[Fragmento] Buscando al amor perfecto (En busca de… #2) de Jennifer Probst

Segunda entrega de la nueva serie de la autora superventas de «Casarse con un millonario».

Más amor. Más pasión. 100% sensual.

EL020919

El día en que el ingeniero aeroespacial Nate Dunkle cruza las puertas de la agencia de citas Kinnections, nada vuelve a ser lo mismo para Kennedy Ashe, su brillante experta en cambio de imagen. Nate es demasiado atractivo para ser el típico científico adicto al trabajo. Y Kennedy, decidida a convertir a su nuevo cliente en el hombre más deseado del momento, de repente se dará cuenta de que quizá no debería mover un dedo… Nate le gusta. Pero solo podrá conquistarlo si hace frente a su pasado.

¿Será Kennedy capaz de aceptar que la mujer perfecta para Nate no es otra sino ella? ¿O permitirán sus miedos que él encuentre el amor en otra persona?

  • Plaza & Janés (12 de abril de 2018)

Fragmento

1

Nathan Ellison Raymond Dunkle no tenía un momento de respiro.

Salió a la carrera de su laboratorio, otra vez tarde, con la cabeza un poco abotargada después de la intensa sesión en la que intentaban encontrar una innovadora fórmula física capaz de mejorar la tecnología avanzada de propulsión. Cogió su coche, se incorporó al tráfico de la ciudad y trató de mantener la calma. Ese evento podía cambiar su vida y no estaba dispuesto a perdérselo. ¿Y si su posible futura esposa se encontraba allí y había conocido ya a otro hombre porque él se había retrasado en el trabajo? De nuevo.

Puso freno a su impaciencia y avanzó unos metros más. Estaba cansado de que su vida social girara en torno a su compañero de investigación, Wayne, y su hermano Connor. Desde que dejó la NASA para trabajar en el sector privado de la ingeniería aeroespacial, sus días se habían convertido en una larga sucesión de fórmulas e investigaciones. Las escapadas para jugar al golf con sus amigos se habían acabado. Su vida sentimental, por lo general poco activa, estaba ahora bajo mínimos. Hacía tres meses que había cumplido los treinta y dos años, y fue entonces cuando se dio cuenta de que no tenía a nadie a quien invitar. En el laboratorio lo celebraron con una tarta pequeña y, después de que Wayne tarareara el Cumpleaños feliz, volvieron al trabajo.

Patético.

En aquel momento tomó la decisión de cambiar.

Vio el cartel que daba la bienvenida a Verily y comenzó a buscar aparcamiento en la calle. Las iluminadas tiendas que se alineaban en las aceras estaban orientadas hacia el río Hudson y tenían un encanto pintoresco que atraía al visitante, de manera que el lugar resultaba acogedor. Su hermano se había burlado de él cuando le habló del evento, dedicado a las citas rápidas, pero Connor no tenía ninguna intención de sentar la cabeza con una mujer. Durante años había estado viendo a su hermano salir con mujeres sin querer comprometerse y eso lo deprimía. Ese interminable desfile basado en la conquista y el abandono le parecía… vacío.

Él ansiaba un vínculo real con una mujer, alguien con quien compartir su vida. No le interesaba ir de copas ni saltar de cama en cama. El matrimonio equivalía a todas las cosas que él buscaba: estabilidad, sexo y compañerismo. Una vez que tomaba una decisión, empleaba todo su tiempo y su energía en dar los pasos necesarios para alcanzar el objetivo, y su más reciente idea no iba a ser una excepción. Después de seis semanas de intensa investigación, estaba preparado.

Aparcó en un espacio libre y apagó el motor. Rebuscó en la guantera hasta dar con un paquete de caramelos de menta y se metió uno en la boca, tras lo cual se limpió las manos en los pantalones chinos. Mierda. Se había olvidado de quitarse la bata blanca, que esa misma mañana se había manchado de café en toda la pechera. Se mojó un dedo con saliva y trató de frotar la mancha marrón, pero lo único que consiguió fue empeorarla. ¿Y si se quitaba la bata? Tiró de un hombro, pero vio que debajo llevaba una camisa de algodón arrugada y finalmente decidió dejársela puesta. ¡Qué más daba! De todas formas, no quería una mujer a la que solo le importaran la ropa y las apariencias.

Se subió las gafas por la nariz y se echó un vistazo en el retrovisor. El favorecedor tono bronceado que esperaba lucir era un desastre. Dichoso autobronceador. La temporada de golf no había empezado todavía y esa mañana se había dejado llevar por el pánico al comprobar lo pálido que estaba. Sabía que a las mujeres les gustaban los hombres de aspecto saludable, así que había comprado un bote de autobronceador a la hora del almuerzo y se lo había aplicado en el trabajo. Había seguido las instrucciones al pie de la letra, pero en vez de lucir un moreno natural, tenía la cara de color naranja. Se la frotó con frenesí e intentó rebajar un poco el tono zanahoria. No estaba tan mal. Después del almuerzo le había preguntado su opinión a Wayne, y este, tras mirarle un instante, le dijo que estaba bien. Claro que estaba ocupado con las pruebas de velocidad, así que a lo mejor no le había prestado demasiada atención.

Reprimió un suspiro, salió del coche y se dirigió al Cosmos, el restaurante donde se iba a celebrar el evento. Al menos no era un bar. Apretó el paso y, después de tropezar con la acera porque no estaba bien nivelada, por fin alcanzó su destino. Nada más entrar sintió el aire caliente del local y llegó hasta él el olor a ajo, a tomate y a pan recién horneado. El restaurante estaba decorado con los elegantes colores de la Toscana y las mesas del comedor estaban suavemente iluminadas. En cada una de ellas se había dispuesto un cronómetro y la gente conversaba mientras bebía y picaba algo de comer.

Se quedó paralizado.

Luchó contra el impulso de dar media vuelta y salir de allí, pero no era de los que se echaban atrás cuando tomaba una decisión y no tenía intención de empezar a hacerlo ahora. Se había preparado para eso. Ese era su momento.

—¿Puedo ayudarte?

Bajó la vista y vio a una chica joven que sostenía una carpeta y lo miraba con una sonrisa.

—Sí. Soy Ned Dunkle. Estoy registrado para participar en el evento.

—Por supuesto. —La chica tachó su nombre de la lista y le ofreció un tíquet—. Bienvenido a las citas rápidas de Kinnections. Tienes tiempo para pedirte una copa en la barra. Aquí está tu número. Empezarás en la mesa nueve. Cinco minutos como máximo en cada mesa. Aquí tienes un listado con todas las participantes. Si te gusta alguien, anota el nombre y al final del evento presentaremos a las personas que están mutuamente interesadas.

—Genial.

Aceptó el tíquet y se abrió camino hasta la barra. Se oían carcajadas y conversaciones fluidas, aderezadas con el olor a perfume y a algo más fuerte. ¿Era él? Pues sí, se había pasado con la colonia. En casa le gustó el olor, pero en ese momento parecía estar ahogándose entre las notas de madera que prometía la etiqueta. En fin, confiaba en que nadie lo notara.

Echó un vistazo a su alrededor dispuesto a entrar en acción. Y entonces fue cuando la vio.

La perfección.

La mujer se movía por la estancia irradiando energía y aplomo. Se detenía de vez en cuando para charlar con unos y otros, y llamaba la atención de hombres y mujeres por igual. Unos ojos ambarinos destacaban en su rostro, enmarcado por una melena castaña ondulada. Llevaba un traje de color rosa chicle a juego con el pintaúñas. Sin embargo, Ned se sintió atraído por los zapatos. Tacón de diez centímetros, puntera abierta, de color rosa y adornados con pedrería. El anillo de plata que llevaba en un dedo enfatizaba el intenso color rosa chicle de sus uñas.

Saltaba a la vista que esa mujer podría tener a cualquier hombre que deseara, controlaba su sexualidad y dominaba la situación. Su risa ronca reverberó en los oídos de Ned, se coló en su interior y le atenazó las entrañas. Era un sonido lleno de vida y que prometía diversión. Lo invadió un repentino anhelo y tuvo que contener una carcajada. Sí, claro. En la vida la conseguiría. Sin embargo, si estaba allí para participar en las citas rápidas, podría conocerla y hablar con ella cinco minutos. Solo por eso la velada habría merecido la pena.

Claro que no solo buscaba una mujer que fuera guapa. Había aprendido bien esa lección y no necesitaba repetirla. Nunca más.

De repente sonó un timbre y todo el mundo se apresuró a sentarse a su mesa.

El espectáculo comenzaba.

Se encaminó a la mesa número 9 y se acomodó en la silla con una copa de vino de la casa que no le gustaba, pero que fue lo único que pudo servirle el camarero rápidamente. Su bebida habitual requería una explicación demasiado larga. Una rubia menuda se sentó frente a él, alzó la vista y retrocedió unos centímetros. Ned intentó no frotarse la cara, porque así solo conseguiría que se notara más el tono anaranjado.

El cronómetro se puso en marcha.

—Hola, me llamo Naomi.

Ned respiró hondo.

—Hola, Naomi. Yo me llamo Ned.

—Hola, Ned. Bueno, ¿a qué te dedicas?

—Mmm… soy ingeniero aeroespacial.

—Ah, ¿te gustan los aviones? ¿Tienes un avión?

Negó con la cabeza.

—No. Cohetes.

La mujer abrió los ojos como platos.

—¿Tienes un transbordador espacial de verdad?

—No, no. Quiero decir que trabajo con transbordadores. Bueno, más bien con prototipos. Realizo trabajos de investigación. Pero no tengo ninguno.

—Ah. —Parecía decepcionada—. A mí me gusta volar. ¿Y qué me dices de los aviones privados? ¿Tienes alguno?

Aunque intentó concentrarse, la conversación había adquirido tintes surrealistas y ya había pasado un minuto entero.

—Eh, no, lo siento. Solo un coche.

Eso la alegró.

—Me encantan los coches caros. Lamborghini, Ferrari, Hummer. ¿Has visto la película A todo gas? Vaya cochazos salen.

—No, esa me la he perdido.

—¿Hueles eso? —Hizo un mohín con la nariz y echó un vistazo a su alrededor—. ¿Es colonia?

—Supongo que alguien se habrá echado más de la cuenta.

—Uf, qué poco me gusta eso.

—A mí me pasa igual.

Por desgracia, retomó el tema de conversación surrealista.

—El coche de un hombre dice mucho de él. La gente se fija todo el rato en esa chorrada de los horóscopos, pero nadie se da cuenta de que el coche elegido define a la persona.

—Creo que no me había dado cuenta de que fuera tan importante.

—¿Qué coche tienes, Ned?

—Un Tesla. Ganó el premio al coche más seguro de Estados Unidos y entra en la categoría de cero emisiones. Está a la vanguardia de la eficiencia energética y el ahorro.

Naomi suspiró.

—Pues yo tengo un Mitsubishi Eclipse descapotable de color rojo cereza. No me veo capaz de salir con un hombre que tiene un coche económico. Careceríamos de la energía compatible necesaria en una relación, sobre todo en la cama. —Le ofreció una radiante sonrisa—. Eso sí, encantada de conocerte.

Ding.

Ned se dirigió a la siguiente mesa, un tanto azorado. Una morena alta con gafas lo observaba con atención mientras esperaba el aviso del cronómetro.

—Me llamo Sandra. Soy maestra de primaria, divorciada, sin hijos y vivo sola.

Ned se relajó cuando la mujer guardó silencio. Podría controlar la situación. Una conversación directa e inteligente para descubrir si existía química o alguna conexión.

—Hola, yo soy Ned. Trabajo como ingeniero y nunca me he casado.

—¿Tienes algún trauma?

Se echó a reír, encantado con ese sentido del humor, hasta que se dio cuenta de que la mujer lo miraba con el ceño fruncido.

—Bueno. Seguramente. ¿No los tenemos todos?

—Yo no. Llevas una mancha en la solapa.

Ned la restregó y la cubrió con el brazo.

—Lo siento. He venido a toda prisa porque he salido tarde del laboratorio.

La mujer lo señaló con un dedo.

—Eres un adicto al trabajo.

Ned se movió en la silla.

—Trabajo mucho, sí, pero mi intención es mejorar en ese aspecto. ¿Te gusta… te gusta tu trabajo?

—No mucho. La nueva normativa académica se lo ha cargado todo. Los alumnos de sexto están en plena revolución hormonal y es imposible controlarlos, y encima nos quieren quitar todos los derechos adquiridos.

—Lo siento. ¿Estás pensando en cambiar de profesión?

—¿Tal y como están las cosas? —Lo miró como si su bata estuviera ardiendo de repente—. Ni hablar. No tengo más remedio que aguantarme, así que he trazado un plan para minimizar los conflictos. Quiero quedarme embarazada dentro de dieciocho meses para poder extender la baja a un año entero y tener el segundo niño catorce meses después, para que no haya mucha diferencia de edad entre ellos. Pero no me interesan los adictos al trabajo. Mi padre lo era, y él y mi madre acabaron divorciándose. ¿Siempre has sido egoísta?

—¿Eh? No. Si tuviera familia no trabajaría tanto. Déjame preguntarte…

—Lo siento, no me arriesgaré contigo. Creo que el tiempo ha acabado.

Ding.

En la mesa 11, volcó el cóctel de su acompañante y le manchó el bonito vestido rojo que llevaba. En la mesa 12 conoció a una modelo de catálogo que lo despachó al instante y le dio una lección sobre los peligros del sol y el cáncer de piel. Apuró el vino malo, pero no le dio tiempo a pedir otra copa porque los cinco minutos ser alargaron interminablemente y se solaparon con otros cinco tan espantosos como los anteriores.

El éxito lo aguardaba, por fin, en la mesa 15.

Debra tenía una sonrisa dulce, una larga melena pelirroja y era muy blanca de piel. Ned se presentó.

—Un placer conocerte, Ned. Hoy en día es muy difícil conocer a gente, así que no tenemos más remedio que forzar encuentros mediante métodos bochornosos.

Ned relajó un poco los hombros.

—Sí, estoy de acuerdo. Aunque me sorprende que tú tengas problemas.

Ella rio y ladeó la cabeza.

—Gracias. Bueno, en vez de pasar estos cinco minutos haciendo preguntas tontas, he ideado un método divertido para ver qué tipo de personalidad tenemos.

—Eres muy creativa. —Ned había leído sobre esos métodos en la revista Cosmopolitan y había hecho un montón de test relacionados con el tipo de hombre que las mujeres buscaban de verdad. Sintió un hormigueo en la piel a causa de la emoción—. Pregunta lo que quieras.

—¡Genial! —Debra sacó un montón de tarjetas y una expresión juguetona se dibujó en su rostro—. Primera pregunta. ¿Qué tipo de cita organizarías para impresionarme la primera vez que saliéramos?

Sí. Esa se la sabía de memoria. Trató de refrenarse para no mostrar una expresión triunfal.

—Te llevaría a la Biblioteca Pública de Nueva York, en Manhattan, para descubrir qué clase de libros te gusta leer. Y después haríamos un picnic en el parque.

La desilusión se reflejó en sus ojos marrones.

—Vaya, Ned, la entrada a la biblioteca es gratuita. Y un picnic es muy barato. ¿Nada de limusinas? ¿Ni una obra de teatro en Broadway? ¿No has pensado en el restaurante giratorio del último piso del Marriott Marquis? ¿Te da miedo gastarte dinero en una mujer?

¿De qué estaba hablando? Cosmopolitan afirmaba que un hombre tenía que ser romántico. Único. Que el dinero no impresionaba. Que lo importante era ser considerado y original.

—Lo siento. No lo he pensado mucho. ¿Cuál es la próxima pregunta?

Ella se animó de nuevo y pasó a la siguiente tarjeta.

—Si tuvieras que destacar una parte de mi cuerpo, ¿cuál elegirías?

¡Esa se la sabía! Marie Claire no paraba de hablar del tema.

—Tu sonrisa —contestó.

Ella torció el gesto.

—¿Te estás quedando conmigo? ¿Me paso los días enteros en el gimnasio para que tú te fijes en mis dientes?

Ned parpadeó, confundido y sintiendo el bombeo de la sangre en los oídos. Era imposible que le estuviera pasando eso. La última vez que siguió el consejo de Connor y elogió el cuerpo de una mujer, solo consiguió que le arrojaran la bebida a la cara.

—Pensaba que a las mujeres no les gustaban los cumplidos de ese estilo.

Ella puso los ojos en blanco.

—¡Qué ridiculez! Nos encantan.

Ned se recordó que debía volver a los piropos tradicionales.

—¿Tengo otra oportunidad?

—La última. Esta es la más importante. Si discutiéramos por algo, ¿cómo te disculparías?

Por fin. Era imposible que fallara en esa cuestión.

—Te diría directamente que lo siento y que me esforzaría por cambiar para no tener el mismo problema en el futuro. —Ese era el consejo de la revista Self. La comunicación y una disculpa sincera en voz alta eran la prioridad número uno para las mujeres.

Debra guardó las tarjetas en el bolso y lo miró con cara de pocos amigos.

—¿Y a mí qué más me da que lo sientas? Los hechos dicen más que las palabras. Quiero joyas. Lo siento, Ned, no eres mi tipo.

Ding.

Cuando llegó a la mesa 20 se sentía ofendido, cansado, sediento y desilusionado. Casi todas las mujeres con las que había conversado le daban importancia a la apariencia física y al dinero, y parecían estar buscando un hombre superficial cuando lo único que él quería era una relación seria que dejara atrás todas esas tonterías. Pese a las semanas que había pasado leyendo revistas femeninas, había fracasado en todos los encuentros de cinco minutos.

Por fin llegó al último. La mujer parecía agradable, pero ya no se fiaba. Ni hablar. Esta vez sería él quien controlara la conversación.

—Hola, soy Bernadette.

Ned se inclinó hacia delante, apoyó los codos en la mesa y entornó los ojos.

—Hola, yo soy Ned. ¿Cuándo estarás lista para casarte y tener hijos?

La mujer echó el cuerpo hacia atrás, ligeramente sobresaltada. Parecía sorprendida, pero él estaba seguro de que fingía. Ni una sola de las mujeres que había conocido durante la noche carecía de un plan bien ideado.

—Mmm, no sé. Primero quiero enamorarme de la persona adecuada. Ya vendrán después el matrimonio y los niños.

Buena respuesta. Ned subió las apuestas.

—¿Cuánto tiempo después? ¿Un mes? ¿Dos? Ya debes de tener más de treinta años y, según las estadísticas, cuando tus óvulos pasen de los treinta y cinco, tu tasa de fertilidad decrecerá y la probabilidad de tener un bebé sano disminuirá al cuarenta por ciento.

¿Eso había sido un gemido? Solo estaba citando estadísticas de Glamour o de Self. No recordaba exactamente en qué revista lo había leído. El labio inferior de la mujer temblaba, pero no dejaba de mirarlo.

—Solo tengo veintinueve años —susurró ella.

—Justo al borde del precipicio. Yo que tú reevaluaría el plan si quieres tener dos hijos por lo menos. Porque quieres niños, ¿verdad?

Otro gemido.

—Sí, siempre he soñado con tener hijos.

Por fin. Una mujer que sabía lo que quería. Ned se relajó.

—Yo también. Creo que tenemos filosofías de vida similares. Ha sido una noche dura, pero me alegro de que por fin nos hayamos conocido. Se supone que debo esperar hasta el final, pero ya que este encuentro ha ido tan bien, ¿qué te parece si cenamos el viernes por la noche?

Ding.

La mujer se llevó una temblorosa mano a los labios. ¿Tenía lágrimas en los ojos? ¿Qué le pasaba?

Ned abrió la boca para preguntárselo, pero una figura vestida de rosa apareció en su campo de visión.

La mujer de sus sueños.

De cerca era más impresionante si cabía. Se fijó en el brillo labial con que hidrataba sus labios y no tardó en captar el perfume a sándalo y canela que la envolvía. La recién llegada colocó una mano en el brazo de Bernadette y le dijo algo al oído. Ella asintió con la cabeza, se enjugó los ojos y se levantó. La mujer de sus sueños le dio unas palmaditas en la espalda, le indicó que se marchara en la dirección opuesta y la observó mientras se alejaba.

—Oye, que estábamos quedando para cenar.

La mujer de sus sueños se dio media vuelta y enfrentó su mirada sin flaquear. Ned se quedó de piedra. Esos ojos dorados lo atraparon y lo inmovilizaron. Se esforzó por seguir respirando, hipnotizado por la pasión candente y la ira que irradiaba. Con total deliberación, la mujer apoyó las manos en la mesa y se inclinó hacia delante.

—Quiero hablar contigo.

Ned se emocionó.

—Genial. ¿Ya ha empezado el tiempo?

—Olvida el cronómetro. Tengo que acabar unas cuantas cosas y después me gustaría que tuviéramos una charla. Nos vemos en el restaurante de aquí al lado dentro de diez minutos.

«Venga ya», pensó. ¿Estaba interesada en él? Qué raro. Se había mostrado demasiado seria si lo único que pretendía era quedar, pero estaba dispuesto a ir a cualquier sitio con ella. A lo mejor esa espantosa noche acababa bien.

—¿No tengo que rellenar antes el formulario?

¿Cómo era posible que la mujer pareciera incluso más enfadada después de la pregunta? Su expresión lo fascinaba, con esos rasgos tan marcados y esa piel tan suave. Era curioso, porque si se miraban sus facciones por separado, daba la impresión de que su cara era demasiado grande para su cuerpo; pero cuando se observaban en conjunto, parecía una actriz. Como Julia Roberts. De complexión delgada y atlética, tenía unos pómulos marcados, las cejas gruesas y unos ojos enormes.

—Estoy segura de que no necesitaremos rellenar ningún formulario. Nos vemos en el restaurante. —Se enderezó, dio media vuelta y se alejó caminando sobre sus tacones rosas de diez centímetros.

Ned soltó el formulario. Salvo por Bernadette, la velada había sido un desastre. Claro que la cita con la mujer de sus sueños era algo increíble. ¿Quién necesitaba una relación a largo plazo cuando podía disfrutar de una noche perfecta con ella? Tenía el tiempo justo para meterse otro caramelo de menta en la boca y pasarse un pañuelo de papel por la cara para intentar rebajar un poco el tono anaranjado.

Así que se dirigió al restaurante.

2

Kennedy bebió un sorbo de café mientras observaba al hombre que estaba al otro lado de la mesa. ¡Era un completo desastre!

Le había costado mucho tranquilizar a su clienta, pero había convencido a Bernadette de que ese hombre solo estaba bromeando y después la había emparejado con Brian, que se había pasado la noche mirándola con ojitos de cordero degollado. Las veladas de citas rápidas eran un poco… especiales. A algunos clientes les encantaban el ritmo frenético y la toma de decisiones instantáneas. Muchos daban lo mejor de sí mismos gracias al estrés y a la adrenalina, y conseguían subir así a los primeros puestos y sacar las mejores puntuaciones en cuanto a una primera impresión.

Otros, en cambio, se hundían.

Como ese.

Ella se tomó su tiempo y dejó que él sopesara la situación. Seguramente creía que iba a ligársela, pero lo que tenía ella en mente para esa reunión era algo muy distinto. Como reclutadora principal y experta en cambio de imagen de la agencia de citas Kinnections, se había topado con varios tipos de hombres y había aprendido el difícil arte de la paciencia. Los ayudaba a encontrar el verdadero amor con una mezcla de ánimo, motivación y empatía, al tiempo que les enseñaba a modificar su comportamiento.

Pero ese imbécil se había saltado todas las reglas y no pensaba permitirle que volviera a actuar sin intentar al menos proteger a otras mujeres. Las brillantes luces del restaurante resaltaban el espantoso tono de su piel. Por el amor de Dios, ¡si era naranja! Estaba esperando con paciencia a que ella hablara, pero Kennedy se percató de que cogía varias servilletas para limpiar el tablero de formica blanca antes de apoyar los codos. Genial, encima tenía fobia a los gérmenes.

—¿Cómo te llamas?

—Ned.

—Hola, Ned. Yo me llamo Kennedy. ¿Te puedo preguntar algo?

—Puedes preguntarme lo que quieras.

—¿Qué esperabas conseguir esta noche?

Lo vio parpadear varias veces tras los cristales de las gafas de gruesa montura negra. Por regla general, le gustaban las gafas de diseño con un toque extravagante, pero esas eran demasiado exageradas. Eran excesivamente grandes y cuadradas, tanto que le ocupaban toda la cara y los ojos apenas se veían.

—No te entiendo. Quiero conocer a una mujer adecuada para mí.

—Vale. ¿Tienes por costumbre hacerles a las desconocidas las mismas preguntas que le has soltado a Bernadette?

Su única ceja se enarcó tanto que la asustó. El deseo de depilarle el entrecejo con una tira de cera era difícil de reprimir.

—Estaba conociéndola. Creía que conectábamos.

Kennedy empezó a golpear la desportillada taza con una uña.

—¿Creías que estabais conectando? La has insultado, has minado su confianza y has conseguido infundirle miedo a quedarse sola y sin hijos. ¿De verdad te parece que la cita ha sido un éxito?

Él se enderezó y meneó la cabeza, confundido.

—No, no era mi intención hacer nada de eso. Me he limitado a ser directo.

—La edad y el peso son dos temas que jamás hay que sacar. Es una regla no escrita, Ned. ¿No lo sabías?

Lo vio pasarse una mano por el pelo. Los sucios mechones castaños casi le llegaban a los hombros y le tapaban parte de la cara. Kennedy se preguntó si alguna vez había pisado una peluquería. No llevaba un corte definido y ni siquiera iba peinado. Le recordaba un perro ovejero descuidado.

—Sí, claro que lo sé. Se me ha olvidado por completo porque estaba alterado. He tenido que sufrir veinte sesiones de tortura con mujeres interesadas en el dinero, en los lugares donde planear las citas o en cuántos aviones tengo.

—¿Tienes un avión?

—¡No, ahí está el asunto! Creía que el objetivo de esto era encontrar una mujer con una forma de pensar parecida a la mía, pero solo les importa el dinero.

Kennedy lo observó con más detenimie …

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