiero con voz nerviosa mientras me detengo.

El agente sonríe con aire de superioridad.

Sí que lo estaba, replica. Tengo una llave digital en mi smartphone. Se controla todo mediante una aplicación. Solo tengo que cambiar de «deshabitada» a «habitada». Después de eso, todo es automático; los sensores de la casa captan el código y me dejan entrar. Ni siquiera necesitaría el teléfono si me pusiera una pulsera digital.

Me está tomando el pelo, replica Simon, alucinado mientras contempla la puerta. Casi me echo a reír al ver su reacción. A Simon le encantan los dispositivos tecnológicos, y para él poder controlar una casa entera con el teléfono móvil es el culmen de sus sueños.

Entro en un recibidor apenas más amplio que una despensa. Es demasiado pequeño para estar en él con comodidad en cuanto el agente me sigue adentro, así que continúo andando sin esperar a que me lo indique.

Esta vez soy yo la que exclama: «¡Uau!». Es realmente espectacular. La luz entra a raudales a través de unas ventanas enormes que dan a un jardín pequeño y a un muro de piedra bastante alto. No es grande, pero provoca una sensación de amplitud. Las paredes y los suelos son todos de la misma piedra clara, y hay unas hendiduras que recorren las paredes por la parte inferior que producen la impresión de estar flotando en el aire. Y está… vacía. No me refiero a que esté sin amueblar, ya que veo una mesa de piedra en una habitación lateral, algunas sillas de comedor muy chulas, que parecen de diseño, y un sillón bajo con un recio tapizado de color crema, pero es que no hay nada más, nada que llame la atención. Ni puertas, ni armarios, ni fotografías, ni marcos de ventanas, ni enchufes eléctricos a la vista, ni lámparas, ni… Miro a mi alrededor, perpleja. Ni siquiera interruptores de la luz. Ni un ápice de desorden, aunque tampoco dé sensación de abandonada o deshabitada.

¡Uau!, exclamo de nuevo. Mi voz suena curiosamente amortiguada. Me doy cuenta de que no se cuela ni un sonido de la calle. El sempiterno ruido del tráfico londinense, de los operarios en sus andamios y de las alarmas de los coches se ha desvanecido.

La mayoría de la gente comenta eso mismo, conviene el agente. Siento ser un incordio, pero el propietario insiste en que nos descalcemos. ¿Les importaría…?

Se agacha para desatarse sus ostentosos zapatos. Simon y yo seguimos su ejemplo. Y entonces, como si la austera desnudez de la casa hubiera absorbido toda su labia, se limita a deslizarse en calcetines, al parecer tan asombrado como lo estamos nosotros, mientras echamos un vistazo a nuestro alrededor.

Ahora: Jane

—Es preciosa —digo. Por dentro la casa es tan elegante y perfecta como una galería de arte—. Simplemente preciosa.

—¿Verdad que sí? —conviene Camilla. Estira el cuello y mira las paredes desnudas, hechas de una piedra de color crema con pinta de cara, que ascienden hasta el vacío del techo. Al piso superior se accede por la escalera más descabelladamente minimalista que jamás haya visto. Parece tallada en una pared rocosa, con peldaños flotantes de piedra sin pulir, sin barandilla ni otros apoyos visibles—. Aunque venga a menudo, siempre me deja sin aliento. La última vez estuve con un grupo de estudiantes de arquitectura… Ah, por cierto, una de las condiciones es que cada seis meses la abra para permitir las visitas. Pero quienes vienen son siempre muy respetuosos. No es como ser dueño de una mansión señorial y que los turistas tiren el chicle en las alfombras.

—¿Quién vive aquí ahora?

—Nadie. Lleva desocupada casi un año.

Dirijo la mirada hacia la siguiente habitación, si «habitación» es la palabra adecuada para describir este espacio corrido que carece de entrada propiamente dicha, menos aún de puerta. Sobre una mesa de piedra larga hay un cuenco con tulipanes de un rojo sangre tan intenso que contrasta fuertemente con toda esta piedra clara.

—Entonces ¿de dónde han salido estas flores? —Me acerco y toco la mesa. Ni una mota de polvo—. Y ¿quién mantiene esto tan impoluto?

—Viene alguien de una empresa especializada a limpiar todas las semanas. Esa es otra condición; tiene que conservar sus servicios. También se ocupan del jardín.

Me aproximo a la ventana, que va del suelo al techo. «Jardín» tampoco es un término apropiado. En realidad, es más bien un patio; un espacio cercado de unos seis metros por cuatro y medio, pavimentado con la misma piedra que el suelo que piso. Un pequeño rectángulo de césped, delimitado de forma precisa y cortado al ras como en un campo de bolos, linda con la pared del fondo. No hay flores. De hecho, aparte de ese retazo de césped, no hay nada vivo ni colorido. La otra única cosa que llama la atención son unos pequeños círculos de gravilla gris.

Me vuelvo de nuevo hacia el interior mientras me digo que la casa en su conjunto necesita un poco de color, algo que la suavice. Unas alfombras, unos toques personales que le aporten humanidad, y sería divina, como salida de una revista de diseño. Por primera vez en años siento una leve punzada de excitación. ¿Habrá cambiado al fin mi suerte?

—Bueno, supongo que es razonable —respondo—. ¿Es todo?

Camilla me brinda una sonrisa titubeante.

—Al decir «una» de las condiciones, me refiero a una de las más claras. ¿Sabe lo que es una cláusula restrictiva? —me pregunta, y niego con la cabeza—. Es una condición legal que se le impone a una propiedad a perpetuidad, algo que no puede eliminarse aunque se venda. Por lo general, tienen que ver con los derechos de desarrollo; es decir, si el edificio puede usarse como sede comercial y ese tipo de cosas. En el caso de esta casa, las condiciones son parte del contrato de alquiler pero, dado que además son cláusulas restrictivas, no hay posibilidad de negociarlas o modificarlas. Es un contrato muy, muy estricto.

—¿De qué estamos hablando?

—Básicamente se trata de una lista de cosas que están permitidas y cosas que no lo están… Bueno, sobre todo de las que no. No puede modificarse nada, salvo mediante acuerdo previo. No se permiten alfombras ni moqueta. No se permiten cuadros. No se permiten macetas. No se permiten adornos. No se permiten libros…

—¡No se permiten libros! ¡Es ridículo!

—No se permite plantar nada en el jardín; no se permiten cortinas…

—¿Cómo impides que entre la luz si no tienes cortinas?

—Las ventanas son fotosensibles. Se oscurecen a medida que avanza el día.

—Así que no se permiten cortinas… ¿Alguna otra cosa?

—Oh, sí —dice Camilla, haciendo caso omiso de mi tono sarcástico—. Hay unas doscientas condiciones en total. Pero la última es la que más problemas causa.

Antes: Emma

… No se permiten más luces que las que ya están incluidas, enumera el agente. No se permite instalar tendederos. No se permiten papeleras. No se permite fumar. No se permiten posavasos ni salvamanteles. No se permiten cojines, ni adornos, ni muebles en kit de automontaje…

Esto es demencial, dice Simon. ¿Qué derecho tiene?

Simon tardó semanas en montar los muebles de IKEA que tenemos en nuestro piso actual y por eso le producen el mismo orgullo que si él mismo hubiera talado los árboles y los hubiera fabricado con sus propias manos.

Ya les he dicho que era complicado, alega el agente encogiéndose de hombros.

Estoy contemplando el techo.

Y hablando de las luces, ¿cómo se encienden?, pregunto.

No tiene que hacerlo, responde el agente. Hay sensores de movimiento ultrasónicos. Junto con un detector que ajusta la intensidad según la luz del exterior. Es la misma tecnología que hace que los faros de su coche se enciendan por la noche. Así solo tienen que elegir el ambiente que quieren en la aplicación: productivo, tranquilo, lúdico, etcétera. Además, añade luz ultravioleta extra en invierno para que no se depriman. Ya saben, como esas luces SAD contra el trastorno afectivo estacional.

Veo que Simon está tan impresionado con esto que el derecho del arquitecto a prohibir los muebles para montar de repente deja de parecerle un problema.

Por supuesto, dispone de calefacción por suelo radiante, prosigue el agente, pues se da cuenta de que va por buen camino. Pero extrae calor de un pozo que está justo debajo de la casa. Y todas estas ventanas son de triple acristalamiento. Así que la vivienda es muy eficiente, tanto que devuelve electricidad a la red general. No tendrán que pagar ni una factura energética más.

Eso es como mencionarle el porno a Simon.

¿Y la seguridad?, pregunto con brusquedad.

Está todo en el mismo sistema, asevera el agente. No pueden verla, pero hay una alarma antirrobo integrada en la pared exterior. Todas las habitaciones disponen de sensores; los mismos que encienden las luces. Y es inteligente. Aprende quiénes son los usuarios y cuál es su rutina cotidiana, y antes de autorizar a cualquier otra persona primero lo consulta con ellos para cerciorarse de que tiene su permiso.

¡Emma!, me llama Simon. Tienes que ver esta cocina.

Se ha acercado hasta el espacio lateral en el que hay una mesa de piedra. Me cuesta entender al principio por qué llama a eso «cocina». Una encimera de piedra recorre de lado a lado una de las paredes. En un extremo se encuentra lo que supongo que debe de ser un grifo; un delgado tubo de acero que sobresale justo encima de la piedra. Una leve depresión debajo sugiere que podría tratarse de un fregadero. En el otro extremo hay una hilera de cuatro pequeños agujeros. El agente agita la mano encima de uno. Al instante brota una siseante e intensa llama.

¡Tachán!, exclama. Los fuegos de la… El arquitecto prefiere el término «refectorio» en vez de «cocina». Esboza una amplia sonrisa, quizá para demostrarnos que lo considera una auténtica estupidez.

Ahora que me fijo mejor, veo que algunos de los paneles de la pared tienen diminutas marcas entre ellos. Presiono una y la piedra se abre…, no con un clic, sino con un lento susurro neumático. Detrás hay un armario muy pequeño.

Les enseñaré la planta superior, dice el agente. La escalera es una serie de losas de piedra encastradas en la pared.

Está claro que no es segura para los niños, advierte el agente mientras nos conduce arriba. Tengan cuidado.

Deje que adivine, dice Simon. Los pasamanos y las barandillas también figuran en la lista de «no se permite», ¿verdad?

Y las mascotas, apostilla el agente.

El dormitorio está igual de vacío que el resto de la casa. La cama está empotrada —un pedestal de piedra clara con un colchón enrollado de estilo futón— y el cuarto de baño no está aislado, sino integrado detrás de otra pared para que pase desapercibido. Pero si el vacío del piso inferior era drástico y frío, aquí arriba la sensación es de sosiego, casi resulta acogedor.

Es como una celda de lujo, comenta Simon.

Como les decía, no es del gusto de todo el mundo, apunta el agente. Sin embargo, para la persona indicada…

Simon presiona la pared que hay junto a la cama y se abre otro panel. Aparece un vestidor. Apenas hay espacio en él para una docena de trajes.

Una de las reglas es que no puede haber nada por el suelo en ningún momento, explica el agente con amabilidad. Todo tiene que estar guardado.

Simon frunce el ceño.

¿Cómo van a enterarse de eso?

En el contrato se estipulan inspecciones regulares. Además, si se incumple alguna de las reglas, el personal de limpieza ha de informar a la agencia gestora.

Venga ya, replica Simon. Es como estar de nuevo en el colegio. No voy a consentir que nadie me diga que me largue por no recoger mis camisas sucias.

Me percato de una cosa. No he tenido ni un solo flashback ni un ataque de pánico desde que he entrado en la casa. Está muy desconectada del mundo exterior, muy protegida. Me siento completamente a salvo. Una frase de mi película favorita me viene a la cabeza: «Es tan silencioso y soberbio. Allí no puede ocurrir nada malo».

Quiero decir que es alucinante, obviamente, continúa Simon. Y si no fuera por todas esas reglas, lo más seguro es que estuviéramos interesados. Pero somos personas desordenadas. En el lado de la cama de Emma es como si hubiera explotado una bomba en la tienda de moda French Connection.

Bueno, siendo así…, dice el agente asintiendo.

Me gusta, suelto de repente.

¿En serio? Simon parece sorprendido.

Es diferente, pero… en cierta manera tiene su lógica. Si hubieras construido una casa así, tan increíble, imagino que querrías que sus habitantes vivieran en ella de la forma apropiada, del modo para el que la has concebido. ¿Qué sentido tendría, si no? Y además es fantástica. No he visto ninguna que se le parezca, ni siquiera en las revistas. Podríamos ser ordenados si ese es el precio a pagar por estar en un sitio como este, ¿a que sí?

Pues… genial, responde Simon, pero lo noto indeciso.

¿A ti también te gusta?, pregunto.

Si a ti te gusta, a mí me encanta, Emma.

No, quiero decir si te gusta de verdad. Supondría un cambio enorme. No querría que lo hiciéramos a menos que tú también lo desees realmente.

El agente nos está mirando; creo que le divierte nuestro pequeño debate. Pero las cosas son siempre así en nuestro caso. Yo tengo una idea, y entonces Simon reflexiona y acaba diciendo que sí.

Tienes razón, Emma, afirma muy despacio. Es mucho mejor que cualquier otra casa que vayamos a encontrar. Y si queremos empezar de cero… Bueno, este es un comienzo más sonado que mudarnos a otro piso de un dormitorio normal y corriente, ¿no? Y se vuelve hacia el agente. Vale, ¿qué tenemos que hacer ahora?

Ah, dice él. Esa es la parte complicada.

Ahora: Jane

—¿Qué? ¿La última condición?

—Le sorprendería saber cuánta gente quiere seguir adelante a pesar de todas las restricciones. Pero el último obstáculo es que el propio arquitecto tiene derecho de veto. De hecho, es quien da su aprobación al inquilino.

—¿Se refiere a que lo hace en persona?

Camilla asiente.

—Si el asunto llega tan lejos. El formulario de solicitud es tedioso. Y, como es natural, tendrá que firmar usted un documento en el que diga que ha leído las reglas y las entiende. Si todo avanza, se la invitará a una entrevista cara a cara en el lugar del mundo donde quiera que él esté. En los últimos años eso significaba ir a Japón, ya que estaba construyendo un rascacielos en Tokio. Pero ahora se encuentra de nuevo en Londres. De todos modos, no suele molestarse con la entrevista. Simplemente recibimos un email donde nos hace saber que rechaza la solicitud. Sin más explicaciones.

—¿A qué tipo de gente acepta?

Ella se encoge de hombros.

—Ni siquiera en la agencia somos capaces de ver una pauta. Aunque nos hemos percatado de que los estudiantes de arquitectura nunca consiguen pasar el filtro. Y no es imprescindible haber vivido en una casa como esta antes, ni mucho menos. Al contrario, diría que es un inconveniente. Aparte de eso, sabe usted tanto como yo.

Observo a mi alrededor. Si yo hubiera construido esta casa, ¿a qué personas elegiría para que viviesen en ella? ¿Con qué criterio juzgaría la solicitud de un posible inquilino?

—Honestidad —murmuro.

—¿Cómo dice? —Camilla me mira con expresión perpleja.

—Me explico: la conclusión que saco viendo esta casa no es solo que es bonita, sino también la enorme dedicación que se ha puesto en ella. A ver, es obvio que resulta implacable, incluso un tanto brutal en algunos aspectos. Pero refleja que alguien ha volcado toda su pasión en crear algo que es exactamente como desea. Posee… bueno, es una palabra pretenciosa, pero posee «integridad». Creo que él busca a gente que esté preparada para ser igual de honesta en su manera de vivir en ella.

Camilla se encoge de hombros una vez más.

—Puede que tenga razón. —Su tono insinúa que lo duda—. En fin, ¿quiere intentarlo?

Soy una persona cauta por naturaleza. Raras veces tomo una decisión sin meditarla a fondo; sopeso las opciones, valoro las consecuencias, calculo los pros y los contras. Así que me quedo un poco sorprendida cuando me oigo decir:

—Sí. Sin duda.

—Bien. —Camilla no parece en absoluto extrañada, pero claro, ¿quién no querría vivir en una casa así?—. Volvamos a la oficina y le buscaré la documentación para la solicitud.

Antes: Emma

1.Por favor, haga una lista con todas las posesiones que considere imprescindibles en su vida.

Cojo mi bolígrafo y lo dejo de nuevo. Va a llevarme toda la noche confeccionar una lista de todo lo que quiero conservar. Pero entonces reflexiono un poco, y la palabra «imprescindible» parece saltar de la página a mis ojos. ¿Qué considero imprescindible de verdad? ¿Mi ropa? Desde el robo he estado viviendo prácticamente con los mismos dos pares de vaqueros y un viejo y holgado jersey. Hay algunos vestidos y faldas que me gustaría llevarme; un par de bonitas chaquetas, mis zapatos y mis botas, pero en realidad no he echado de menos nada más. ¿Nuestras fotografías? Están todas almacenadas online. Las cuatro joyas medio decentes que tenía se las llevaron los ladrones. ¿Nuestros muebles? No hay uno solo que no pareciera hortera y fuera de lugar en Folgate Street, 1.

Se me ocurre que la pregunta la han formulado así de manera deliberada. Si me hubieran pedido que hiciera una lista de aquello sin lo que puedo apañármelas jamás lo habría conseguido. Pero al implantar en mi mente la idea de que en el fondo nada de todo eso es importante, me pregunto si no puedo deshacerme sin más de todas mis cosas, de mi bagaje, como si fuera piel vieja.

Quizá sea ese el verdadero propósito de las Reglas, como ya las hemos apodado. Quizá no se trate tan solo de que el arquitecto sea un obseso del control al que le preocupa que echemos a perder su preciosa casa. Quizá sea algún tipo de experimento. Un experimento con seres vivos.

Supongo que eso nos convertiría a Simon y a mí en sus conejillos de Indias. Pero aunque así fuera no me importa. De hecho, quiero cambiar quien soy, quienes somos, y sé que no puedo hacerlo sin algo de ayuda.

Sobre todo quiero cambiar quienes somos.

Simon y yo estamos juntos desde la boda de Saul y Amanda, que se celebró hace catorce meses. Aparte de a los novios, que son un poco mayores que yo y compañeros míos de trabajo, no conocía a demasiadas personas allí. Pero Simon era el padrino de Saul, la boda era preciosa y romántica e hicimos buenas migas enseguida. Beber y comer dio paso a bailar lentas y al intercambio de teléfonos. Y más tarde descubrimos que nos hospedábamos en el mismo hostal y, bueno, una cosa llevó a la otra. Al día siguiente pensé: «Pero ¿qué he hecho?». Había sido otra impulsiva aventura de una noche, me temía; no volvería a verlo, y me sentiría como un pañuelo de usar y tirar. Sin embargo, ocurrió justo lo contrario. Simon me llamó en cuanto llegó a su casa y otra vez al día siguiente, y al final de la semana éramos pareja, para asombro de nuestros amigos. Sobre todo de los suyos. Él trabaja en un entorno de inmaduros aficionados a la bebida en el que tener una novia formal es casi una mancha en el expediente. En el tipo de revista para la que Simon escribe las chicas son «nenas», «bombones» o «monadas». No hay una sola página en la que no aparezcan fotos de «S&B», o sea, Sujetadores y Bragas, aunque casi todos los artículos suelen ser de dispositivos y chismes tecnológicos. Si el artículo, supongamos, es sobre teléfonos móviles, hay una foto de una chica en ropa interior con uno en la mano. Si el artículo gira en torno a los ordenadores portátiles, la chica sigue en ropa interior… pero lleva gafas y está escribiendo en el teclado. Si el artículo es de ropa interior, lo más probable es que no lleve puesta la ropa interior, sino que la sostenga en alto, como si acabara de quitársela. Siempre que la revista celebra una fiesta todas las modelos aparecen vestidas prácticamente como salen en sus páginas, y después las fotos de la fiesta salpican también la revista entera. No me agrada lo más mínimo, y Simon me dijo enseguida que a él tampoco; me explicó que una de las razones de que yo le gustara era que no me parecía en nada a esas chicas, que yo era «real».

Conocerse en una boda hace que la relación se acelere. Simon me pidió que me fuera a vivir con él solo unas semanas después de que empezáramos a salir. Eso también sorprendió a la gente; por lo general, es la chica quien presiona al chico porque quiere casarse o, bueno, pasar al menos a la siguiente fase. En nuestro caso, sin embargo, siempre ha sido al revés. Quizá porque Simon es algo mayor que yo. Suele decir que nada más verme supo que yo era la elegida. Me gustó que supiera qué quería y que me quisiera a mí. Pero nunca se me ocurrió plantearme si yo también quería… eso, si él significaba para mí lo que sin duda yo significaba para él. Y últimamente, con el robo y la decisión de mudarnos de su antiguo apartamento y buscar juntos otro nuevo, empiezo a pensar que es hora de tomar una decisión. La vida es demasiado corta para pasarla en una relación errónea.

Si es que esta lo es.

Pienso en ello un momento más mientras mordisqueo el extremo de mi bolígrafo sin darme cuenta, hasta que se astilla y se me llena la boca de afilados trozos de plástico. Es una mala costumbre que tengo, junto con la de morderme las uñas. Tal vez sea otra cosa que deje de hacer en la casa de Folgate Street. Tal vez ella me convierta en una persona mejor. Tal vez aporte orden y disciplina al aleatorio caos de mi vida. Me convertiré en la clase de persona que se marca objetivos, hace listas y piensa las cosas con detenimiento.

Me pongo de nuevo con la solicitud. Estoy decidida a respo …

Via: megustaleer.com

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