1er Capítulo – Oscuros: El retorno de los caídos – Lauren Kate

9786073154550Toda historia tiene su lado oculto y el protagonista de ésta es Cam, el adorable y perturbador villano de la serie Oscuros.

El cielo es estar con quien amas; el infierno, que te alejen para siempre de su lado.

La nueva novela de la autora bestseller de The New York Times.

Cam sabe lo que es ser castigado. Ningún ángel ha descendido al Infierno tantas veces como él, y la nueva condena que está viviendo es regresar a la preparatoria y ser compañero de clases de Lilith, la joven de la que siempre se enamora y quien está purgando una condena por sus pecados.

Para salvarla, Cam hace una apuesta con Lucifer: tiene quince días para hacer que la chica se enamore de él una vez más. Si lo consigue, Lilith será admitida de nuevo en el mundo y podrá vivir feliz al lado de Cam. Si falla, Cam será enviado a un lugar muy exclusivo del Infierno, diseñado especialmente por Lucifer. El tiempo se agota.


Prólogo

Que nunca nos separen

Las botas de Cam se posaron en el alero de la vieja iglesia bajo un cielo frío y estrellado. Plegó las alas y contempló el paisaje. El musgo español, blanco a la luz de la luna, colgaba como carámbanos de árboles más viejos que la Guerra Civil. Edificios de bloques de hormigón enmarcaban un campo herboso y un par de graderías desvencijadas. El viento llegaba murmurando desde el mar.

Principios de invierno en la escuela Espada y Cruz. Ni un alma en el campus. ¿Qué hacía él ahí?

Eran pocos minutos pasada la medianoche, y acababa de volar desde Troya. El viaje transcurrió como entre niebla, una fuerza desconocida había guiado sus alas. Se sorprendió a sí mismo tarareando una tonada que no se había permitido recordar en varios miles de años.

Tal vez había vuelto porque ahí era donde los ángeles caídos habían conocido a Luce en su última vida maldita. Había sido su encarnación número trescientos veinticuatro, y la vez número trescientos veinticuatro que los ángeles caídos se reunían para ver cómo se desarrollaba la maldición.

Ahora la maldición estaba rota. Luce y Daniel eran libres.

Y vaya que Cam sentía envidia.

Recorrió el cementerio con la mirada. Nunca habría creído que sentiría nostalgia por ese basurero, pero aquellos viejos días en Espada y Cruz habían tenido un aire emocionante. La chispa de Lucinda era más brillante, y mantenía a los ángeles en vilo donde antes habían creído saber qué esperar.

Durante seis milenios, cada vez que ella cumplía diecisiete años, ellos interpretaron una variación de la misma obra: los demonios —Cam, Roland y Molly— intentaban de todo para que Luce se aliara con Lucifer, mientras que los ángeles —Arriane y Gabbe, y a veces Annabelle— se esforzaban por llevarla de vuelta al rebaño celestial. Ningún bando se había acercado jamás a convencerla.

Y es que cada vez que Luce conocía a Daniel —y siempre lo conocía—, nada importaba tanto como su amor. Una y otra vez se enamoraban, y una y otra vez Luce moría entre llamas.

Hasta que una noche en Espada y Cruz, todo cambió. Daniel besó a Lucinda, y ella vivió. Entonces todos lo supieron: por fin Luce iba a tener la oportunidad de elegir.

Unas semanas después todos volaron al sitio de su caída original, a Troya, donde Lucinda eligió su destino. Ella y Daniel volvieron a negarse a aliarse con el Cielo o el Infierno. En vez de eso, se eligieron uno al otro. Renunciaron a su inmortalidad para pasar una vida mortal juntos.

Ahora Luce y Daniel no estaban, pero Cam aún los recordaba. Su amor triunfante lo hacía anhelar algo que no se atrevía a expresar con palabras.

Estaba tarareando de nuevo. Esa canción. Aun después de tanto tiempo, la recordaba…

Cerró los ojos y vio a la intérprete: la parte trasera de su cabello rojo peinado en una trenza holgada, sus largos dedos acariciaban las cuerdas de una lira mientras se apoyaba contra un árbol.

No se había permitido pensar en ella en miles de años ¿Por qué ahora?

—Esta lata se acabó —dijo una voz familiar—. ¿Me pasas otra?

Cam dio la vuelta. No había nadie.

Percibió un leve movimiento a través del vitral roto del techo. Se inclinó hacia adelante y asomó a la capilla que Sophia Bliss había usado como oficina cuando era la bibliotecaria de Espada y Cruz.

Dentro de la capilla, las alas iridiscentes de Arriane se plegaban mientras ella agitaba una lata de pintura en aerosol y se levantaba del piso, apuntando la válvula hacia la pared.

El mural que estaba pintando mostraba una niña en un resplandeciente bosque azul. Llevaba un vestido negro de varias capas y contemplaba a un niño rubio que le extendía una peonía blanca. Luce y Daniel por siempre, escribió Arriane con letras góticas plateadas sobre la campana de la falda de la niña.

Detrás de Arriane, un demonio de piel oscura, con rastas, estaba encendiendo una alta vela de cristal con la efigie de la Santa Muerte. Roland erigía un adoratorio en el lugar donde Sophia había asesinado al amigo de Luce, Penn.

Los ángeles caídos no podían entrar a los santuarios de Dios. En cuanto cruzaban el umbral, todo el lugar se incendiaba e incineraba a cuanto mortal estuviera dentro. Pero aquella capilla se había desantificado cuando Sophia se mudó ahí.

Cam extendió las alas y se dejó caer por la ventana rota; aterrizó detrás de Arriane.

—Cam —Roland abrazó a su amigo.

—Con calma —dijo Cam, pero no se apartó.

Roland ladeó la cabeza.

—Qué coincidencia encontrarte aquí.

—¿Ah, sí? —preguntó Cam.

—No lo es si te gustan las carnitas —dijo Arriane mientras le lanzaba a Cam un pequeño paquete envuelto en papel aluminio—. ¿Recuerdas el camión de tacos de Lovington? He tenido antojo de esto desde que huimos de este pantano —abrió su propio paquete y devoró su taco en dos mordidas—. Delicioso.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Roland a Cam.

Cam se apoyó en un frío pilar de mármol y encogió los hombros.

—Dejé mi Les Paul en el dormitorio.

—¿Viniste hasta acá por una guitarra? —Roland asintió—. Supongo que todos debemos encontrar maneras de ocupar nuestros días sin fin, ahora que Luce y Daniel no están.

Cam siempre había odiado la fuerza que atraía a los ángeles caídos hacia amantes malditos cada diecisiete años. Él mismo había abandonado campos de batalla y coronaciones. Había abandonado los brazos de exquisitas jóvenes. Una vez se había ido durante la filmación de una película. Había dejado todo por Luce y Daniel, pero ahora que la atracción irresistible había desaparecido, la echaba de menos.

Su eternidad estaba abierta de par en par. ¿Qué haría con ella?

—¿Lo que pasó en Troya te dio, no sé…? —Roland se distrajo.

—¿Esperanza? —Arriane sujetó el taco sin comer de Cam y se lo zampó—. Si, después de tantos miles de años, Luce y Daniel pueden hacerle frente al Trono y lograr un final feliz, ¿por qué no podría cualquier otro? ¿Por qué no nosotros?

Cam miró por la ventana rota.

—Tal vez no soy esa clase de tipo.

—Todos llevamos pedazos de nuestros viajes —dijo Roland—. Todos aprendemos de nuestros errores. ¿Quién podrá decir que no merecemos la felicidad?

—Escúchanos —Arriane se tocó las cicatrices del cuello—. ¿Qué sabemos del amor nosotros, que somos tres cansadas aves de rapiña? —miró a Cam y luego a Roland— ¿Verdad?

—El amor no es propiedad exclusiva de Luce y Daniel —dijo Roland—. Todos lo hemos probado. Quizá lo probemos de nuevo.

El optimismo de Roland fue como una nota discordante para Cam.

—Yo no —dijo.

Arriane suspiró, arqueando la espalda para extender las alas y elevarse unos centímetros del suelo. El aleteo llenó la iglesia vacía. Con diestros movimientos de su lata de pintura blanca, añadió un sutil indicio de alas sobre los hombros de Lucinda.

Antes de la Caída, las alas de los ángeles estaban hechas de luz empírea; todas eran perfectas, cada par indistinguible del resto. En las eras posteriores, sus alas habían cambiado para expresar sus personalidades, sus errores e impulsos. Los ángeles caídos que habían jurado lealtad a Lucifer tenían alas doradas. Aquellos que habían regresado al rebaño celestial llevaban entre sus fibras el toque de plata del Trono.

Las alas de Lucinda habían sido especiales: de un blanco puro, deslumbrante. Impolutas. Inocentes de la elección que el resto de los ángeles había hecho. El único ángel caído que había conservado sus alas blancas, además de ella, era Daniel.

Arriane arrugó el segundo envoltorio de taco.

—A veces me pregunto…

—¿Qué? —preguntó Roland.

—Si ustedes pudieran volver y no arruinar todo tan épicamente en el amor, ¿lo harían?

—¿De qué sirve preguntarse? —dijo Cam—. Rosaline está muerta —vio a Roland hacer una mueca ante la mención de su amante perdida—. Tess jamás te perdonará —añadió, mirando a Arriane. Y Lilith…

Listo. Había dicho su nombre.

Lilith era la única muchacha que Cam había amado. Le había pedido matrimonio.

No funcionó.

Volvió a escuchar su canción latiendo en su alma, cegándolo de arrepentimiento.

—¿Estás tarareando? —Arriane entrecerró los ojos mirando a Cam—. ¿Desde cuándo tarareas?

—¿Qué hay de Lilith? —preguntó Roland.

Lilith también estaba muerta. Aunque Cam no sabía cómo había vivido sus últimos días después de su separación, sabía que sin duda habría dejado este mundo y ascendido a los Cielos hacía mucho tiempo. Si Cam fuera un hombre distinto, quizá le habría dado paz imaginarla envuelta en júbilo y luz; pero la lejanía del Cielo era tan dolorosa que lo mejor era no pensar en ella en absoluto.

Roland parecía leerle la mente.

—Podrías hacerlo a tu manera.

—Hago todo a mi manera —dijo Cam. Sus alas pulsaban en silencio a sus espaldas.

—Es una de tus mejores características —dijo Roland, mirando a las estrellas a través del techo en ruinas, y luego nuevamente a Cam.

—¿Qué? —preguntó Cam.

Roland rio quedo.

—No dije nada.

—Permíteme —dijo Arriane—. Cam, este momento es cuando todos esperan que hagas una de tus dramáticas salidas hacia aquel claro entre las nubes —señaló un hilo de niebla que colgaba del Cinturón de Orión.

—Cam —Roland miró a Cam, alarmado—. Tus alas.

Cerca de la punta del ala izquierda de Cam había un filamento blanco diminuto y solitario.

Arriane quedó boquiabierta.

—¿Qué significa?

Era una mota blanca entre un campo de oro, pero obligó a Cam a recordar el momento en que sus alas habían cambiado de blanco a dorado. Hacía mucho que había aceptado su destino, pero ahora, por primera vez en milenios, imaginaba algo más.

Gracias a Luce y a Daniel, Cam tenía un nuevo comienzo. Y sólo un remordimiento.

—Tengo que irme —extendió totalmente sus alas, y una brillante luz dorada inundó la capilla mientras Roland y Arriane se apartaban de su camino. La vela se volcó y se hizo pedazos, y la flama se extinguió sobre el frío suelo de piedra.

Cam salió disparado hacia el cielo, penetrando la noche, y se dirigió a la oscuridad que lo había esperado desde el momento en que huyó volando del amor de Lilith.

1

Tierra baldía
Lilith

Lilith despertó tosiendo.

Era temporada de incendios forestales —siempre lo era—, y Lilith tenía los pulmones saturados de humo y ceniza provenientes de las colinas en llamas.

Aunque el reloj junto a su cama marcaba la medianoche, las delgadas cortinas blancas lucían grises por la luz crepuscular. Debía haberse ido la luz de nuevo. Pensó en el examen de biología que la esperaba en el cuarto periodo, y luego en el terrible hecho de que la noche anterior había traído a casa el libro de Historia de Estados Unidos por accidente. ¿A quién se le habría ocurrido la cruel broma de asignarle dos libros de texto con el lomo del mismo color? Tendría que improvisar en el examen y rezar por un 6.

Bajó de la cama y pisó algo cálido y suave. Cuando levantó el pie, el hedor la atacó.

—¡Alastor!

El perrillo de pelaje claro entró trotando a la habitación, creyendo que Lilith quería jugar con él. La madre de Lilith decía que el perro era un genio por los trucos que le había enseñado Bruce, el hermano de la chica, pero Alastor ya tenía cuatro años y se negaba a aprender el único truco importante: comportarse en la casa.

—Esto es muy incivilizado —reprendió Lilith al perro, y luego entró al baño saltando sobre un pie. Abrió la regadera.

Nada.

No hay agua hasta las 3 p.m., anunciaba la nota de su madre, una hoja pegada al espejo del baño. Las raíces de los árboles del exterior estaban ahorcando las cañerías, y se suponía que su madre tendría dinero para el plomero esa tarde, después de cobrar el cheque de uno de sus muchos trabajos de medio tiempo.

Lilith buscó a tientas el papel sanitario, esperando al menos poder limpiarse el pie. Sólo encontró un tubo de cartón. Era un martes más. Aunque los detalles variaban, cada día de la vida de Lilith era más o menos igual de espantoso que los demás.

Arrancó la nota de su madre del espejo y la usó para limpiarse el pie; luego se puso jeans negros y una camiseta negra, sin mirar su reflejo. Intentó recordar aunque fuera un poco de lo que su profesor de biología había dicho que estaría en el examen.

Para cuando bajó las escaleras, Bruce estaba echándose a la boca los restos de la caja de cereal. Lilith sabía que esas hojuelas rancias eran toda la comida que quedaba en la casa.

—Se nos acabó la leche —dijo Bruce.

—¿Y el cereal? —preguntó Lilith.

—Y el cereal. Y todo.

Bruce tenía once años y era casi tan alto como Lilith, aunque mucho más delgado. Estaba enfermo. Siempre lo había estado. Había nacido prematuramente, y a su madre le gustaba decir que su corazón no podía seguirle el ritmo a su alma. Tenía los ojos hundidos y su piel tenía un tinte azulado porque sus pulmones no podían aspirar suficiente aire. Cuando las colinas se incendiaban, como ocurría a diario, el menor esfuerzo lo hacía jadear. Se quedaba en cama más seguido de lo que iba a la escuela.

Lilith sabía que Bruce necesitaba desayunar más que ella, pero aun así el estómago le gruñía. Comida, agua, productos higiénicos básicos: todo escaseaba en el basurero que llamaban hogar.

Miró por la ventana sucia de la cocina y vio que su autobús ya se alejaba de la parada. Gruñó mientras tomaba el estuche de su guitarra y su mochila, y se aseguraba de que su diario negro estuviera dentro.

—Nos vemos, Bruce —dijo y salió.

Retumbaron bocinas y rechinaron llantas mientras Lilith atravesaba la calle corriendo sin mirar, como siempre le decía a Bruce que no hiciera. A pesar de su terrible suerte, jamás le preocupaba la muerte. Morir significaría liberarse de la frenética rueda de hámster de su vida, y Lilith sabía que no era tan afortunada. El universo, o Dios, o algo querían que fuera miserable.

Vio el autobús alejarse y comenzó a caminar los cinco kilómetros a la escuela, con el estuche de la guitarra golpeándole la espalda. Cruzó la calle rápido, pasó el centro comercial con la tienda de todo a un dólar y el restaurante chino que siempre estaba cerrando y reabriendo. Una vez que estuvo a unas cuadras de su áspero vecindario, conocido en el pueblo como “el Hoyo”, las aceras se volvieron más lisas y las calles tuvieron menos baches. Las personas que salían de sus casas para recoger el periódico vestían trajes formales, no las batas raídas que usaban los vecinos de Lilith. Una mujer muy bien peinada que paseaba a su gran danés la saludó, pero Lilith no tenía tiempo para cortesías. Se agachó para atravesar el túnel peatonal que pasaba por debajo de la autopista.

La Escuela Preparatoria Trumbull estaba en la esquina de la calle High Meadow y la Autopista 2, que Lilith asociaba con tensos viajes a la sala de emergencias cuando Bruce enfermaba de gravedad. Cuando recorría el pavimento a toda velocidad en la minivan púrpura de su madre, con su hermano resollando débilmente sobre su hombro, Lilith siempre miraba los señalamientos verdes a un lado de la autopista, que indicaban la distancia a otras ciudades. Aunque no había visto mucho —nada en realidad— fuera de Crossroads, le gustaba imaginar el vasto mundo más allá. Le gustaba pensar que algún día, si llegaba a graduarse, huiría a un lugar mejor.

Cuando salió del túnel cerca de la orilla del campus, el timbre de los retardos estaba sonando. Lilith tosía y le ardían los ojos. Los incendios forestales de las colinas que rodeaban el pueblo envolvían a la escuela en humo. El edificio de estuco café era feo, y los carteles que lo tapizaban, hechos por estudiantes, lo hacían lucir aun peor. Uno anunciaba el partido de basquetbol del día siguiente, otro enumeraba los detalles de la reunión para la feria de ciencias después de clases, pero la mayoría mostraba fotos de anuario de un deportista llamado Dean que quería ganar votos para ser rey del baile de graduación.

En la entrada principal de Trumbull estaba el director Tarkenton. Apenas medía poco más de 1.50 y llevaba un traje de poliéster color vino.

—Otra vez tarde, señorita Foscor —dijo, contemplándola con disgusto—. ¿No vi su nombre en la lista de castigos por retardo de ayer?

—Lo gracioso del castigo —dijo Lilith— es que parece que aprendo más mirando la pared que en clase.

—Vaya a su primer periodo —dijo Tarkenton, dando un paso hacia Lilith—, y si le da problemas a su madre en clase, aunque sea por un segundo…

Lilith tragó saliva.

—¿Mi mamá está aquí?

Su mamá era maestra sustituta en Trumbull unos días al mes, a cambio de un descuento en la colegiatura que era la única razón por la que Lilith podía ir a esa escuela. Lilith nunca sabía cuándo encontraría a su madre delante de ella en la fila de la cafetería o retocándose el labial en el baño de mujeres. Nunca le decía a Lilith cuándo se presentaría en el campus de Trumbull, y nunca le ofrecía llevarla a la escuela.

Siempre era una horrible sorpresa, pero al menos Lilith nunca se había topado con su madre como sustituta en una de sus clases.

Hasta hoy. Lilith emitió un quejido y entró a la escuela, preguntándose en cuál de sus clases aparecería su mamá.

Se salvó en el aula principal, donde la profesora Richards ya había terminado de pasar lista y ahora escribía frenéticamente en el pizarrón sobre las maneras en que los alumnos podían ayudar a su inútil campaña para introducir el reciclaje en la escuela. Cuando Lilith entró, la profesora sacudió la cabeza en silencio, como si la impuntualidad habitual de Lilith la aburriera.

Lilith se dejó caer en su asiento, dejó el estuche de guitarra a sus pies y tomó el libro de biología que acababa de sacar de su casillero. Le quedaban diez valiosos minutos en el aula principal, y los necesitaba para estudiar para el examen.

—Profesora Richards —dijo la chica junto a Lilith, mirando hacia donde ella estaba—, de pronto algo apesta por aquí.

Lilith puso los ojos en blanco. Ella y Chloe King habían sido enemigas desde el primer día de la primaria, aunque no recordaba por qué. Ella no era ninguna amenaza para la rica y hermosa chica de último grado. Chloe era modelo de la marca Crossroads Apparel y vocalista de una banda de pop llamada Las Ofensas Imaginarias, sin mencionar que presidía al menos la mitad de los clubes extracurriculares de Trumbull.

Después de más de una década de soportar las maldades de Chloe, Lilith estaba acostumbrada a sus ataques constantes. En sus mejores días, los ignoraba. Ese día se concentró en los genomas y fonemas de su libro de biología y trató de no prestar atención a Chloe.

Pero ahora los otros chicos a su alrededor estaban tapándose la nariz. El chico que estaba frente a ella hizo ademán de vomitar.

Chloe giró en su asiento.

—¿Ésa es tu idea barata de un perfume, Lilith, o te cagaste en los pantalones?

Lilith recordó el desastre que Alastor dejó junto a su cama y la ducha que no pudo darse, y sintió que se le encendían las mejillas. Tomó sus cosas y salió disparada del salón, ignorando el parloteo de la profesora Richards sobre el permiso de salida, y entró al baño más cercano.

Dentro, a solas, se apoyó en la puerta roja y cerró los ojos. Deseó poder esconderse ahí todo el día, pero sabía que una vez que sonara el timbre el lugar se llenaría de estudiantes. Se obligó a ir al lavabo. Abrió la llave del agua caliente, se quitó el zapato, levantó el pie hasta el lavabo y presionó el dispensador de jabón rosa barato. Levantó la mirada, esperando ver su triste reflejo, y en vez de eso se encontró con un cartel brillante pegado al espejo. “Vota por King para reina”, decía bajo una foto profesional de una radiante Chloe King.

El baile de graduación era ese mes, y todos los demás chicos de la escuela parecían consumidos por la anticipación. Lilith había visto cientos de carteles como ése en los pasillos. Había caminado detrás de chicas que se mostraban fotos de sus ramilletes soñados de camino a clase. Había escuchado a los chicos bromear sobre lo que sucedería después del baile. Todo aquello le daba náuseas. Aun si tuviera dinero para un vestido, y aun si hubiera alguien con quien quisiera ir, de ninguna manera pondría un pie en la escuela cuando no estuviera legalmente obligada a hacerlo.

Arrancó el cartel de Chloe del espejo y lo usó para limpiar el interior de su zapato; luego lo arrojó al lavabo y dejó que el agua le cayera encima hasta que el rostro de Chloe no fue más que pulpa mojada.

En clase de poesía, el profesor Davidson estaba tan absorto escribiendo el soneto 20 de Shakespeare en el pizarrón, que ni siquiera notó que Lilith llegó tarde.

Lilith se sentó con cuidado, observando a los otros chicos y esperando que alguien se tapara la nariz o hiciera arcadas, pero por suerte sólo parecían fijarse en ella como medio para pasar notas. Paige, la deportista rubia a la izquierda de Lilith, le dio un empujón y deslizó una nota doblada hacia su pupitre. Aunque no tenía remitente, Lilith sabía, por supuesto, que no era para ella. Era para Kimi Grace, la chica cool de ascendencia coreana y mexicana que se sentaba a su derecha. Lilith ya había pasado suficientes notas entre ellas como para ver atisbos de sus planes para la graduación: la fiesta épica y la limusina para la cual estaban ahorrando sus mesadas. A Lilith nunca le habían dado mesada. Si su madre tenía dinero de sobra, iba directo a los gastos médicos de Bruce.

—¿Verdad, Lilith? —preguntó el profesor Davidson, y sobresaltó a Lilith, que metió la nota bajo el pupitre para que no la descubriera.

—¿Podría repetirlo? —dijo Lilith. No quería hacer enfadar al profesor Davidson. Poesía era la única clase que le gustaba, sobre todo porque no estaba reprobando, y el profesor Davidson era el único maestro que había conocido que parecía disfrutar su trabajo. …

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