[Fragmento] Secreto inconfesable (Trilogía Pecado #1) de J. Kenner

La nueva trilogía de J. Kenner, autora best seller de The New York Times y ganadora del premio RITA, el más prestigioso del género de romance erótico.

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J. Kenner, una de las grandes maestras del romance erótico, nos ofrece la primera entrega de su trilogía más excitante y pecaminosa, ambientada en un mundo marcado por el lujo, el misterio y las pasiones más prohibidas.

Cuando entre un hombre y una mujer existe una intensa tensión erótica y un amor imposible, los deseos deben mantenerse ocultos, en el más absoluto secreto.

Todo el mundo cree que el atractivo y millonario Dallas Sykes es un conquistador impenitente. Siempre rodeado de las mujeres más bellas y liberadas, frecuenta fiestas esplendorosas donde el sexo se bebe como si fuera champán. Lo que casi nadie sabe es que el talante provocador de Dallas esconde una doble vida… y una relación intensamente platónica con su hermana adoptiva, Jane, con quien vivió una experiencia traumática que ninguno de los dos ha podido olvidar. Por su lado, también Jane intenta resistirse a esa atracción por él y busca a un hombre que le haga olvidar lo que siente cuando sus miradas se cruzan.

Ambos son absolutamente conscientes de la tensión que reina entre ellos, y la única pregunta es hasta cuándo podrán contener esa corriente de sensualidad que los acerca y aleja a la vez.

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Fragmento

1

El rey del sexo

La fiesta en la mansión de casi mil metros cuadrados en Meadow Lane apestaba a extravagancia incluso para los estándares habituales de Southampton.

Artistas galardonados con un Grammy actuaban en el escenario al aire libre montado en el exuberante jardín que se extendía desde la casa principal hasta las pistas de tenis. Los famosos se codeaban con modelos, que coqueteaban con magnates de Wall Street, que hablaban sobre cotizaciones bursátiles con gurús de la tecnología e intelectuales de familias adineradas mientras degustaban un buen whisky escocés y la ginebra más cool de esa temporada. Luces de colores iluminaban la piscina de estilo natural, en la que modelos desnudas flotaban con aire indolente sobre colchonetas y cuyos cuerpos servían como bandejas para los exclusivos platos de sushi preparados por los mejores chefs.

Las mujeres invitadas recibían un bolso Birkin de Hermès, y los hombres, una edición limitada de un reloj Hublot. Las exclamaciones de gozo, de ellos y ellas por igual, rivalizaban con el tronar de los fuegos artificiales que estallaron sobre la bahía de Shinnecock a las diez en punto de la noche, programados a la perfección para distraer a los invitados del trajín del personal de servicio, que retiró el bufet de la cena antes de servir un surtido de postres, café y licores.

No se había reparado en gastos, no se había pasado por alto ningún deseo, ansia o indulgencia. No se había dejado nada al azar y todos los asistentes coincidían en que esta fiesta era el evento de obligada asistencia de la temporada, si no del año. Dios, incluso de la década.

Todo aquel que era alguien estaba allí, bajo las estrellas en la finca de dieciséis mil metros cuadrados de Billionaires’ Row.

Todos excepto el anfitrión. Y las especulaciones sobre dónde estaba el multimillonario, qué estaba haciendo y con quién corrían como la pólvora entre la multitud, bien provista de alcohol y ávida de cotilleos.

—No tengo ni idea de adónde puede haberse marchado, pero apostaría cualquier cosa a que no se está muriendo de pena en soledad —comentó un hombre delgado como un junco, con el cabello canoso y una expresión que quería parecer desaprobación pero que, en realidad, era envidia.

—Juro que me corrí cinco veces —declaró una animada rubia a su mejor amiga con un susurro fingido y el claro propósito de llamar la atención—. Ese hombre es un maestro en la cama.

—Tiene una mente astuta para los negocios, pero ni el más mínimo sentido del decoro en lo que respecta a su polla —añadió un corredor de Wall Street.

—Oh, no, cielo. No le van las relaciones. —Una modelo morena, que en ese momento celebraba el contrato que acababa de firmar, se estremeció como si reviviera un momento de éxtasis—. Es como el buen chocolate. Está hecho para degustarlo en pequeñas porciones, pero es delicioso cuando lo saboreas.

—Si puede follarse a tantas tías, mejor para él. —Un hípster con barba y moño se limpió las gafas de montura metálica con el faldón de su camisa—. Pero ¿por qué narices tiene que ser tan descarado al respecto?

—Todas mis amigas se lo han tirado —aseguró una pelirroja menuda que consiguió una bonificación de seis cifras al casarse. Después esbozó una sonrisa pausada y el brillo de sus ojos verdes dio a entender que ella era una gata y él, un apetecible bol de deliciosa leche—. Pero soy la única que ha repetido.

—¿Todas tus amigas?

—¿De cuántas tías hablamos?

—Al menos la mitad de las mujeres que hay aquí esta noche. Puede que más.

—Tío, ni se te ocurra preguntar. Créeme. Dallas Sykes es el rey del sexo. ¿Tú y yo? Los simples mortales como nosotros ni siquiera podemos compararnos con él.

Tres plantas por encima de los invitados a la fiesta, en una habitación con vistas al océano Atlántico, Dallas Sykes succionaba con avidez el clítoris de una ágil rubia sentada sobre su cara que se retorcía presa del placer que precedía al orgasmo. Los gritos de la rubia se mezclaban con los guturales gemidos de placer de la pelirroja voluptuosa sentada a horcajadas sobre la cintura de Dallas mientras este la penetraba con fuerza con los dedos.

Aquellas mujeres se habían entregado a él, y la certeza de que esa noche eran suyas, bien para que las tratase con ternura, bien para que las atormentase, lo excitaba al máximo. Un afrodisíaco perverso, con un filo tan punzante como el acero e igual de salvaje.

Estaba borracho; ebrio de sexo, de whisky y de sumisión. Y en ese preciso instante lo único que deseaba era perderse en el placer. Dejar que todo lo demás se disolviera.

—Por favor. —Los músculos de la pelirroja se tensaron alrededor de sus dedos y un estremecimiento recorrió el cuerpo de Dallas; su necesidad de correrse era ya tan potente que rayaba en el dolor—. Estoy muy cerca. Te quiero dentro de mí. Oh, Dios mío, por favor. Ahora.

Inmerso en los sonidos de su boca al succionar el coño dulce de la rubia, a duras penas consiguió entender aquellas palabras. Pero oyó lo suficiente, y de un único y brusco movimiento, bajó a la chica y la colocó a un lado, dejándola tendida y temblando sobre la cama, con los pezones erectos y su coño, resbaladizo y expuesto, tentándole.

Dallas sintió que su cuerpo se tensaba de necesidad. De deseo. Pero solo para correrse. No deseaba a ninguna de aquellas mujeres. En realidad no. Sí su compañía. La evasión que le ofrecían, por supuesto. Pero ¿a ellas?

Ninguna era la mujer que ansiaba, la chica que le había salvado y destruido a la vez. La mujer a la que deseaba.

La que jamás podría tener.

Y por eso buscaba placer y pasión en el violento éxtasis del sexo duro y ardiente.

—Recuéstate —le ordenó a la rubia mientras apartaba sus oscuros pensamientos y lamentaciones. Alargó la mano hacia el vaso alto y apuró los restos de Glenmorangie. Disfrutó de la quemazón del whisky al bajar por su garganta y del efecto en su cabeza—. Contra el cabecero. Abre bien las piernas.

Ella asintió y obedeció con entusiasmo mientras él se quitaba a la pelirroja de encima.

—Fóllame —le rogó la joven del pelo rojo. Sus ojos verdes brillaban y le imploraban. Tenía los labios inflamados, la piel sonrosada. Olía a sexo, y ese aroma tan familiar, tan peligroso, tan increíblemente tentador, hizo que se excitara aún más duro—. Quiero que me folles. —Sus palabras eran un mohín, una súplica, y Dallas estuvo a punto de sonreír en respuesta.

A punto, pero no lo hizo.

En vez de eso enarcó una ceja.

—¿Tú quieres? Nena, aquí no se trata de lo que quieres. Se trata de lo que necesitas.

—Entonces necesito que me folles.

Los labios de Dallas contuvieron otra sonrisa. Le gustaban las mujeres que sabían lo que querían, de eso no cabía duda. Y se estaba divirtiendo mucho con la pelirroja. La había elegido de entre todas las que habían acudido a la fiesta porque le gustó cómo le quedaba el coqueto vestido negro que en esos momentos yacía en un montón sobre el suelo de su dormitorio. Eso, y porque sabía que tenía una prima que trabajaba para un funcionario del gobierno en Bogotá, y esa conexión podría venirle bien algún día.

En cuanto a la rubia, Dallas no tenía ningún plan oculto concreto para ella, pero valoraba su cuerpecito ágil y su callada obediencia. En ese preciso instante estaba sentada, tal y como le había indicado, con las piernas bien separadas y maravillosamente vulnerable. No movía un solo músculo, pero el latido de su pulso en la garganta comunicaba su excitación tanto como sus pezones erectos y su coño ardiente y húmedo.

Clavó la mirada en los ojos verdes de la pelirroja e hizo un gesto en dirección a la rubia.

—Tú quieres que te follen. Yo quiero mirar. Y te prometo que ella quiere hacer todo lo que yo diga. Parece la receta perfecta, ¿no crees?

La pelirroja recorrió su labio inferior con sus perfectos dientes blancos.

—Yo nunca…

—Pero lo harás. Esta noche. —La miró a los ojos—. Por mí. —La pelirroja se lamió los labios mientras él se bajaba de la cama y se ponía en pie. Continuó sentada sobre los talones, con las rodillas en el colchón. Dallas se inclinó hacia delante y le dio un largo y pausado beso. Sabía a fresas y a inocencia. Deseaba devorar lo primero y borrar lo segundo—. Rodea su cintura con tus piernas y bésala. Chúpale las tetas. Tócala como te plazca. Ella te va a follar con los dedos mientras tú y yo imaginamos que es mi polla. Nena, te vas a correr por mí más fuerte de lo que jamás te has corrido con nadie.

—¿Y tú?

Dallas percibió en su voz el temblor fruto de la excitación y supo que ya era suya.

—Yo estaré aquí mismo —dijo mientras le cogía la mano y la acercaba a la rubia, que estaba sumamente acalorada e impaciente.

Se colocó detrás de la pelirroja, colocó las manos sobre sus pechos al tiempo que ella le rodeaba la cintura a la rubia con las piernas y le apretó los pezones con fuerza mientras la rubia introducía los dedos dentro de su sexo.

Pegado a su espalda podía sentir cada estremecimiento de placer, cada vez que se le aceleraba el pulso. Y cuando una serie de pequeñas convulsiones sacudió a la pelirroja, deslizó la mano entre sus piernas desde atrás y hundió los dedos en su coño húmedo. Al hacerlo, su mano rozó el de la rubia, cuyo sensual gemido fue directo a su polla.

A continuación, deslizó hacia arriba el dedo, ahora resbaladizo, para juguetear con el culo de la pelirroja mientras ella se apretaba con fuerza contra él, con el cuerpo en llamas por el doble asalto.

—¡Ay, Dios, Dallas, esto es del todo indecente!

—Así es como me gusta, nena —respondió—. Yo solo juego así.

Era cierto. Le gustaba el sexo sucio. Quería recordar quién era. En lo que se había convertido.

«El rey del sexo.» Había oído cómo le llamaba todo el mundo y tenía que reconocer lo acertado e irónico que era el apodo. Porque lo cierto era que estaba bien jodido. Toda su puta vida era una actuación. Una fachada.

Era mercancía defectuosa. Un hombre destrozado por completo. Pero le había dado la vuelta a todo eso. Lo había reclamado. Lo había hecho suyo.

Tal vez no volviera a tener entre sus brazos a la mujer que deseaba, pero si esa era ahora su vida, se aseguraría de sacarle el mayor provecho posible.

Bajó la mano libre para acariciarse la polla. La sensación de su palma resbaladiza moviéndose de manera rítmica sobre su dura erección se mezclaba con los sonidos frenéticos, casi salvajes, de las dos mujeres. Cerró los ojos e imaginó otro lugar. A otra mujer.

Pensó en ella. En Jane.

Pero no de ese modo. No follándosela así. No como un maldito entretenimiento nocturno, tan intercambiable como una noche en el cine y casi igual de intrascendente.

Salvo que todo estaba jodido. Sobre todo, él.

¡Maldita sea! Tenía que cerrarse a todo. A esos pensamientos. A esos deseos.

A todos esos remordimientos.

El estridente sonido de su teléfono móvil le sacó de sus reflexiones y se apartó de la pelirroja, que gritó a modo de protesta.

—Lo siento, nena —repuso con voz tirante por la presión que sentía en el pecho—. Es el único tono al que siempre respondo. —Alcanzó el móvil que seguía sonando en la mesilla y acarició de paso con ligereza la piel de las mujeres antes de darles la espalda para atender la llamada—. Dime.

Esperaba lo peor de esa llamada. Su mejor amigo, Liam Foster, no tenía que informar hasta la mañana siguiente. Que le llamara en ese momento significaba que algo había ocurrido.

—Todo va bien, tío —se apresuró a decir Liam, con un tono tan próximo al entusiasmo como le permitía su formación militar.

—¿El niño?

Dallas había enviado a su equipo a Shangai para recuperar al hijo de ocho años de un diplomático chino que había sido secuestrado hacía diez días.

—Está bien —le aseguró Liam—. Deshidratado. Desnutrido. Asustado. Pero ha vuelto con su familia y se recuperará por completo, al menos físicamente.

«Físicamente», pensó Dallas. Las palabras resonaron en su cabeza de forma nauseabunda. Aquello no era todo. Ni por asomo.

Apartó aquellos pensamientos y se obligó a concentrarse.

—Entonces ¿por qué me…?

—Porque el cabrón del alemán que le secuestró ha intentado canjear su libertad por información. Lo sabe, Dallas. Ese hijo de puta de Mueller sabe quién fue el sexto secuestrador.

Las palabras eran simples. El impacto que tuvieron en Dallas, no. Le hervía la sangre. La habitación se volvió ardiente, roja. Quería darle una paliza de muerte al sexto hombre. Quería hacerse un ovillo y llorar.

Deseaba saber por fin la verdad.

Había dos personas a mando de los seis desgraciados que los habían secuestrado, y sin duda el sexto hombre podía identificar a sus jefes. Por un lado estaba el tipo que se quedó sentado, sin ensuciarse las manos, pero que era el que más enfangadas las tenía de todos. Ese hombre vivía en la memoria de Dallas solo como fragmentos e impresiones. Había sido listo. Había guardado las distancias. Pero fue el titiritero, el que contrató a los otros seis y tiró de los hilos.

Jane y él acabaron llamando a ese hombre el Carcelero. Había hablado directamente con él solo en dos ocasiones. Entonces le dijo que se lo merecía todo; cada momento de agonía, cada punzada de temor, cada humillación.

Y luego estaba la Mujer. Se suponía que tenía que alimentar y cuidar a Dallas y a Jane, pero en vez de eso les trajo dolor y miedo, además de una retorcida oscuridad y una profunda vergüenza que no se había disipado ni siquiera después de que fuera liberado de su encierro entre aquellas mohosas paredes.

Pero ya no tenía quince años. No estaba encerrado en la oscuridad, torturado, hambriento e indefenso.

Tal vez fuera mercancía defectuosa, pero tenía dinero y poder, y sabía usarlos como un maldito mazo medieval.

—Estamos cerca de terminar con esto —le aseguró Liam—. Utilizaremos la información que saquemos de esta escoria para atrapar al sexto. Lo interrogaremos. Conseguiremos que nos diga quién le contrató. Es la última pieza del rompecabezas. Si lo logramos, podrás decir por fin que se acabó.

Dallas cerró los ojos y tomó aire, empapándose de esas palabras. Liam se equivocaba, desde luego. En realidad, jamás terminaría. Pero no podía negar que empezaba a hacerse ilusiones, a fantasear con que de verdad podría poner fin a todo aquello.

Por él.

Por su cordura.

Pero sobre todo, por Jane.

2

Érase una vez

Hace diecisiete años

Eres un maldito bastardo, lo sabes, ¿verdad?

Quince Radcliffe se apoyó contra el marco de la puerta con despreocupación mientras Dallas se apresuraba a meter los pies en sus zapatillas. Ya se había puesto un par de deshilachados vaqueros después de quitarse el chándal que llevaba mientras leía a Nietzsche tumbado en la cama en vez de hacer los deberes de matemáticas del día siguiente. Haría frente a los cinco problemas por la mañana; esa noche estaba demasiado absorto en Así habló Zarathustra. O lo estaba hasta que ella le llamó.

—Dean Phelps exigirá tu cabeza en una pica.

—Estoy segurísimo de que eso violaría por lo menos una docena de normas de la escuela.

Dallas giró en redondo mientras hablaba, oteando la habitación con el ceño fruncido en busca de una camisa limpia. Tenía quince años y sabía hacer la colada, pero eso no significaba que la hiciera con demasiada frecuencia.

Encontró una descolorida camiseta negra debajo del pequeño pupitre cubierto de libros. Tiró de ella, la olisqueó y se la puso por la cabeza. La olisqueó de nuevo y se la subió para poder ponerse desodorante en las axilas. No le daba tiempo para darse una ducha y lamentó no haberlo hecho antes.

—Vale —accedió Quince—. Lo que tú digas. Pero si te pillan…

Dallas se llevó la mano al corazón mientras la voz de su compañero de habitación se iba apagando.

—Oh, Quince, no sabía que te importara —bromeó. El aludido entornó los ojos y giró la mano hasta que su dedo corazón quedó bien levantado. A Dallas se le escapó una carcajada—. Deja de preocuparte. Solo vamos a salir unas horas. Tendré cuidado. Tú me cubrirás. Y nadie sabrá que me he ido.

Mejor que no, porque aunque Dallas jamás lo reconocería en voz alta, Quince tenía razón. Estaba corriendo un riesgo enorme. Su padre había tirado de hilos muy poderosos y aflojado mucha pasta para que pudiera entrar en St. Anthony, uno de los internados más prestigiosos de Europa, si no del mundo. Se pilló un buen cabreo en su momento —no quería que lo alejasen de Estados Unidos y lo mandasen a Reino Unido—, pero ahora, pasado un año, tenía que reconocer que aquello le gustaba.

Al menos lo reconocía para sí mismo, porque jamás lo haría ante Eli o Lisa. Aún no. Tal vez nunca. Quería a sus padres. De verdad que sí. Pero siempre había existido algo entre ellos. Una distancia. Quizá porque sabía demasiado bien quién era y de dónde venía. Es posible que los adolescentes no debieran saber la verdad sobre sí mismos. En ocasiones no podían sobrellevarlo.

Pensó en el lema predilecto de Nietzsche: «Conviértete en lo que eres». Y pensó en su propia conclusión: «Descubre qué coño eres antes de empezar a convertirte en ello. Además de quién eres».

Bueno, lo estaba intentando, ¿no?

Había estado esforzándose mucho, respetando las reglas. Más o menos. Había hecho todo lo que se suponía que tenía que hacer. No podía deshacer los meses en los que había coqueteado con las drogas, había robado coches, se había escapado por las noches y, en general, había actuado como un auténtico gilipollas, pero podía quedarse en aquel lugar, hacer su trabajo y convertirse en el hombre que quería ser. El hombre que sabía que podía ser.

Cualquier otra noche se habría quedado en su habitación, estudiando.

O, para ser más exactos, se habría quedado, se habría entretenido con libros o videojuegos y luego habría dedicado diez o quince minutos antes de clase a terminar los deberes o a estudiar para un examen.

Esa noche no.

Esa noche ella estaba allí.

Esa noche Jane le había llamado desde la estación.

—He cogido el tren desde Londres —le dijo por teléfono—. Todo el mundo piensa que estoy pasando la noche en casa de mi amiga Donna, la que se mudó a la capital el año pasado cuando su padre aceptó un empleo en la embajada. —Sus palabras sonaron rápidas y frenéticas, como si tuviera que soltarlas antes de perder el valor—. Pero no estoy con Donna. Voy de camino. Y tengo muchas ganas de verte esta noche. Ya sabes. Antes de que todo se descontrole. Antes de que dejemos de ser solo nosotros. Así que voy para allá. En este preciso momento. Y me da igual que pienses que no debería hacerlo. Voy para allá y no puedes decir que no.

Estaba de camino; de verdad iba hacia allí.

Y, desde luego, él no podía decir que no.

—No vayas —insistió Quince mientras se asomaba por la ventana para echar un vistazo a la copa de un sauce cercano y a la zona común más abajo—. Tengo un mal presentimiento.

Dallas se palmeó el bolsillo trasero para cerciorarse de que llevaba la cartera.

—Déjalo ya, tío. Voy a ir. Vamos, hombre, ¿qué es lo peor que puede pasar?

Quince se volvió hacia él y, al hacerlo, la luz de la luna que se colaba entre las ramas del sauce dibujó extrañas sombras en su rostro.

—Ah, vale, pensemos. ¿Que te expulsen?

—¿Con la cantidad de dinero que mi padre invierte en este sitio? No lo creo.

Las palabras surgieron con facilidad, pero no se las creía ni él.

A pesar de la fortuna familiar, Eli Sykes había tenido que pelear para que admitieran a Dallas en la academia. Por lo visto, no cumplía con el modelo de comportamiento que el colegio solía aceptar. Y Phelps y el consejo de administración no tardaron mucho en darse cuenta de que jamás deberían haber cedido.

Le daba igual. Lo haría, aunque eso significara tener que vivir en casa y sacarse el maldito título de secundaria. Iba a escaparse.

Tenía que verla.

—¿Me cubrirás?

Las sombras se desplazaron sobre el rostro de Quince.

—Sigue sin gustarme. Lo vas a echar todo a perder.

—Quince, venga, tío. Apóyame en esto.

El joven suspiró.

—Joder. Sabes que lo haré.

Dallas esbozó una amplia sonrisa; la misma que le llevaría a las portadas de las revistas GQ y de Esquire unos años después. Una sonrisa decadente y cómplice, que prometía pecado y redención al mismo tiempo.

—Te debo una de las buenas —susurró Dallas.

—Ya lo creo que me la debes. —Quince ladeó la cabeza hacia la ventana una vez más—. Ella está ahí abajo. Vete. Y por Dios, no hagas ruido.

Tenía mucha práctica escabulléndose por las escaleras de atrás de la residencia Lancaster. Salió de la habitación, recorrió el pasillo y atravesó la puerta que daba a la escalera de incendios en menos de tres minutos. Titubeó lo justo para asegurarse de que ninguno de esos tipos estirados y encorsetados había vuelto a conectar la alarma, pero todo permaneció en silencio.

Se internó en la oscuridad, a través del entramado de sombras que proyectaba la luna sobre el césped húmedo. Un afluente pequeño del Támesis atravesaba los terrenos del colegio, dividiendo la zona común entre las residencias Lancaster y Wellington. Jane no había estado nunca allí, pero Dallas sabía dónde encontrarla. ¿Acaso no le había escrito suficientes correos electrónicos describiéndole el campus y dónde le gustaba ir a sentarse, a pensar?

Y, sí, también a maldecir el hecho de que la chica a la que quería, a la que amaba, era la única a la que no podía tener.

El camino se curvaba para dejar a la vista el banco. Era bastante sencillo, la pintura estaba descolorida por los años de exposición a los elementos a pesar del limitado cobijo proporcionado por un majestuoso roble, sin duda más antiguo que el colegio, que había sido fundado tres siglos atrás. …

  • Grijalbo (12 de abril de 2018)

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