Primeros capítulos: Tinta y fuego (Tinta y fuego #1) de Kathy MacMillan

Montena publicará en español Sword and Verse primer libro de la biología de mismo nombre de Kathy MacMillan, el libro saldrá a la venta el 13 de septiembre de 2017.

Tinta y fuego

35236799

En un mundo oprimido no puedes permitirte pensar.
Ni cuestionarte nada.
Ni desear.

Lo que más anhela Raisa es aprender a leer.
Pero, para una esclava, esta aspiración parece casi inalcanzable.

¿Y si poder leer fuese la clave para salvar a su pueblo

En el reino de Qilara, la escritura es un don reservado a los nobles y prohibido para todos los demás, especialmente para los esclavos. Únicamente a la tutora del príncipe y su aprendiza les está permitido aprender la lengua de los dioses, para luego enseñarla al futuro rey.

Tras ser seleccionada como aprendiza, Raisa deberá ir con más cuidado y estar más vigilante que nunca: sigue siendo una esclava y cualquier sombra de traición podría suponerle la muerte.

Enamorarse del príncipe no le facilitará las cosas. Al contrario. Todo termina de complicarse cuando la Resistencia se pone en contacto con ella. Raisa deberá escoger entonces si traiciona a su pueblo o a su corazón.


En memoria de Annette Bledsoe

Hallo el éxtasis en vivir; la mera sensación de vivir es suficiente dicha.[1]

EMILY DICKINSON

LOS DIOSES

Gyotia, rey de los dioses.

Sotia, su hermana, diosa de la sabiduría.

Suna, su hermana, diosa de la memoria.

Lanea, su primera esposa, diosa del hogar.

Lila, su segunda esposa, diosa de la guerra.

Qora, hijo de Gyotia y Lanea, dios de los campos.

Aqil, hijo de Gyotia y Sotia, dios del aprendizaje sagrado.

1

Primero fue Gyotia, el de los múltiples brazos y piernas, el que todo lo ve, nacido en la oscuridad de las montañas del fuego oculto. Conservó solo dos brazos y dos piernas, y con el resto de sus extremidades creó la Tierra, a la que vigiló con el mismo celo con el que vigilaba su propia carne.

«Todo es mío», dijo al vasto silencio.

No conocí a Tyasha ke Demit, pero todo empezó con su ejecución.

El día que el rey la sentenció a muerte, yo estaba con los demás niños esclavos del palacio, limpiando los frisos más altos de la Biblioteca de los Dioses. Naka y Linti no dejaban de hablar de la ejecución. Lo hacían en susurros, por supuesto, para que los guardias de abajo no las oyeran y sacudieran las precarias plataformas donde trabajábamos. A los guardias qilaritas no les gustaba que los asignaran a la biblioteca los días de limpieza, y no permitían que nadie rompiera la regla del silencio.

—¿Cuánto falta para que muera? —susurró Linti, ansiosa, apartándose el pelo rubio casi blanco de la cara.

Naka se encogió de hombros y me miró.

—Raisa, ¿cuántas veces la quemarán? —me preguntó.

Me dio un vuelco el estómago.

—Chis! —les advertí, demasiado alto, ganándome una sacudida de los guardias.

Estaba tumbada boca arriba para limpiar el techo, así que solo tuve que agarrarme al borde de la plataforma para no perder el equilibrio. Los niños esclavos arnath no duraban con vida tanto tiempo como yo a menos que aprendieran a mantenerse encima de las plataformas. Siempre retiraban el grueso alfombrado del suelo de piedra de la biblioteca antes de la limpieza, y muchos niños morían al caer. Nadie quería mancillar las alfombras que pisaron los dioses con la sangre de los esclavos arnath.

No podía reprochar a los pequeños su macabra fascinación: Naka tenía ocho años y Linti, solo seis, y no todos los días ejecutaban a una tutora del príncipe por traición. Los murmullos llevaban toda la mañana circulando por el palacio. El rey había ordenado que toda la ciudad asistiera a la ejecución, incluso (o, tal vez, especialmente) los esclavos. Al fin y al cabo, aunque las tutoras tuvieran una posición privilegiada en Qilara, seguían siendo arnath, como nosotros. Vestían los mismos ropajes verdes que los esclavos, aunque también llevaran prendas blancas. Tyasha moriría, y elegirían a otra chica arnath para que ocupara su puesto como aprendiza de tutora.

Me deslicé por la plataforma y me apoyé en el borde para poder alcanzar con el trapo la moldura que había encima de la estatua de Gyotia, el rey de los dioses. Aunque todavía era pequeña, mi cuerpo parecía haberse percatado al fin de que ya casi tenía quince años, y había empezado a afinarse y desarrollarse. Sin duda, los guardias pronto se quejarían de que pesaba demasiado para las plataformas, y me enviarían a servir en uno de los templos: las tutoras y los niños que limpiaban los lugares más elevados eran los únicos arnathim que podían vivir en palacio.

Tiré el trapo para avisar a los guardias de que había terminado, y ellos giraron la manija y bajaron la plataforma. Mientras descendía, me senté con las piernas colgando y observé cómo los frisos blancos daban paso a los panales que contenían las cartas que los reyes de Qilara habían escrito a los dioses. Me habían dicho que estaban redactadas con la escritura de alto rango que solo conocían el monarca y su heredero. Y sus tutoras, pensé, con una punzada de celos. Tyasha ke Demit, pese a ser arnath, habría podido leer las cartas si alguna vez se le hubiese permitido la entrada en la biblioteca.

Los símbolos de alto rango estaban prohibidos incluso para los nobles, que se autodenominaban con orgullo la clase de los Eruditos porque eran los únicos que sabían leer y escribir. Pero a los Eruditos solo se les permitía conocer la escritura de bajo rango. Los qilaritas de las clases comerciantes y campesinas, como los guardias, ni siquiera podían aprender esa escritura.

Para una esclava corriente como yo, escribir un solo símbolo habría significado la muerte.

Aun así, la Biblioteca de los Dioses me fascinaba. Las paredes eran redondeadas, salvo la que daba al norte, que era recta y contenía una enorme estatua de Gyotia esculpida en la misma pared. Una de las caras del dios vigilaba la biblioteca desde arriba, y la otra miraba hacia el mar más allá del muro exterior del palacio. Las estatuas de los otros dioses rodeaban la biblioteca.

Sin poder evitarlo, dirigí la mirada a la escultura que había junto a la puerta: era Aqil, hijo de Gyotia y dios del aprendizaje sagrado, que sostenía triunfalmente un hierro de marcar contra la mejilla de su madre, que estaba atada y amordazada a sus pies. El crimen de Sotia, la diosa de la sabiduría, había sido intentar regalar el don de la escritura a todo el mundo. Había estatuas que reproducían la misma escena por toda la ciudad. Algunas incluso estaban pintadas, para contrastar la pálida piel de Sotia con el tono aceitunado de los otros dioses. La diosa tenía la nariz pequeña, los ojos juntos y el pelo ondulado como el mío. Los qilaritas siempre la representaban con rasgos arnath.

Aunque estuviera prohibido, reconocí el símbolo que Aqil estaba marcando en la mejilla de Sotia. Era Rai, la primera parte de mi nombre, que mi padre me había enseñado a escribir hacía mucho tiempo.

Kiti, que tenía los rizos castaños cubiertos de polvo gris, estaba limpiando la estatua de Aqil, así que me fui con mi trapo a limpiar la de Suna, la diosa de la memoria. A sus once años, Kiti era, después de mí, el mayor de los niños. Él y yo éramos los únicos que quedaban del asalto a nuestra isla, que había sucedido mucho tiempo atrás. Cuando nos atacaron, él todavía no había cumplido los dos años, así que no recordaba las Nath Tarin, las islas del norte donde los Ilustrados impartían en secreto antiguas enseñanzas en los períodos en los que no había redadas de los qilaritas.

Sin embargo, a mí, estar en la biblioteca me traía cada vez más recuerdos. Los más vívidos eran de los días en los que fabricábamos papel, cuando el pueblo entero abandonaba los cultivos y ayudaba a estirar y prensar los juncos. Nos dábamos un festín mientras el papel se secaba al sol, extendido en mesas, rocas y ramas, como si miles de nubes hubiesen caído a la tierra. Cuando ya se había secado, los niños lo recogían. Me encantaba sentir su peso ligero bajo mis dedos, como si fuera neblina solidificada.

Mientras abrillantaba la estatua, mis ojos se desviaron hacia las cartas a los dioses. Los paneles cubrían las paredes desde el final de los frisos hasta el suelo. Los bordes de las cartas amarilleaban, y estaban arrugados en algunas partes. Me pregunté si serían tan suaves como el papel que fabricábamos en las islas. Tan suaves como la hoja en la que estaba escrita mi almaverso, el poema que me había regalado mi padre en mi sexto cumpleaños como símbolo de la persona que yo era, de la persona que estaba destinada a ser. Habría sido lo primero que hubiese aprendido a escribir.

Los invasores nos habían atacado dos días después.

Mis dedos se estremecieron con el recuerdo del suave papel de la isla. Eché un vistazo a los guardias; la mayoría estaban ocupados vigilando a los niños de las plataformas. Sin apartar la vista del más cercano, estiré el brazo izquierdo, inclinando mi cuerpo para esconderlo. Mis dedos tocaron el borde de un rollo de papel. Lo miré. Parecía frágil, como si lo hubieran dejado al sol demasiado tiempo y hubiera empezado a resecarse. Mi padre habría dicho que no servía para escribir.

—¿Qué estás haciendo?

Me quedé helada.

—¿Qué estás haciendo? —ladró de nuevo el guardia.

Antes de que pudiera moverme, me agarró por el hombro y me tiró al suelo. El papel que había tocado se deslizó de su ranura y se cayó. Al dar contra el pavimento, se desenrolló, dejando a la vista líneas llenas de símbolos.

El guardia se quedó mirando la carta. Otros dos, que se habían acercado corriendo al oír sus gritos, se pararon en seco a su lado y me miraron boquiabiertos.

El corazón me latía con fuerza. Tragué saliva con dificultad e intenté explicar que había sido un accidente, pero solo conseguí emitir un quejido que resonó en la silenciosa biblioteca. Los demás niños habían parado de limpiar y miraban la escena con los ojos muy abiertos.

Los guardias empezaron a gritar, y sus bramidos resonaron por los suelos desnudos y las paredes de piedra. Solo conseguí articular unas pocas palabras, pero comprendí inmediatamente que, nerviosos tras la traición de Tyasha ke Demit y asustados ante la posibilidad de que los acusaran a ellos también, no iban a creer que lo que había hecho había sido accidental.

Dos guardias me empujaron contra el suelo. Otro, el que parecía estar al mando, comenzó a rugir órdenes y condujo a los dos que me agarraban por los brazos fuera de la biblioteca. Atisbé a Linti tumbada boca abajo, agarrada a los bordes de su plataforma mientras el guardia que la vigilaba le daba una fuerte sacudida.

En el pasillo, solo se oía el martilleo de las botas de los guardias contra las baldosas mientras me arrastraban hacia la izquierda. Me di cuenta de que me llevaban a las mazmorras y me sentí desfallecer. Por supuesto que nos dirigíamos allí: era donde Tyasha ke Demit y sus cómplices esperaban su ejecución, que tendría lugar al día siguiente. ¿Me condenarían a mí también? ¿Me quemarían junto a ella?

Me tambaleé al pensarlo, pero los hombres siguieron tirando de mí como si fuera un saco de trigo muy ligero pero muy peligroso. Se me nubló la vista.

Alguien caminaba hacia nosotros desde las mazmorras. Los guardias se arrodillaron y me empujaron para que yo también lo hiciera, y fue entonces cuando esa figura borrosa se convirtió en un apuesto muchacho de piel aceitunada y cabello negro y liso. El príncipe Mati. El miedo se apoderó de mí.

—¿Qué es esto? —preguntó el príncipe.

Levanté un poco la vista. Me pareció increíblemente alto, sobre todo teniendo en cuenta que no era mucho mayor que yo. Hasta entonces, las veces que había visto al príncipe Mati siempre estaba sonriente, como si le divirtiera algún chiste que solo conocía él. Pero ahora no sonreía.

El guardia al mando se aclaró la garganta.

—Esta esclava ha cometido un acto de traición, alteza —informó—. La llevamos ante el capitán Dimmin.

Me encogí. El príncipe Mati frunció el ceño.

—¿Qué ha hecho?

—Cogió una carta de su ranura en la Biblioteca de los Dioses, alteza.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó el príncipe con aspereza.

Fue el guardia a mi izquierda quien respondió:

—Yo lo vi, alteza. Cogió la carta mientras limpiaba la estatua de Suna.

Se me escapó un pequeño sonido de indignación. El príncipe se volvió y me miró con frío interés. Sentí cómo una oleada de calor me inundaba el rostro.

—¿Es eso cierto? —me preguntó.

Negué con la cabeza. Mi voz era poco más que un susurro:

—Fue… fue un accidente. Rocé la carta sin querer y se cayó.

Por supuesto, eso no era exactamente cierto, pero no podía decirle que había estado distraída pensando en la fabricación del papel en Nath Tarin. El príncipe Mati entornó los ojos. Esta vez me obligué a mirarlo; tal vez así me creería.

Finalmente, se volvió hacia el guardia que estaba al mando y dijo:

—Me parece que molestar a mi padre con un asunto tan trivial solo lo contrariaría, teniendo en cuenta la situación actual. Soltadla.

—¿Alteza?

—A no ser que prefiráis enojar al rey —añadió el príncipe de forma distraída, mientras se miraba las uñas.

Me di cuenta, con gran sorpresa, de que no estaba en absoluto tan seguro de sí mismo como quería aparentar. Sin embargo, los tres guardias dudaban, y yo sabía por qué: el rey había desterrado a los guardias que habían asignado a Tyasha porque no habían evitado sus actos de traición. Era posible que castigara a estos hombres por no vigilarme más de cerca.

El que estaba al mando se aclaró la garganta.

—No, alteza.

—Bien —dijo el príncipe Mati con una sonrisa—. Yo mismo daré parte de la situación al capitán Dimmin, así que no debéis preocuparos por eso. Soltadla.

—Esto… Alteza —añadió el guardia, casi con timidez—, la carta que ella… quiero decir, la carta todavía está en el suelo de la biblioteca.

El príncipe Mati asintió y nos condujo de vuelta a la biblioteca. Los guardias me agarraban con menos fuerza, como si el saco de trigo hubiera dejado de ser peligroso porque así lo había dicho el príncipe.

Cuando entramos, los susurros de los niños se acallaron, y una hilera de rostros temerosos asomó por encima de las plataformas. Kiti estaba detrás de la gran caja de madera que había en el centro de la estancia, y un guardia lo vigilaba tan de cerca que apenas podía mover el brazo para limpiar.

La carta estaba medio desenrollada junto a la estatua de Suna, cerca del trapo que yo había dejado abandonado. Tanto los guardias como los niños se habían alejado todo lo que habían podido. Alrededor de la carta había una barrera de miedo, como la que se erigía alrededor de las víctimas de la enfermedad de la tos en las calles de la ciudad.

El príncipe la recogió, y las manos de ambos guardias se clavaron con más fuerza en mis brazos, haciéndome daño.

El hijo del rey me tendió el papel.

—¿Ves lo que dice? —preguntó.

Desvié la mirada. Podía ver los símbolos, claro, pero no significaban nada para mí.

El príncipe dio la vuelta a la carta y la leyó en silencio. Las comisuras de los labios se le curvaron hacia arriba. De repente me entraron ganas de abofetearlo; puede que fuera una suerte que los guardias todavía me tuvieran agarrada.

Soltó una carcajada mientras volvía a enrollar la carta y la colocaba en su ranura. Miró a los niños a su alrededor, y entonces me miró a mí.

—¿Cuántos años tienes?

Mi voz no funcionaba bien; todavía era poco más que un susurro.

—Catorce, alteza.

—Algo mayor para trabajar en la biblioteca, ¿no? —le comentó al guardia de rango superior.

—La responsable de los niños es el ama Kret, alteza. Me complacerá transmitirle vuestra opinión —respondió el guardia. Parecía aliviado de poder culpar a otra persona.

—En realidad, creo que a quien deberías informar es a Laiyonea ke Tirit —replicó el príncipe Mati con frialdad—. ¿O has olvidado que se va a seleccionar otra aprendiza de tutora?

El guardia farfulló unas disculpas, pero yo observé al príncipe. Había un matiz en su voz que me había hecho sospechar que la ejecución de Tyasha le horrorizaba tanto como a mí. Me sorprendió mirándole y se alisó la túnica.

—Encárgate de ello —dijo, cortando los balbuceos del guardia con un gesto imperial.

—Sí, alteza —contestó el hombre, pero el príncipe ya se había marchado.

Los guardias me soltaron y solo entonces fui consciente de que todo había terminado y de que no me iban a llevar a las mazmorras.

Aun así, la encargada del servicio, Emilana Kret, me castigó sin cenar y me amenazó con enviarme durante cinco noches al Zulo, un armario diminuto situado en una esquina de los últimos baños y tan estrecho que ni siquiera el más pequeño de los niños podía sentarse. Lo único que podías hacer era quedarte de pie, apoyado contra las húmedas paredes de piedra y alejar a patadas a las criaturas que corrían a tu alrededor en la negra oscuridad. Pero, al final, Linti consiguió pasarme algo de queso a escondidas y solo tuve que soportar una noche en el Zulo. Al día siguiente, tras la ejecución de Tyasha, me llamaron para que me uniera a las niñas que iban a hacer la prueba para ocupar su lugar.

Linti se aferró a mí antes de que me fuera, pero yo le susurré algunas palabras de aliento y le rogué que dejara de llorar para que Emilana no le pegara. Mantuve la cabeza gacha mientras los guardias me llevaban junto a las demás niñas. No podía permitir que nadie se diera cuenta de lo mucho que quería aprender a escribir. Hacía años que había aprendido que desear algo demasiado era un modo seguro de que te lo arrebataran.

Nos hicieron beber una poción hedionda que convirtió todo a mi alrededor en una especie de neblina e hice la prueba a tientas, garabateando símbolos que no tenían ningún significado para mí, mientras las caras de los miembros del Consejo de Eruditos, que nos observaban, se desdibujaban y mezclaban las unas con las otras.

Sin embargo, algo debí de hacer bien, porque al final del examen Laiyonea ke Tirit, la tutora del príncipe, me anudó un fajín verde a la cintura y anunció que el oráculo de los dioses me había elegido para ser la nueva aprendiza de tutora.

2

De la tierra y la piedra, Gyotia creó a Lanea, la diosa del hogar, para convertirla en su esposa. Yació con ella y de esa unión nació Qora. Gyotia, complacido, nombró a su hijo dios de los campos.

Pero el fuego de las montañas no se apagó después de que Gyotia emergiera. Sus sagaces ojos vieron cómo una figura brotaba de él: Sotia, la diosa de la sabiduría.

Los rayos de sol se reflejaban en los adoquines del Adytum, el patio sagrado donde trabajábamos, pero el baldaquino de piedra mantenía el brillo alejado del papel. Mojé la pluma en la tinta y la apliqué con cuidado sobre la página.

Había pasado exactamente un año desde el día en que me convertí en la aprendiza de tutora y entré en aquel lugar con mi vestido blanco y verde, como correspondía a aquellas en mi posición, aterrorizada y entusiasmada ante la idea de aprender a escribir. Cada día había visto cientos de símbolos nadar ante mis ojos, y cada vez que Laiyonea me había ordenado revisar mi trabajo y nombrar la palabra que correspondía a cada símbolo, el príncipe Mati, sentado al otro lado de la mesa, había articulado en silencio los que yo había olvidado.

Había aprendido mucho, y ya dominaba los 4.087 símbolos de bajo rango. Una profesora más efusiva tal vez habría dicho que lo había hecho extraordinariamente bien en tan poco tiempo.

—Menuda chapuza —me espetó Laiyonea cuando se inclinó sobre la mesa para examinar mi décimo intento del símbolo «sangre»—. Repítelo.

También había pasado un año exacto desde que Tyasha ke Demit y sus cómplices agonizaran en el patíbulo frente al Templo de Aqil, con las manos cortadas y crueles símbolos marcados por todo el cuerpo. Ninguno de los tres lo mencionó, pero el terrible aniversario flotaba sobre el Adytum como el calor del sol de mediodía. Complacer a Laiyonea había sido más difícil que de costumbre, y el príncipe Mati, normalmente pródigo en bromas y buen humor, guardaba silencio, y había mantenido la cabeza fija sobre el papel durante casi toda la lección.

Contuve un suspiro y mojé la pluma de nuevo. De todos los símbolos que había aprendido hasta entonces, «sangre» era el que menos me gustaba, y no solo porque me hubiera costado un Resplandor y un Velo (un ciclo completo del cielo nocturno) hacerlo bien una única vez. La última línea siempre quería curvarse hacia arriba en lugar de hacia abajo.

«Os», dijo la voz de mi padre en mis recuerdos. Así es como llamábamos en la isla a un símbolo parecido. Al principio, luché contra el eco en mi mente; no comprendía por qué aquí cada uno de los símbolos representaba una palabra en lugar de un sonido, como pasaba con los de mi padre. ¿Por qué tenía la escritura significados diferentes? Los arnathim y los qilaritas hablaban el mismo idioma; nuestros ancestros, tal y como a los qilaritas les gustaba recordarnos, habían sido desterrados de Qilara hacía mucho tiempo, por el crimen de creer que la escritura debía estar al alcance todo el mundo.

Sin embargo, los símbolos qilaritas de alto y bajo rango representaban también la misma lengua hablada; lo único en lo que se diferenciaban era en los sistemas de escritura, los dones de los dioses. Las grafías de alto rango, las más poderosas, servían al rey en su papel como sumo sacerdote de Gyotia. Los símbolos de esta categoría se utilizaban únicamente para comunicarse con los dioses.

Entonces ¿dónde encajaba el sistema de escritura de mi padre?

Deseché esos pensamientos; no me servirían para conseguir escribir aquel símbolo correctamente. Tracé la primera línea con cuidado, y exhalé al escribir la siguiente, y la siguiente. La última se curvó hacia abajo, tal y como debía. Levanté la pluma, incapaz de esconder mi sonrisa.

Laiyonea asintió con aprobación.

—Ahora escríbelo cincuenta veces más para memorizarlo.

A mi lado, el príncipe Mati soltó una risita disimulada y comprensiva. Por supuesto, él nunca había tenido que escribir nada cincuenta veces para memorizarlo: su escritura siempre fluía desde la punta de su pluma, rápida, limpia y bellísima. Pero, claro, él había estado estudiando en el Adytum desde los cuatro años.

Además, el príncipe Mati tampoco tenía la injusta desventaja de tener que estudiar al lado de sí mismo. Al darme cuenta de lo cerca que estábamos sentados, me alejé de él y me coloqué el pelo por delante de la cara para esconder el rubor de mis mejillas. Me dije que él siempre había sido amable conmigo, pero nada más. No podía olvidar cuál era mi lugar. Aunque fuera tutora, seguía siendo una esclava.

Laiyonea dio un golpecito con la pluma en la mano del príncipe.

—Un poco más de esfuerzo por vuestra parte tampoco estaría de más, Mati —dijo—. Raisa os está dejando en evidencia.

Miré al príncipe a través de mi cortina de pelo. Él volvió a inclinarse sobre el papel. Fuera del Adytum, nadie podría imaginar que una esclava arnath le hablara al príncipe de esa forma, pero Laiyonea era su tutora y él debía hacerle caso.

¿Hablaría así yo también cuando me convirtiera en la tutora del próximo heredero? «Si no dominas todos los símbolos, nunca lo sabrás», me reprendí a mí misma. Nerviosa, di un golpecito en el tintero con la pluma.

Trabajaba con esmero; cada vez que estropeaba algún símbolo empezaba desde el principio, agradecida por la brisa del océano, que me agitaba el cabello. En el otro extremo del patio, los asotis arrullaban en su percha. Sobre nosotros, el enorme rostro de piedra de Gyotia, el rey de los dioses, contemplaba el Olsunal, el mar sin memoria.

Cuando Laiyonea revisó los escritos terminados del príncipe, señaló dos errores y dijo, severa:

—Espero que no permitáis que la obra de teatro os distraiga de vuestro trabajo.

Se acercaba la Fiesta de Aqil y, de acuerdo con la tradición, el Erudito de dieciséis años de mayor rango se metería en la piel de Aqil en la representación teatral de la historia de los dioses. Este año le tocaba al príncipe Mati. Yo esperaba la fiesta con ganas; no había salido de palacio desde que me había convertido en la aprendiza de tutora, pero estaba segura de que todo el mundo en Ciudad de Reyes asistiría a la representación si el hijo del rey participaba en ella.

El príncipe musitó algo que no entendí. Laiyonea bajó la voz, aunque nadie podía oírnos desde la playa, que estaba lejos, por debajo de nosotros.

—¿Os lo ha dicho vuestro padre?

La crispación de su voz me hizo levantar la cabeza para mirarla… Y el gesto furibundo que me dirigió, agacharla de nuevo.

—Sí —respondió el príncipe, alicaído—. Tengo que encontrar a alguien para el papel de Sotia.

Así que una de las chicas qilaritas había abandonado. No me sorprendía demasiado. Ninguna muchacha perteneciente a una noble familia de Eruditos querría representar a la relegada diosa de la sabiduría, la misma que los arnathim veneraban. La desafortunada joven que diera vida a Sotia pasaría la mayor parte de la obra en el suelo, atada y amordazada, y con el pie del príncipe Mati en el papel de Aqil sobre su espalda. Como en las estatuas que había por toda la ciudad.

—Hum… —musitó la tutora—. Podría hacerlo la nieta del ministro de Guerra…

Empecé una nueva fila de símbolos y dejé que su voz se desvaneciera en un segundo plano. Tal vez antes de que terminara el día reuniría el coraje suficiente para preguntarle a Laiyonea cuándo aprendería los símbolos de alto rango, los que conocían solo el rey, el príncipe y las tutoras. Entonces, estaría mucho más cerca de saber…

—En realidad —dijo el príncipe Mati, interrumpiendo mis pensamientos—, estaba pensando que podría hacerlo Raisa.

Se me resbaló la pluma y arruiné una línea entera. Me quedé mirándolo, pero mi expresión de incredulidad no era nada comparada con la de Laiyonea. El rostro del príncipe se ensombreció.

—Solo… solo era una idea —balbuceó, jugueteando con la pluma.

La tutora se aclaró la garganta.

—Raisa es demasiado joven.

—¡Tiene casi dieciséis años! —protestó él—. Las gemelas Gamo tienen solo trece y participan.

Laiyonea arrugó el gesto.

—Vuestro padre nunca accedería, y menos hoy.

El príncipe se puso visiblemente tenso, pero miró a la tutora por debajo de sus largas y negras pestañas.

—Accedería si tú se lo sugirieras —replicó.

Incluso yo sabía que tenía razón. Pese a cualquier prejuicio contra los arnath que el rey Tyno pudiera tener, confiaba más en Laiyonea que en ninguno de los asesores del Consejo de Eruditos. A menudo la convocaba para asistir a las reuniones del Consejo, algo que no había cambiado ni siquiera con la traición de Tyasha. El rey y ella habían crecido juntos, habían estudiado en el Adytum a la vez. Sin lugar a dudas, el príncipe Mati y Tyasha habían sido tan íntimos como ellos.

¿Habría sido Tyasha tan protectora con el príncipe como Laiyonea parecía serlo con el rey? Después de todo, Tyasha era siete años mayor que él. La habían seleccionado cuando era una niña pequeña, y Laiyonea la había presentado al rey y a la reina como regalo de bodas, antes de que naciera Mati. El hecho de que yo fuera más joven que el príncipe, a cuyo hijo enseñaría, no era más que una de las peculiaridades de mi situación.

Laiyonea apretó los labios.

—No le habéis preguntado a Raisa si acaso quiere participar en la representación.

El príncipe se volvió rápidamente hacia mí, y no pude evitar que sus ojos oscuros me atraparan.

—¿Quieres? —preguntó, con tanto entusiasmo que me resultó difícil recordar por qué no quería—. Vamos, será divertido. Nos quitará tiempo de estudiar…

Fruncí el ceño. Menos tiempo para estudiar significaría que Laiyonea todavía tardaría más en decidir que estaba preparada para los símbolos de alto rango. Abrí la boca para contestar, pero el príncipe se me adelantó, como si notara que estaba a punto de negarme:

—Piénsatelo, ¿vale?

Me dirigió una mirada suplicante. Yo asentí y bajé la vista al suelo, intentando que mi pulso se ralentizara. Ya había aceptado que lo que sentía por él era imposible, una mera distracción, pero eso no impedía que los sentimientos me asaltaran cuando menos lo esperaba.

Laiyonea recogió nuestros papeles con brusquedad y cruzó el patio para tirarlos al fuego. Iba a protestar (no había terminado de escribir «sangre» cincuenta veces y ¡ella ni siquiera había revisado mi trabajo!), pero, mientras volvía a la mesa, dijo:

—Tengo que marcharme. Raisa, escribe las últimas cincuenta series de diez, veinte veces cada una. Mati, vos continuad con la historia de la pluma de Aqil.

Suspiré y flexioné la mano mientras la puerta se cerraba tras ella.

—Ni siquiera consideras la posibilidad de aceptar, ¿verdad? —me preguntó el príncipe.

Esta vez, conseguí armarme de valor para mirarle a los ojos, pero no estaba preparada para el dolor que vi en ellos.

—No he dicho eso.

No comprendía por qué no me lo ordenaba sin más. Tanto Laiyonea como él actuaban como si fuera mi elección. ¿Era eso lo que significaba ser tutora? ¿Que podía decir que no?

—Pensaba que precisamente tú lo entenderías —dijo el príncipe, y volvió a su trabajo.

—¿Entender qué?

—Ya conoces a mi padre —afirmó mientras apuñalaba el papel con la pluma—. Si no encuentro a nadie que sustituya a Hailena…

Levanté la mano para tocarle el hombro, pero me obligué a bajarla de nuevo a mi regazo. No era justo que Mati trabajara tan duro y que su padre nunca lo apreciara. El rey veía la amabilidad y el sentido del humor de su hijo como una frivolidad, y se lo dejaba claro siempre que tenía ocasión. Me pregunté si las cosas habrían sido distintas si la reina hubiera sobrevivido a la enfermedad que se la había llevado cuando Mati era un bebé.

Me aclaré la garganta.

—¿Ninguna chica Erudita quiere hacer el papel de Sotia?

—Hailena quería. Pero el ministro de Comercio se enteró de que el padre de Hailena había estado vendiendo armas a la Resistencia. Alguien de dentro del Ministerio dio el chivatazo a la familia, y se escaparon ayer.

Me quedé boquiabierta. Había oído rumores sobre la Resistencia arnath desde que había llegado a palacio, cuando no era más que una temblorosa y asustada niña de seis años, pero se suponía que todo había terminado con la ejecución de Tyasha y sus cómplices. Ya era bastante increíble que todavía hubiera una Resistencia a la que poder vender armas, pero ¡descubrir que un Erudito qilarita estaba apoyando a la rebelión arnath en las mismísimas narices del rey! Eso era inconcebible.

—Por eso —continuó el príncipe— creo que sería mejor tener en el escenario a alguien en quien pueda confiar, alguien que me caiga bien. Y… tú eres la primera persona en quien he pensado. Sé que no dirás ninguna estupidez al sumo sacerdote de Aqil, ni irritarás al hijo del visir del este. Siempre te lo piensas todo muchísimo —se rio—. ¿Ves? Lo estás haciendo ahora mismo.

Me acarició la frente, que había fruncido al oír ese cumplido inesperado. Sentí el contacto de sus dedos sobre mi piel como pequeños rayos. Me retiré, sorprendida, y él apartó la mano de golpe, sonrojándose.

Mientras lo miraba, demasiado conmocionada para hablar, él volvió a coger la pluma y garabateó unos cuantos símbolos. Forzó una carcajada y me golpeó el codo con el suyo.

—Y no eres una llorica como Soraya Gamo y sus hermanas. Tendrías que haberlas visto en el primer ensayo. Soraya no hacía más que quejarse de que el aire era demasiado húmedo y de que se le iba a rizar el pelo como a una… —Se interrumpió bruscamente.

Cogí la pluma y retomé la escritura, para fingir que no sabía lo que había estado a punto de decir. Soraya Gamo, como todos los qilaritas, tenía una cortina de pelo negro y liso. Por supuesto que no quería que se le rizara como a una arnath. Como a una esclava.

El príncipe Mati se aclaró la garganta y dijo en voz baja:

—Me gustaría mucho que participaras.

Mi pluma empezó a moverse más despacio. De ningún modo quería participar en la obra de teatro. La sola idea de representar el castigo de Sotia mientras toda la ciudad me observaba me revolvía el estómago. Sin embargo, una parte de mí quería complacer al príncipe, una parte mayor de lo que me atrevía a admitir.

—Ya sé que no quieres —continuó—. Pero ¿y si hiciera algo para compensarte? Podría convencer a mi padre para que te permitiera ir a la Fiesta del Primer Resplandor, o afilar plumas para ti, o… No sé. ¿Qué quieres, Raisa?

Nadie me lo había preguntado nunca, y mucho menos con esa expresión tan seria, como si de verdad le interesara mi respuesta. ¿Acaso sabía yo lo que quería?

Libertad. No era el tipo de respuesta que él esperaba, y, de todos modos, tampoco era exactamente cierta. Si no hubiera sido una esclava, no me habrían seleccionado como aprendiza de tutora, y no podría estudiar los símbolos de alto rango…

Eso era lo que quería. Pero me daba miedo decírselo. ¿Y si se reía de mí? No podría soportar que lo hiciera. Me di cuenta de que estaba retorciendo la pluma y de que se me había manchado la mano izquierda de tinta. Cogí un trapo secante para limpiármela y, con la cabeza gacha, confesé:

—Quiero aprender los símbolos de alto rango.

Le miré tímidamente a la cara. Tenía el ceño fruncido y la cabeza inclinada. Me maldije. Si adivinaba por qué quería aprenderlos…

—Laiyonea cree que no estás preparada. ¿Por qué tienes tantas ganas de empezar con la escritura de alto rango?

—Porque… creo que me sentiré más… segura una vez conozca todos los símbolos —respondí.

No era del todo mentira. Cuanto más supiera, menos probable era que me destituyeran, siempre que no cometiese ninguna estupidez. El nombre de Tyasha ke Demit casi flotaba en el aire. El príncipe Mati hizo un mohín y asintió.

� …

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s