[Extracto] El beso del traidor (El beso del traidor #1) de Erin Beaty

Una chica convencida de no casarse.
Un soldado desesperado por demostrar su valía.
Un reino al borde de la guerra.

La nueva trilogía de fantasía que está triunfando en Estados Unidos.

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Con una lengua afilada y un temperamento indisciplinado, Salvia no es precisamente lo que se espera de una dama, lo que no le supone ningún problema.

Cuando la consideran no apta para el matrimonio, tiene que aprender de la mano de una casamentera, junto a otras jóvenes damas, cómo ser la jovencita perfecta. El único fin es que acabe contrayendo matrimonio en una alianza política. Pero Salvia sabe que tiene que estar siempre alerta, así que escucha las conversaciones de sus compañeras y de los soldados que las escoltan para enterarse de las verdades que ocultan.

Cuando la escolta militar de las damas siente un levantamiento político, Salvia es reclutada por un intrépido militar para infiltrarse en las filas enemigas. Cuanto más descubre como espía, menos segura está de en quién confiar…

Salvia se ve atrapada en la representación más importante de toda su vida: de su actuación dependerá el destino del reino. ¿Podrá ser la espía que todos esperan?


Extracto

1

El tío William ya había regresado hacía una hora, y aún no la había llamado a su presencia.

Salvia se encontraba sentada ante su mesa en el aula, tratando de controlar los nervios y estarse quieta. Jonathan nunca paraba durante sus clases, ya fuera por el aburrimiento o por el rencor al ver que ella —una chica apenas unos años mayor que él— era su maestra. Y a ella no le importaba en absoluto, pero tampoco quería darle motivos para que la desdeñase. En aquel preciso momento, el chico tenía la cabeza gacha sobre un mapa de Démora que estaba nombrando. Solo se esforzaba cuando sus hermanos recibían una tarea similar con la que él pudiese comparar la suya. Salvia ya se había percatado de aquello muy al principio y lo utilizaba contra su desdén.

La muchacha apretó el puño con fuerza para evitar tamborilear con los dedos mientras se le iba la mirada rauda hacia la ventana. Los criados y trabajadores iban y venían con prisas por el patio, sacudían las alfombras para quitarles el polvo y amontonaban los almiares de heno de cara al invierno inminente. Sus movimientos se acompasaban con el eco del crujir cadencioso de los carros cargados de grano que venían por el camino y generaban un ritmo que la hubiera tranquilizado cualquier día menos hoy. El Señor de Broadmoor había partido aquella mañana camino de Monteguirnaldo por motivos desconocidos. Cuando su caballo cruzó al trote las puertas de la casa señorial a primera hora de la tarde, su tío le tiró las riendas al palafrenero mientras lanzaba una mirada de suficiencia hacia la ventana del aula.

En ese instante supo que el viaje había sido por su causa.

Había estado fuera el tiempo justo para pasar no más de una hora en el pueblo, lo cual resultaba en cierto modo halagador. Alguien había accedido a tomarla como aprendiz, en el herbolario o en la velería, o quizá en la cestería. Barrería los suelos de la herrería si era necesario. Y se quedaría con sus propios ingresos. La mayoría de las chicas que trabajaban tenían que mantener a una familia o dar algo al orfanato de algún convento, pero los Broadmoor no necesitaban el dinero y Salvia se ganaba el sustento más que de sobra como institutriz.

Dirigió la mirada hacia la amplia mesa de roble donde Aster estaba concentrada en su propio mapa, con los ojos entrecerrados mientras agarraba con torpeza las pinturas de colores entre los dedos regordetes. Amarillo para Crescera, el granero de Démora, donde Salvia había pasado toda su vida en un radio de ochenta kilómetros. Mientras la pequeña de cinco años dejaba la pintura amarilla por una verde, Salvia intentó calcular cuánto tenía que ahorrar antes de ponerse a pensar en marcharse; pero ¿adónde iría?

Sonrió cuando se le fue la mirada al mapa colgado en el muro de enfrente. Unas montañas que rozaban las nubes. Océanos que no se acababan nunca. Ciudades que eran un hervidero de gente ajetreada.

A cualquier parte.

El tío William tenía tantos deseos de quitársela de encima como Salvia de marcharse.

Entonces, ¿por qué no la había mandado llamar aún?

Se había cansado de esperar. Salvia se levantó de la silla y hojeó los papeles que tenía amontonados delante. Tanto papel era un desperdicio, pero también un símbolo del estatus que el tío William se podía permitir dar a sus hijos. Rara vez Salvia se veía capaz de tirar uno solo, incluso después de llevar cuatro años viviendo allí. Extrajo un volumen reseco de entre una pila de libros, uno de historia que no había abierto en más de una semana. Se levantó y se puso el libro debajo del brazo.

—Volveré dentro de un rato.

Los tres niños mayores alzaron la mirada y volvieron a su tarea sin hacer ningún comentario, pero los ojos de color azul oscuro de Aster la siguieron en cada movimiento que hizo. Salvia trató de pasar por alto el nudo de culpabilidad que se le estaba formando en el estómago. Emprender el aprendizaje de un oficio implicaba dejarse allí a su prima preferida, pero Aster ya había dejado de necesitar que Salvia le hiciera de madre. La tía Braelaura ya quería a la niña como si fuera su propia hija.

Salvia se apresuró a salir de la estancia y cerró la puerta tras de sí. Se detuvo ante la biblioteca a pasarse las manos por los cabellos que se le habían escapado de la trenza y cruzó los dedos para que se quedasen bien planos durante los próximos quince minutos. A continuación, cuadró los hombros y respiró hondo. Con sus ansias, llamó a la puerta con los nudillos más fuerte de lo que pretendía y el ruido repentino le provocó un respingo.

—Adelante.

Empujó la pesada puerta para abrirla y avanzó dos pasos antes de agacharse en una reverencia.

—Perdonad que os moleste, tío, pero tenía que devolver este libro —lo sostuvo en alto y, de repente, la excusa le pareció inapropiada— y coger otro para, mmm, unas lecciones.

El tío William levantó la mirada desde detrás de media docena de pergaminos dispersos sobre su mesa. Una espada reluciente colgaba del cinto de cuero enganchado en el respaldo de su silla. Qué ridiculez. La lucía como si él fuese una especie de protector del reino, y todo cuanto significaba era que había hecho un viaje de dos meses hasta Tennegol, la capital, para jurar lealtad ante la corte del rey. Dudaba de que se hubiera llegado a topar con algo más amenazador que un mendigo insistente, aunque el tamaño de su cintura, cada vez mayor, sí supusiera una amenaza para el cinto. Salvia apretó los dientes y se mantuvo agachada hasta que él hizo caso de su presencia. A su tío le gustaba tomarse su tiempo, como si a ella le hiciera falta que le recordasen quién gobernaba su vida.

—Sí, pasa —dijo él con un tono complaciente.

Aún tenía el pelo alborotado de su cabalgata y no se había quitado la polvorienta chaquetilla de montar, lo cual significaba que, fuera lo que fuese lo que estuviera sucediendo, sucedía rápido. Salvia se enderezó e intentó no mirarlo con aire de expectación.

Su tío dejó la pluma y le hizo un gesto.

—Salvia, acércate, por favor.

Eso fue todo. Atravesó la estancia casi corriendo. Se detuvo ante su mesa mientras él doblaba uno de los documentos. Un vistazo le reveló que eran cartas personales, y le resultó extrañó. ¿Tanto se alegraba de verla marchar que se lo estaba contando a sus amistades? ¿Y por qué se lo iba a contar a todo el mundo antes que a ella?

—Cumpliste los dieciséis en la última primavera. Ya es hora de que decidamos tu futuro.

Salvia se agarró al libro y contuvo su respuesta en un entusiasmado gesto de asentimiento.

Su tío se acarició el bigote teñido y carraspeó para aclararse la garganta.

—He dispuesto tu evaluación con Darnessa Rodelle…

—¡¿Qué?! —El oficio de casamentera era el único en el que no había pensado, el único que odiaba con todas sus fuerzas—. Yo no quiero ser…

Se calló de forma repentina al darse cuenta de lo que quería decir. El libro se le cayó de las manos y aterrizó abierto en el suelo.

—¿Es que me vais a convenir un matrimonio?

El tío William asintió, obviamente complacido.

—Sí, la doña Rodelle tiene las miras puestas en el Concordium del verano que viene, pero ya le he explicado que la verdad es que nos esperábamos que costase años encontrar a alguien dispuesto a casarse contigo.

Aun en la neblina de la negación, recibió el impacto del insulto como un puñetazo que le arrebató el aliento.

Él hizo un gesto con la mano para señalar hacia las cartas que tenía ante sí.

—Ya estoy escribiendo a algunos jóvenes que conozco, invitándolos a venir de visita. Con algo de suerte, algunos te admirarán lo suficiente para dirigirse a la doña Rodelle e interesarse. La decisión le corresponde a ella, pero tampoco hará ningún daño que le echemos una mano.

Salvia tartamudeó en busca de las palabras. La casamentera mayor de la región solo aceptaba a candidatas nobles, acaudaladas o extraordinarias. Salvia no era nada de eso.

—Pero ¿por qué me iba a aceptar a mí?

—Porque estás bajo mi tutela. —El tío William juntó las manos sobre la mesa con una sonrisa—. Para que podamos sacar algo bueno de tu situación, al fin y al cabo.

¡Santo Espíritu!, él esperaba que la chica estuviese agradecida. Agradecida por casarse con un hombre al que apenas conocería. Agradecida por que sus padres, que convinieron su casamiento por sí mismos, no estuvieran vivos para oponerse.

—Las redes de la doña Rodelle llegan lo bastante lejos como para dar con alguien que no ponga objeciones ante tu… educación previa.

Salvia levantó la cabeza de golpe. ¿Qué problema había, exactamente, con su vida anterior? Era, sin duda, más feliz.

—Es todo un honor —prosiguió él—, teniendo en cuenta, especialmente, lo ocupada que se encuentra ahora mismo, pero la he convencido de que tus cualidades académicas te sitúan por encima de tu cuna.

Su cuna. Lo había dicho como si fuese una vergüenza nacer plebeyo. Como si él mismo no se hubiera casado con una plebeya. Como si fuera malo tener unos padres que se hubiesen elegido el uno al otro.

Como si él no se hubiera mofado públicamente de sus propios votos matrimoniales.

Salvia bajó la mirada hacia él con desprecio.

—Cierto, será un honor tener un marido tan fiel como vos.

El ademán del tío William se tensó. Desapareció la expresión paternalista, que dejó paso a algo más grave. Ella se alegró: eso le daba la fuerza para combatirlo.

—Cómo te atreves… —Le tembló la voz con una furia apenas contenida.

—¿O acaso la fidelidad solo se espera de la esposa de un noble? —le dijo ella.

Qué bien le venía la ira de su tío. Alimentaba la de ella como el viento aviva el fuego.

—No tengo por qué escuchar los sermones de una chiquilla…

—No, preferís darlos vos con el ejemplo. —Con un dedo admonitorio apuntó hacia las cartas dobladas que había entre ellos—. Estoy segura de que vuestros amigos sabrán adónde acudir en busca de sermones.

Eso le hizo ponerse en pie y vociferar.

—¡Que no se te olvide el lugar que te corresponde, Salvia la Pajarera!

—¡Ya sé cuál es mi lugar! —le contestó ella a gritos—. ¡Resulta imposible olvidarlo en esta casa!

Los meses de contención la habían impulsado a saltar. Él le había puesto delante la posibilidad de dejarla marchar, de permitirle una vida lejos de su tutela, tan solo para dejarla caer directamente en un matrimonio concertado. Apretó los puños y se inclinó hacia él sobre la mesa. Su tío jamás la había azotado, ni una sola vez en aquellos años en que ella le había desafiado, pero tampoco ella le había presionado nunca tanto ni tan rápido.

Cuando el tío William por fin habló, lo hizo entre dientes.

—Eres una deshonra para mí, sobrina. Deshonras tu deber conmigo. Tus padres estarían avergonzados.

Ella lo dudaba, después de todo lo que habían soportado con tal de elegir por sí mismos. Salvia se clavó las uñas en las palmas de las manos.

—No… pienso… ir.

La voz de William se tiñó de frialdad para contrarrestar la amenaza de su sobrina.

—Lo harás. Y causarás una buena impresión. —Volvió a sentarse tranquilamente, con ese aire regio y condescendiente que ella odiaba, y cogió la pluma. Sus nudillos blanquecinos eran lo único que desmentía su apariencia de calma. Agitó la mano en un gesto informal para excusarla—. Puedes retirarte. Tu tía se encargará de los preparativos.

Siempre hacía lo mismo. Siempre le hacía un caso omiso. Salvia quería obligarlo a prestar atención; le daban ganas de saltar sobre la mesa y atizarlo con los puños cerrados, como si fuese uno de los sacos de arena del granero. Pero su padre sí se hubiera avergonzado de ese comportamiento.

Sin hacer ninguna reverencia, Salvia se dio la vuelta y salió airada por la puerta. En cuanto llegó al pasillo, echó a correr y atravesó a empujones una muchedumbre que cargaba con baúles y canastos, sin preocuparse de quiénes eran ni de por qué habían aparecido de repente en la casa señorial.

La única pregunta que tenía ahora en la cabeza era cuán lejos habría sido capaz de llegar para la puesta de sol.

2

Salvia cerró la puerta de la alcoba de un gratificante portazo y se dirigió hacia el ropero alto del rincón. Abrió el armario de par en par y se puso a escarbar por el fondo en busca de su viejo morral. A oscuras, sus dedos dieron con la lona basta y la reconocieron al instante, a pesar de no haberla utilizado durante años. Tiró de ella para sacarla y la inspeccionó. Las asas se mantenían fuertes y, hasta donde pudo ver, los ratones no le habían hecho ningún agujero.

Todavía olían a él, al sebo y al ungüento de brea de pino que su padre hacía para los cortes y los raspones. Lo usaba con ella y con las aves que adiestraba. Salvia cerró los ojos y los apretó. Su padre habría impedido esto. No, él jamás habría permitido que empezase. Pero su padre estaba muerto.

Él estaba muerto, y eso la había dejado a ella atrapada en un destino del que él siempre había prometido que la protegería.

Se abrió la puerta, sorprendiéndola, pero solo era la tía Braelaura que venía a calmar las aguas, como siempre hacía. Pues bien, esta vez no iba a funcionar. Salvia se puso a meter ropa en la bolsa, empezando por los calzones que solía ponerse en sus paseos por el bosque.

—Me marcho —soltó mirando hacia atrás por encima del hombro.

—Ya lo había deducido —le respondió su tía—. Le dije a William que no te lo tomarías bien.

Salvia se volvió hacia ella.

—¿Vos lo sabíais? ¿Por qué no me dijisteis nada?

A Braelaura, divertida con aquello, se le formaron unas leves arrugas en los ojos.

—Sinceramente, no creí que lo fuese a conseguir. No veía motivo para venir a alterarte por algo tan improbable.

Ni siquiera su tía pensaba que estuviese en condiciones de casarse. Salvia no quería que le concertasen un matrimonio, pero, aun así, era insultante. Volvió a su tarea de preparar el morral.

—¿Adónde irás?

—Da lo mismo.

—¿Y esperas que te vaya mejor que la última vez?

Cómo no le iba a mencionar aquello. Salvia, furiosa, metió en el saco otro par de medias. Las noches estaban empezando a ser frías; le harían falta.

—Eso fue hace años. Ahora ya sé cuidar de mí misma.

—Estoy segura. —Tan calmada, tan razonable—. ¿Qué tienes pensado hacer para comer?

En respuesta, Salvia agarró la honda que tenía envuelta sobre una pila de libros, la enrolló con un gesto dramático y se la metió en el bolsillo de la falda. ¡Aj!, tendría que cambiarse antes de marcharse.

Braelaura arqueó las cejas.

—Ardillas. Deliciosas. —Hizo una pausa—. Las hay durante todo el invierno.

—Encontraré un oficio.

—¿Y si no?

—Entonces viajaré hasta que lo encuentre.

Debió de sonar bastante seria, porque a su tía le cambió el tono de voz.

—Lo de ahí fuera es peligroso para una chica sola.

Salvia soltó un bufido para ocultar su creciente malestar. Se había pasado años recorriendo la campiña con su padre y conocía muy bien con qué peligros —humanos y animales— se podía encontrar.

—Al menos no me veré obligada a casarme con alguien a quien ni siquiera conozco.

—Lo dices como si las casamenteras no supiesen lo que hacen.

—La doña Rodelle os encontró a vos el mejor cónyuge, ciertamente —dijo Salvia en tono sarcástico.

—Sí, lo hizo –dijo Braelaura con serenidad.

Salvia la miró con la boca abierta.

—No lo podéis estar diciendo en serio.

Todo el mundo sabía lo que era Aster. Su nombre —el de una planta— proclamaba su ilegitimidad a los cuatro vientos. No se podía culpar a la niña de su procedencia, pero Salvia era incapaz de comprender por qué Braelaura había perdonado a su marido.

—El matrimonio no es algo simple ni fácil —dijo Braelaura—. Incluso tus padres tuvieron la oportunidad de descubrirlo en el breve tiempo del que dispusieron.

Quizá el matrimonio no lo fuese, pero su amor sí había sido fácil; casarse tuvo que haber sido sencillo. No tendría que haber supuesto verse repudiados por los padres de ella y rechazados por la mitad del pueblo. Pero, para ellos, estar juntos había merecido la pena.

—¿A qué le tienes miedo exactamente? —le preguntó Braelaura.

—No le tengo miedo a nada —le soltó Salvia.

—¿De verdad crees que William te entregaría a alguien que te fuese a maltratar?

No, no lo pensaba, pero Salvia volvió a su tarea de preparar el morral con tal de no responder. El tío William había cabalgado día y noche para ir a buscarla en cuanto se enteró de la muerte de su padre. Más adelante, cuando ella se escapó unos meses después, él le siguió el rastro durante días, hasta que la encontró en el fondo de un barranco, demasiado quebrada y congelada como para poder escalarlo y salir. Jamás le dijo una sola palabra de reprimenda. Se limitó a sacarla de allí y a llevársela a casa.

Una voz en su interior le susurraba que aquel matrimonio concertado era un honor, un regalo. Era una declaración de que formaba parte de la familia, que no era una simple pariente pobre a la que él tenía la obligación de mantener. Era lo mejor que su tío le podía ofrecer.

A Salvia le resultaría muchísimo más fácil si pudiese odiarlo.

Sintió la mano de su tía en el hombro y se puso en tensión.

—Debe de haberle entregado una buena suma a la casamentera para que me acepte.

—No te lo voy a negar —a Braelaura se le filtraba la sonrisa en la voz—, pero la doña Rodelle no habría aceptado de no haber visto algún potencial. —Le apartó a Salvia de la cara una docena de cabellos rebeldes—. ¿Crees que no estás preparada? No es tan difícil como piensas.

—¿La entrevista o ser la esposa de alguien? —Salvia se negaba a relajarse.

—Ambas cosas —dijo Braelaura—. La entrevista consiste en presentarte. En cuanto a lo de ser esposa…

—Padre me contó cómo se conciben los hijos. —Salvia se ruborizó.

Braelaura prosiguió como si Salvia no la hubiese interrumpido.

—Llevo años enseñándote cómo llevar una casa, por si no te has percatado. Lo hiciste perfectamente en la última primavera, cuando caí enferma. William quedó muy complacido. —Se había agachado para frotarle la espalda a Salvia—. Podrías tener un hogar agradable, y tus pequeños. ¿Tan malo sería eso?

Salvia sintió cómo iba inclinándose ante la agradable presión de la mano. Su propio hogar. Lejos de aquella casa. Aunque, para ser sincera, lo que odiaba no era tanto aquel lugar como los recuerdos.

—La doña Rodelle encontrará un marido que necesite a alguien como tú —le dijo Braelaura—. Es la mejor en lo que hace.

—El tío William dijo que podría tardar años.

—Y así podría ser —reconoció su tía—. Razón de más para no dejar que tus emociones dominen ahora tus actos.

Con una sensación de derrota, Salvia dejó la bolsa en el ropero.

Braelaura se puso de puntillas para darle un beso en la mejilla a su sobrina.

—Estaré ahí siempre que me necesites, a cada paso, en el lugar de tu madre.

Dado que su tía casi nunca mencionaba a su madre, Salvia sintió deseos de hacerle preguntas antes de que cambiase de tema, pero Hannah irrumpió en la alcoba, con sus doce años y sus rizos rubios, dando botes. Salvia le puso mala cara.

—¿Es que nunca llamas a la puerta?

—¿Es cierto, madre? ¿Salvia se va con la casamentera? ¿Con la casamentera mayor?

La tía Braelaura sujetó a Salvia por la cintura, como si quisiera evitar que saliese corriendo.

—Sí, así es.

Salvia no dejaba de fulminar a su prima con la mirada.

—¿No tienes nada importante que decir?

Hannah hizo un gesto hacia su espalda.

—La costurera está aquí.

Salvia sintió que la recorría un sudor frío.

—¿Ya?

Hannah dirigió sus ojos azules hacia Salvia.

—¿Crees que te va a elegir para el Concordium?

—¡Ja! —se oyó la vociferante risa de Jonathan, de trece años, desde el pasillo, detrás de Hannah. Venía cargado con un baúl—. Ya me gustaría verlo.

Salvia sintió náuseas. ¿Cuándo sería la entrevista? Había interrumpido al tío William antes de que se lo contase. Braelaura comenzó a llevarla hacia la puerta, donde Hannah daba saltitos sobre las puntas de los pies.

—Se está preparando en el aula.

—¿Cuándo me marcharé? —consiguió preguntar Salvia.

—Mañana, querida —le dijo Braelaura—. Por la tarde.

—¡¿Mañana?! ¿Pero cómo me va a dar tiempo de tener terminado un vestido nuevo?

—La doña Sastra te arreglará algo que tenga a mano. Vendrá con nosotros mañana por la mañana.

Salvia se dejó llevar por el pasillo y se quedó como ausente mientras Braelaura le soltaba los cordones del corpiño lo suficiente como para que ella se lo quitara sola. La estancia se oscureció de pronto y Salvia pensó por un segundo que se estaba desmayando, pero solo eran Hannah y Aster, que cerraban las cortinas de la ventana. Cuando terminaron, Aster se encaramó a una silla en un rincón con la evidente esperanza de poder quedarse allí si nadie reparaba en ella. Hannah danzaba por aquí y por allá, parloteando sobre las ganas que tenía de que llegase su propia entrevista y preguntándole a su madre si creía que su padre permitiría que la evaluasen a los quince, aunque no se pudiese concertar su matrimonio hasta un año después.

Su prima también se imaginaba que Salvia tenía opciones de entrar en el Concordium. Pero ella no se hacía falsas ilusiones. La principal tarea de la casamentera mayor era seleccionar lo mejor de su región para aquella conferencia que tenía lugar cada cinco años, pero Salvia no habría querido ir ni aunque fuese lo bastante guapa y rica como para que la tuviesen en cuenta. No tenía el menor deseo de que la llevasen arreando hasta la otra punta del reino, hasta Tennegol, y prácticamente la subastasen como si de una preciada cabeza de ganado se tratase. Hannah, sin embargo, fantaseaba con aquello igual que hacían las chicas de toda Démora.

Braelaura le quitó a Salvia el vestido por los hombros. Era uno de los diversos atuendos que tenía y que odiaba. Qué extraño e injusto era eso de tener tantas cosas que no quería. La mayoría de las chicas hubieran matado por que las evaluase una casamentera mayor.

La doña Sastra rebuscaba en un cesto sobre la mesa, pero hizo una pausa para señalar en dirección al taburete que había dispuesto.

—Arriba —ordenó—. No tenemos tiempo que perder.

Braelaura ayudó a Salvia a subirse y a conservar el equilibrio cuando el taburete se tambaleó. Combatió contra la oleada de un mareo que nada tenía que ver con la pérdida del equilibrio.

—Fuera enaguas —dijo la costurera por encima del hombro.

Salvia se encogió de vergüenza, se quitó la ropa interior por la cabeza y se la entregó a su tía. Por lo general, una prueba no requería desnudarse por completo; bastaba con tomar las medidas con un cordel anudado por encima de las enaguas. Cruzó los brazos sobre el sostén y se estremeció, contenta de que la ventana estuviese protegida tanto contra las corrientes como contra las miradas.

La doña Sastra se dio la vuelta y frunció el ceño al ver la ropa interior de Salvia. Aquellos calzones de lino de chico eran lo único que Braelaura había permitido que su sobrina se siguiera poniendo cuando la obligaron a lucir vestidos. Los calzones eran mucho más cómodos que lo que se ponían las mujeres y, además, nadie podía verlos.

La costurera frunció los labios y entornó los ojos para observar a Salvia desde distintos ángulos.

—La delgadez es su principal punto débil —dijo entre dientes—. Tendremos que rellenarla, en especial por arriba.

Salvia puso los ojos en blanco al imaginarse todos los acolchados y volantes que serían necesarios para disimular su pecho plano. Hacía mucho tiempo que Braelaura había dejado de poner encajes y lazos a sus vestidos. Estos siempre habían tenido catastróficos encuentros con las tijeras cuando nadie la veía.

Unos dedos fríos le pellizcaron en la cintura.

—Buenas curvas aquí, y solidez para concebir y parir. Eso lo podemos realzar.

Salvia se sintió como la yegua que su tío había comprado un mes antes: «Con buenos corvejones, dará buenos potrillos», había dicho el criador de caballos al tiempo que le daba una palmada a la yegua en el flanco. «A esta se la puede cubrir durante otros diez años».

La costurera levantó el brazo de Salvia para estudiarlo con una luz mejor.

—La piel es de una palidez natural, pero tiene demasiadas pecas.

Braelaura asintió.

—La cocinera ya está preparando una loción de limones para eso.

—Utilizadla en abundancia. ¿Son cicatrices esto que tenéis por ambos brazos, niña?

Salvia suspiró. La mayoría eran tan pequeñas y tan antiguas que solo se veían cuando uno las buscaba.

—Su padre era un hombre del bosque —le recordó Braelaura a la costurera—. Pasó mucho tiempo a la intemperie antes de llegar a nosotros.

La doña Sastra pasó un dedo huesudo por una cicatriz larga y rojiza.

—Algunas son recientes. ¿Qué habéis estado haciendo? ¿Subiros a los árboles? —Salvia se encogió de hombros y la mujer dejó caer el brazo—. Tampoco debería quejarme —dijo con sequedad—. Tantos arreglos de vuestro vestuario me han servido para mantenerme con el paso de los años.

—Me alegra haber sido útil —le contestó Salvia con un mejor estado de ánimo.

La ira resultaba más cómoda que el miedo.

La costurera le hizo caso omiso y repasó entre los dedos el extremo despeinado de la trenza de Salvia.

—Ni rubio ni castaño —refunfuñó—. No sé qué color ponerle a esto. —Miró a la tía de Salvia—. ¿Qué tenéis pensado para la evaluación?

—No lo hemos decidido —dijo Braelaura—. Cuando se lo recogemos, siempre se le suelta de la trenza. Pero riza bien, a pesar de la textura tan fina.

—Mmm. —La costurera giró bruscamente la barbilla de Salvia para mirarla a los ojos y la chica resistió la tentación de pegarle un mordisco en los dedos a la mujer.

—Grises… Quizá el azul le dé algo de color a esos ojos. —La soltó—. ¡Aj, esas pecas!

Aster ladeó la cabeza desconcertada. Siempre había sentido envidia de aquellas pecas. Cuando la pequeña tenía tres años, Salvia la había sorprendido pintándoselas con tinta.

—Azul, entonces —dijo la doña Sastra, que volvió a atraer sobre sí la atención de Salvia, si bien, una vez más, se dirigió a la tía Braelaura. Se dio la vuelta para rebuscar en el enorme baúl que se hallaba a un lado—. Tengo algo que le irá bien, pero me tiraré toda la noche remetiéndolo para que le valga.

La costurera levantó una masa de tela y le sacudió los dobleces para dejar a la vista una monstruosidad de un azul violáceo con el que Salvia no era capaz de imaginarse vestida. Un bordado en hilo de oro —que sin duda picaba— ascendía retorciéndose por las largas mangas y se repetía en motivos similares por el corpiño. El bajo escote tenía un cuello drapeado que probablemente acabaría más adornado para rellenarlo y darle cuerpo.

—Va a hombros descubiertos —dijo la doña Sastra mientras a Braelaura y a Hannah se les escapaba un «oh» y un «ah»—. Los tiene bastante bonitos; deberíamos enseñarlos. Pero eso significa ir sin sostén.

Salvia soltó un bufido. De todos modos, tampoco era que el sostén le hiciese ninguna falta.

3

El edificio encalado de dos plantas se elevaba por encima de la neblina de octubre. Salvia saltó de la carreta en cuanto se detuvo, tan concentrada en la casa de la casamentera que no se fijó en el charco de barro hasta que se vio sentada en él. Su tía dejó escapar un suspiro al tirar de ella por el codo para levantarla y la apremió hacia el cuarto de baño que había en la parte de atrás.

—No te preocupes —la tranquilizó Braelaura—. Por esto se prepara aquí todo el mundo.

La doña Sastra ya se encontraba esperando en el interior para echar una mano con los ajustes del último instante. Salvia no perdió un segundo: se quitó la ropa embarrada y se metió en la bañera de agua tibia.

—Aclárate las manos y después mantenlas fuera del agua —le indicó Braelaura—, o se te caerá la pintura de las uñas.

—¿Y cómo se supone que me voy a lavar?

En respuesta, su tía cogió una manopla y comenzó a frotarle la espalda. Salvia se encogió, pero lo soportó. Lo único que quería era que aquel día se acabara pronto.

Una vez que Braelaura quedó satisfecha, Salvia salió del agua y se secó con una toalla, y después se quedó de pie mientras le untaban cremas corporales por los hombros, el cuello y los brazos. Le aplicaron polvos por todo el cuerpo.

—Esto pica —se quejó.

Braelaura le propinó un manotazo.

—No te rasques, que te vas a estropear las uñas. Los polvos te secarán el sudor.

—Huelen a camomila, y la odio.

—No seas ridícula. Nadie odia la camomila; es un calmante.

Entonces, yo seré nadie. Salvia alzó los brazos mientras su tía le colocaba el corsé en la cintura. ¡Santo Espíritu!, aquello era lo más incómodo que se había puesto en su vida. El armazón se le clavaba en las caderas mientras Braelaura tensaba los cordones en su intento por apretarlo lo suficiente para que permaneciera en su sitio. Cuando Salvia se puso la primera de las tres enaguas, se le movió el corsé y se le clavó en otros sitios nuevos.

La doña Sastra y la tía Braelaura elevaron el vestido sobre la cabeza de Salvia y ella estiró los brazos helados por las largas mangas. Acto seguido, las dos se afanaron a su alrededor colocándole recto el vestido y ajustándolo para que le formase el mayor canalillo posible antes de acordonarle el corpiño por delante. Salvia se pasó los dedos por el terciopelo y el encaje que le salía a la altura de los hombros. Después de la entrevista, aquel vestido permanecería colgado en su ropero hasta el día —dentro de meses o de años— en que la presentaran ante el hombre que la doña Rodelle hubiera escogido para ella.

Aunque un hombre podía dirigirse a la doña Rodelle para interesarse por la chica objeto de su admiración, era en última instancia decisión de la casamentera si se les debía emparejar o no. Era frecuente que las parejas supiesen muy poco el uno del otro antes de casarse. Un comienzo de cero se consideraba ventajoso. Salvia compartía la indignación que aquella idea le producía a su padre, pero, supuestamente, los emparejamientos se basaban en la forma de ser de cada uno, incluso los de un mayor carácter político, como los del Concordium.

Los matrimonios celebrados fuera del sistema rara vez resultaban estables o felices, si bien Salvia sospechaba que eso estaba muy relacionado con el ostracismo al que se veían condenadas las parejas que se formaban solas. Quizá Salvia fuese capaz de convencer a su tío de que al menos le permitiese conocer antes a su posible marido. Al fin y al cabo, él ya conocía a la tía Braelaura años antes de que concertasen su matrimonio. Esa idea fue para ella un rayo de esperanza que antes no tenía.

La tía Braelaura la hizo situarse en un taburete y le cubrió el vestido con una sábana para poder pintarle la cara. Le quitaron los trapos anudados que le habían puesto la noche antes y el pelo le cayó en tirabuzones por la espalda. Las dos mujeres le apartaron los rizos de la cara con unas horquillas de perlas y le dejaron los hombros a la vista. La doña Sastra emitió un sonido de aprobación y le entregó a la tía Braelaura el primero de muchos tarros con cosméticos.

—¿Creéis que el tío William me permitirá conocer a mi convenido antes de dar su consentimiento? —preguntó Salvia mientras Braelaura le extendía una crema por las mejillas.

Su tía pareció sorprendida.

—Por supuesto que sí.

—¿Y qué pasa si no me gusta?

Braelaura evitó la mirada de Salvia mientras volvía a meter los dedos en el tarro.

—No siempre nos gusta lo que es bueno para nosotros —le dijo—. Especialmente al principio.

Salvia no pudo evitar preguntarse si Braelaura se refería a su propio matrimonio, aunque era el suyo propio lo que más le preocupaba en aquel instante.

—De manera que, si el tío William considera que ese hombre es bueno para mí, ¿dará igual lo que yo diga?

—Sinceramente, Salvia —suspiró su tía—, yo creo que lo más probable es que ni siquiera le des a ese hombre la oportunidad de ganarse tu corazón. Estás totalmente dispuesta en su contra, y ni siquiera existe aún.

Salvia guardó un sombrío silencio y Braelaura le dio un toque en la mejilla.

—No hagas mohines. Si pones esa cara, no podré hacer esto como es debido.

Trató de relajar la frente, pero se lo impedían sus pensamientos. Era mucho lo que pesaba el deseo de su tío de acordar su matrimonio y de quitársela de encima frente a sus ganas de portarse bien con ella. Lo más probable era que le diese su consentimiento al primer hombre que él pensase que no la iba a maltratar, pero esa no era la receta de la felicidad. Salvia se amargaba pensando mientras su tía continuaba aplicándole cremas y colorete en la cara durante lo que a ella le pareció una hora. Finalmente, alzó un espejo de mano para que Salvia pudiese admirar el resultado.

—Mira —dijo Braelaura—. Estás maravillosa.

Salvia se quedó mirando su imagen en el espejo con una malsana fascinación. Ni una sola peca se veía a través de aquella pintura de tono marfileño. El rojo sangre de los labios contrastaba sorprendentemente con su palidez y sus pómulos —altos— tenían un rosa muy poco natural. Los polvos violetas de los párpados le daban a sus ojos grises una apariencia casi azulada, lo cual era probablemente la intención, pero apenas eran visibles entre aquellas pestañas rizadas y pintadas de negro.

—¿Este es el aspecto que las damas de la corte tienen todos los días? —preguntó.

Su tía elevó la mirada al cielo.

—No, este es el aspecto que tiene la prometida de un noble. ¿Qué te parece?

Salvia torció los labios escarlata en un gesto de disgusto.

—Creo que ya sé por qué huyó madre.

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Salvia se las veía y se las deseaba para mantener el equilibrio con aquellos increíbles tacones en su camino desde el baño hasta la parte delantera de la casa. Ante los escalones del porche, Salvia se colocó detrás de su tía, bajó la mirada al suelo y juntó las manos de forma que se le viesen las uñas pintadas. Los aldeanos holgazaneaban en las puertas cercanas y se congregaban en las ventanas para echar un vistazo a la última candidata a casadera, y Salvia se ruborizó bajo el maquillaje. ¿Se quedaban mirándola porque no la reconocían, o justo porque la reconocían?

Braelaura hizo sonar la campana junto a la puerta y por las calles resonó un tañido que atrajo la atención todavía más. La casamentera tardó cerca de un minuto entero en salir y Salvia notó un hilillo de sudor frío que le caía por la espalda.

Se abrió la puerta, y la casamentera apareció, imperiosa, en el umbral. Darnessa Rodelle era una mujer alta, de cerca de un metro ochenta, y llevaba el pelo, que ya le blanqueaba, en un tenso moño en la nuca. A los cincuenta años, tenía la forma de una bola de patata y los brazos rollizos y fofos que hablaban de una vida de comodidades y de buenos alimentos, pero tenía los labios torcidos en un gesto como de haber olido algo apestoso.

—Mi doña Rodelle, Señora del Corazón Humano —dijo Braelaura en lo que Salvia supuso que se trataba del saludo tradicional—. Permitidme que os presente a mi sobrina, con la esperanza de que vuestra sabiduría pueda hallar un marido a la altura de su gracia, su ingenio y su belleza.

Salvia se tiró de la falda a la altura de las rodillas y se inclinó en una reverencia tan baja como pudo con aquellos malditos zapatos.

—Permiso concedido, mi señora de Broadmoor —respondió la casamentera con un amplio barrido de la mano—. Dejad paso a la doncella para que pueda hacer honor a su apellido.

Salvia se incorporó y dio varios pasos al frente. Aquello le parecía un teatrillo, con sus diálogos, sus posiciones y su vestuario, incluso su público. Comenzó a surgirle una sensación de náusea en el estómago. Nada era real en todo aquello.

—¿Es el matrimonio vuestro deseo, Salvia de Broadmoor?

Salvia dio un respingo ante el cambio en su nombre.

—Lo es, mi doña.

—En tal caso, entrad en mi casa para que pueda conocer vuestras cualidades —dijo la casamentera, que se hizo a un lado para dejar pasar a la chica.

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Salvia captó un último vistazo de su tía Braelaura antes de que la puerta se cerrase, aislara las sombras y las fundiese con la penumbra del salón. En el suelo destacaba una alfombra gruesa y trenzada, con una mesita baja de té en el centro y un sofá tapizado en uno de los lados. A pesar de la poca luz que se filtraba a través de las gruesas cortinas, a Salvia le aliviaba que estuviesen cerradas ante las miradas indiscretas.

La casamentera la rodeó lentamente, mirándola de arriba abajo. Salvia mantuvo la vista clavada en el suelo. El silencio se volvió desquiciante. ¿Se le había olvidado algo que se suponía que debía haber dicho? Le picaba la piel bajo el corsé y el sudor le empapaba la tela. Puñeteros, inútiles y desagradables polvos de camomila.

Finalmente, la mujer la condujo hacia una incómoda silla de madera. Salvia se sentó en el borde y extendió las faldas en abanico a su alrededor. Trató de hacer girar el corpiño para que le aliviase algo la sensación de picor. No lo remedió.

La doña Rodelle se sentó frente a ella en el amplio sofá y le lanzó una mirada fija y crítica.

—Las obligaciones de la esposa de un noble son simples, aunque requieren de mucha atención. La esposa se sitúa en el primer plano de los afectos del esposo gracias a su aspecto y a sus agradables maneras…

Salvia se sintió molesta con aquella frase. ¿Su marido la querría siempre que ella fuese guapa y estuviera de buen humor? Cuando más necesitaba uno el amor era cuando no estaba en su mejor momento. Salvia parpadeó y volvió a centrarse en la casamentera, pero aquella idea se le quedó clavada en la mente como una espina.

Seguía y seguía el murmullo monótono de la mujer: que si debía ser sumisa; que si obediente; debía ser cortés; debía estar siempre de acuerdo con su marido. Y más sobre que ella debía ser lo que él quería que fuese. La casamentera se inclinó hacia delante y bajó la cabeza para mirarla siguiendo la dirección de la nariz.

De repente se percató de que la doña Rodelle había dejado de hablar. ¿Le habría hecho alguna pregunta? Salvia respondió con lo que ella esperaba que fuese lo que deseaba la mujer, con pregunta o sin ella.

—Estoy preparada para ser todo eso y más por mi futuro esposo.

—¿Los mayores deseos de vuestro señor…?

—Se convierten en los míos propios.

Salvia había estado aprendiendo las respuestas hasta altas horas de la noche. De todas formas, le parecía absurdo prometer tal cosa sin tener ni idea de qué iba a querer su marido. Teniendo en cuenta la exageración de las promesas de su vestido con respecto a su figura, no podría sino quedar decepcionado al menos en un aspecto. Continuó la secuencia de preguntas y la memoria de Salvia fue proporcionando las respuestas con facilidad. Es más, era tan reducido el esfuerzo necesario que empezó a parecerle una tontería. Ninguna de las respuestas era suya, sino las que la casamentera quería oír, sin más; las mismas respuestas que todas las chicas le daban. ¿Qué sentido tenía?

—Ahora, pasando a otro tema —dijo la mujer, e interrumpió los pensamientos de Salvia. Sus labios se curvaron en una sonrisa que no se reflejaba en sus ojos—. Hablemos sobre vuestros… más íntimos deberes.

Salvia respiró hondo.

—Me han instruido al respecto sobre qué esperar y cómo… responder. —Confiaba en que eso bastase para satisfacerla.

—Y si vuestro primogénito no fuera más que una niña, ¿qué diríais al ponerle la cría en los brazos?

«La próxima vez seré lo bastante fuerte para daros un hijo»; esa era la respuesta, pero Salvia ya había visto a mujeres sufrir con embarazos difíciles. Incluso en los mejores casos tenían náuseas al principio y pasaban por tremendas incomodidades al final, y todo eso antes de que empezara el parto. La idea de cargar con todo el trabajo de llevar un bebé en su seno para acabar disculpándose avivó el fuego de un horno dentro de su ser. El calor de la ira le sentaba muy bien, y se agarró a él.

Salvia alzó la mirada.

—Le diré: «¿No es preciosa?».

La doña Rodelle borró lo que en un principio parecía una sonrisa antes de adoptar una irritada expectación.

—¿Y después?

—Esperaré a que mi esposo diga que es casi tan preciosa como yo.

De nuevo, la sonrisa reprimida.

—Las niñas no son útiles para el señor de una casa. Debéis estar preparada para disculparos.

Salvia apretó los dedos en un pliegue del vestido. Una vez le preguntó a su padre si le había decepcionado que su única descendencia fuera una niña, y él la miró a los ojos y le dijo: «Jamás».

—Sin niñas no habría más niños.

—Eso es innegable —le soltó la casamentera—. Pero al no darle a vuestro marido un heredero, vos fracasáis.

Esas dos últimas palabras parecían pensadas para el momento presente: «vos fracasáis». ¿Qué se había apoderado de ella y le había hecho apartarse de las respuestas apropiadas? Su cerebro se afanaba por encontrar algo con lo que reparar el daño, pero a sus labios no llegaba nada que no fuese honesto e insultante.

—De no darle un heredero pasado un tiempo, ¿os haríais a un lado para dejar paso a quien sí pudiera dárselo?

¿Qué diría padre ante esto? Salvia miró al suelo y respiró hondo, despacio, para calmar el tremor en su voz.

—Yo…

—Cuando tengáis esposo, Salvia de Broadmoor —prosiguió la casamentera—, deberéis esforzaros por generar un honor más elevado que el que traéis al matrimonio.

Algo se partió dentro de Salvia cuando volvió a oír aquello: le estaban cambiando el nombre, como si tuviera que avergonzarse de quién era.

—La Pajarera —dijo—. A mi padre le llamaban el Pajarero, y a mí también.

Al rostro de la doña Rodelle se asomó una mirada de desdén.

—No podéis esperar que os acepten con ese nombre. «Salvia de Broadmoor» suena a hija bastarda, pero «Salvia la Pajarera» suena a la hija bastarda de un plebeyo.

—Es el nombre que mis padres me pusieron. —Salvia temblaba de resentimiento—. Ellos lo apreciaban, así que yo también.

Las palabras de la casamentera restallaron como un látigo.

—Ningún hombre de buena cuna le daría a ese nombre más valor que el de la indecencia de una furcia plebeya.

Salvia se puso en pie de un salto, con el fogonazo de un relámpago corriéndole por las venas. Los pensamientos d …

  • Alfaguara I&J (5 de abril de 2018)

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