[Fragmento] Ardiente deseo (Trilogía Pecado #2) de J. Kenner

Olvida tus prejuicios y no te pierdas la segunda entrega de la trilogía «Pecado», la obra más explosiva de J. Kenner , autora best seller del The New York Times.

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De J. Kenner, una de las grandes maestras del romance erótico, nos llega ahora la segunda entrega de su nueva trilogía, «Pecado», ambientada en un mundo marcado por el lujo, el misterio y las pasiones más prohibidas.

Cuando la pasión es tan fuerte que consigue derribar todos los obstáculos, ya solo queda aferrarse a ella y rendirse al amor sin mirar atrás.

Jane y Dallas, hermanos adoptivos, han roto los tabúes que frenaban esa poderosa atracción y se han sumergido ya en las turbulentas aguas del sexo y el placer. Pero las reacciones de su familia son tan duras como cabía esperar y su historia de amor, tierna y tórrida a la vez, parece abocada a la incomprensión y al fracaso.

Pero su entorno más cercano no es la única sombra que planea sobre esa relación: unos misteriosos anónimos demuestran que alguien los acecha. Se trata de una persona que ya les hirió en el pasado y que ahora no puede soportar verlos enamorados y felices, una misteriosa mujer que hará cuanto esté en su mano para sepultar el apasionado y ardiente romance de Dallas y Jane bajo una capa de hielo letal.

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Fragmento

Mis primeros recuerdos son de Dallas. Estar con él. Reír con él.

Amarle.

No sé cuándo me di cuenta de que eso estaba muy mal, cuándo comprendí de verdad que teníamos que mantener nuestro creciente deseo en secreto. Solo sé que ardía dentro de nosotros, como una chispa que espera convertirse en fuego. Que cuando ocurrió lo peor, mientras estuvimos cautivos en la oscuridad, dejaron de importarnos las reglas, las expectativas, los tabúes y los castigos.

Lo único que queríamos era sobrevivir. Lo único que nos importaba era hallar consuelo en los brazos del otro, y el mundo exterior podía irse al infierno.

En muchos aspectos, aquellas semanas interminables y oscuras fueron las mejores de mi vida. Aterradoras y espantosas, sí, pero nos pertenecíamos el uno al otro. En cuerpo y alma. Por completo.

Después, cuando regresamos al mundo real, nos separamos, dejamos de lado todo lo que habíamos sido el uno para el otro. Lo enterramos.

Un recuerdo único. Un interludio traumático.

Un error.

Porque somos hermanos; familia por adopción como si lo fuéramos de sangre, e igual de unidos por la necesidad. El deseo. El amor.

Durante diecisiete años combatimos contra nuestro deseo, pero eso ha terminado. Ninguno de los dos puede seguir luchando y hemos sucumbido al paraíso en brazos el uno del otro.

Es un amor prohibido, una pasión oculta.

Es un secreto, y tiene que seguir siéndolo.

Pero los secretos me asustan, porque las cosas ocultas en la oscuridad tienen poder.

Dallas y yo lo sabemos mejor que nadie.

Por eso, aunque ahora soy más feliz que nunca, también tengo más miedo del que recuerdo haber tenido en toda mi vida. Porque ahora entiendo lo que está en juego.

Conozco el poder de los secretos.

Y me aterra que los nuestros nos destruyan.

1

Pequeñas mentirosas

El universo es muy injusto.

Esta mansión de Southampton ha sido mi paraíso personal durante cuatro largos y lujosos días. Aquí han adorado mi cuerpo. Acariciado mi piel. Me ha ardido la sangre con una pasión que llevaba cociendo a fuego lento diecisiete interminables años. Me ha tocado, besado y venerado el hombre al que he amado toda mi vida y he disfrutado de la libertad de explorar cada centímetro de él. Mis labios sobre su mandíbula fuerte, sus abdominales marcados. Mi lengua saboreando la dulzura de su piel y el sabor salobre de su polla.

Hemos hecho el amor con ternura, después con violencia, y más tarde de nuevo con ternura. Nos hemos acurrucado juntos. Hemos visto la televisión hasta tarde, con las piernas entrelazadas, hasta que la sensación de su piel contra la mía ha sido más fuerte que nosotros y hemos silenciado las voces de los presentadores de los programas de entrevistas para explorarnos mutuamente a la luz de la pantalla.

Hemos nadado desnudos en la piscina durante el día y paseado por la playa a la luz de la luna.

Estos días han sido un regalo. Una recompensa.

Un paraíso sensual y decadente.

Pero todo ha cambiado esta mañana, y ahora esta mansión que adoro se ha transformado en el infierno. Un averno suntuoso con una fresca brisa oceánica, mueble bar, camareros uniformados que ofrecen sushi y canapés, y el hombre al que amo acariciándole el culo a una rubia descarada cuyas tetas amenazan con salírsele del minúsculo vestido como se le ocurra estornudar.

¡Zorra!

Y no soy la única que fantasea con el asesinato de la putilla rubia. De hecho, estoy segura de que todas las mujeres de los alrededores acabarían con ella en un suspiro para poder ocupar el lugar de la muy imbécil al lado de Dallas. Dallas Sykes. El infame chico malo multimillonario. El hombre conocido públicamente como uno de los dos herederos de la fortuna de la familia Sykes y al que las mujeres de todo el país se refieren de forma reverencial como «el rey del sexo».

El hombre al que amo.

Al que puedo tener en privado, pero jamás en público.

Mi hermano.

¡Joder!

La putilla se arrima a él y yo me doy la vuelta cuando le tironea del lóbulo de la oreja con los dientes. El tormento que soy capaz de soportar tiene un límite, así que me dirijo hacia el bar.

—Woodford Reserve. Con dos hielos. Doble —le pido al camarero cuando recuerdo su mano sobre el trasero de la chica.

—Desde luego, señorita.

A mi lado, una mujer que parece una modelo, delgada como un junco y que me saca por lo menos diez centímetros, da un sorbo a su copa de vino tinto.

—Algo fuerte, ¿eh? Supongo que tarareas la misma canción que yo.

La miro, confusa.

—Perdón, ¿cómo dice?

En su boca se dibuja una sonrisa que hace que sus pómulos sean aún más prominentes. Con su piel clara y su pelo negro y corto parece un hada. Un hada sibilina, me corrijo al ver el brillo en sus claros ojos azules.

—La oda a Dallas —aclara—. El canto de sirena para hacer que despache a la tía buena de turno y venga derechito a ti. O, en mi caso, a mí.

—Ah. Oh, no. —Me arden las mejillas. En ese momento agradecería cualquier desastre natural. Que se abriera un socavón. O un tsunami procedente de la bahía de Shinnecock—. ¿Yo? ¿Con Dallas? Ni siquiera…

Cierro la boca antes de que mis protestas injustificadas me metan en una situación aún peor. ¿Cómo demonios he podido ser tan transparente? ¿De verdad ha visto la lujuria en mis ojos? No es posible. Seguro que he tenido cuidado. Porque debo tener cuidado. Lo he tenido durante toda mi vida.

«Sí, pero antes no estabais juntos. Ahora lo estáis. Al menos cuando estáis a solas. Pero aquí no. No en el mundo real. No donde importa.»

Ella esboza una sonrisa cómplice.

—Oh, venga ya. No me vengas con que no… Espera. —Ladea la cabeza, me estudia un momento y veo cómo abre mucho los ojos y presiona cuatro largos dedos contra sus labios rojos—. ¡Oh, mierda! Lo siento. Yo no…

—No ¿qué?

—No te había reconocido. Eres Jane, ¿verdad? Eres su hermana. Dios mío, he sido una estúpida. —Inspira hondo y extiende la mano—. Soy Fiona. ¿Te he comentado que soy imbécil?

No puedo evitar reírme.

—Un error sin mala intención. En serio. Le estaba mirando, pero lo que has visto era irritación, no lujuria.

Al menos eso es una verdad a medias y respiro aliviada. Crisis salvada. Bala esquivada.

Mentiría si no reconociera que una diminuta y perturbada parte de mí desearía que me hubiera llamado embustera. Que hubiera percibido la pasión que arde en mis venas y que lo hubiera descubierto todo.

Porque por mucho que ame a Dallas, detesto que tengamos que escondernos. Y una rebelde, oculta, osada y estúpida parte de mí desearía que pudiéramos ser transparentes, poco convencionales y auténticos.

Pero no podemos. Lo sé. La ley, nuestros padres y la amenaza de la humillación pública nos tienen atrapados en las sombras. Nunca me ha gustado demasiado ser el centro de atención, así que me horroriza la idea de que la prensa sensacionalista se centre en mí porque me acuesto con mi hermano.

Pero la familia, la privacidad y los valores tradicionales no son lo único que nos mantiene separados. También está Liberación. Porque mientras Dallas sea un secreto justiciero al máximo nivel, todo en su vida deberá permanecer oculto, incluido el hombre que es en realidad. Un hombre que ni siquiera yo conozco o entiendo por completo, ya que todavía no hemos hablado sobre cómo actúa Liberación ni acerca de su misión principal de localizar, y supuestamente matar, a los seres humanos miserables que nos secuestraron a ambos hace diecisiete años. Tenemos que hacerlo, pero a ninguno de los dos nos apetecía que esa conversación se entrometiera en nuestros cuatro días de dicha absoluta. Queríamos estar solo nosotros.

—Oye —dice Fiona, mirándome con el ceño fruncido—. ¿Estás bien?

—Muy bien.

Me obligo a sonreír, a pesar de que me gustaría llorar. Porque la verdad acaba de golpearme por primera vez. Él es mío. Dallas Sykes es total y absolutamente mío al cien por cien.

Y, sin embargo, en realidad no puedo tenerlo.

No de la forma que cuenta. No de la forma que importa.

Estamos viviendo una mentira reluciente, perfecta y maravillosa en la sombra, pero que se marchita y muere bajo la potente luz del día.

Le quiero de verdad.

Y aunque nos prometimos que haríamos que esto funcionara, no puedo evitar temer que sea una promesa que jamás deberíamos haber hecho. Porque es una promesa imposible de cumplir.

2

La ventana de atrás

Una hora más tarde, por fin sola, doy buena cuenta por fin de mi tercer whisky. Fiona ha compensado con creces su metedura de pata parloteando de todo y de nada, lo que no ha estado mal, ya que su constante atención ha impedido que mis ojos se desviaran a cada momento hacia Dallas.

Pero su constante atención también ha impedido que mis ojos se desviaran hacia Dallas, y eso no me ha gustado.

Aunque sé que no debería, lo único que deseo hacer es mirarle. E imaginarle tocándome a mí. Y enfurecerme porque se esté pasando la fiesta tocando a cualquiera menos a mí.

Al parecer, también ha tocado a Fiona.

—Salimos un par de veces —me contó con los ojos brillantes—. Todo el mundo sabe que no suele salir dos veces con la misma mujer, pero, en fin, a mí me vio tres. —Curvó los labios con aire pícaro—. Lo vio todo de mí.

Se me encogió el estómago mientras sonreía de manera educada y le hice un comentario sobre la reputación de mi hermano. Me disculpé con la excusa de que tenía que ocuparme de algo con el personal de servicio y escapé dentro. Permanecí media hora escondida y ya no la vi cuando regresé.

Sin embargo, Dallas captó mi atención al instante.

Ahora estoy apoyada en el poste de la esquina de una de las casetas de la piscina y me esfuerzo en no mirarle. O, al menos, procuro que no se note tanto que le estoy mirando.

Ha cambiado a la rubia. Ahora está al lado de una morena con mechas de color azul neón. Su larga melena rizada cae por su espalda desnuda gracias a su vestido de cuello halter. Lleva un tatuaje en el hombro; no uno femenino, sino una calavera sobre un fondo rojo sangre.

Luce una minifalda de cuero y tacones de más de doce centímetros, y tengo la absoluta certeza de que se trata de una mujer que consigue lo que desea. Lo veo con solo mirarla. También queda bien claro por su forma de arrimarse a Dallas y de pasarle la lengua por la oreja.

No conozco a la mujer, pero voy a arriesgarme y a decir que no me cae bien. Nada bien. Ni siquiera lo más mínimo.

Soy consciente de que estoy mirando de nuevo, de modo que saco mi móvil y compruebo mis correos electrónicos. El conato de distracción es inútil; veo palabras, pero para mí no tienen ningún sentido en este momento.

Al menos no hasta que aparece un mensaje de texto en mi pantalla.

Mira

Es de Dallas, claro, y mi cuerpo se tensa con solo ver su nombre. Reacciono por instinto; levanto la cabeza y mis ojos van directos a él, que está con la chica de la calavera. No me mira, pero sé que es consciente de mi presencia. Siempre lo es. Igual que yo lo soy de la suya.

Me yergo y mis pies, como dos pesos, me mantienen inmóvil en el sitio mientras observo la escena que tiene lugar delante de mí. Dallas y la mujer cerca de la piscina, charlando con tranquilidad con algunos invitados más. La mano de Dallas, rozando con ligereza la espalda desnuda de ella. Sus dedos descendiendo por su columna y pasando después sobre el lazo del escote atado a la cintura.

Espero que su mano acaricie el suave cuero y se amolde a su trasero, pero no es eso lo que ocurre. En cambio, sus ágiles dedos desabrochan el botón de su cinturilla, aflojándola lo suficiente para poder deslizar la mano dentro de su falda y alcanzar su trasero. Levanta la vista durante una fracción de segundo y sus ojos se enfrentan a los míos. El deseo me atraviesa y se vuelve líquido, haciendo que me humedezca.

Sé lo que está haciendo; lo hemos hecho antes. Él toca a otra mujer. Yo miro. Y ambos fingimos que es a mí a quien toca.

La primera vez fue más ardiente que el pecado. Yo estaba sola en un cuarto de baño, viendo en vídeo lo que sucedía en otra habitación. No estábamos juntos todavía —de hecho, estábamos haciendo todo lo posible por mantenernos alejados— y ese momento fue un punto de inflexión para los dos. Una contundente, aunque retorcida, declaración de lo mucho que nos deseábamos. De lo que estábamos dispuestos a hacer.

De lo lejos que estábamos dispuestos a llegar.

Me muerdo el labio inferior y trago saliva. Deseo aceptar lo que sé que me está dando, pero también deseo huir a toda velocidad. Me sorprende mi reacción, pero al mismo tiempo no me extraña. No quiero esto. Sí, es sexy, es excitante.

Pero en realidad no lo deseo.

Antes era mi única opción. Lujuria indirecta. Sexo de fantasía. Me permití sumergirme en una atmósfera sensual mientras le observaba con otra mujer. Me toqué y me corrí con fuerza una y otra vez, fingiendo que era Dallas quien me acariciaba. Sabiendo que era a mí a quien deseaba y que la mujer que tenía su polla en la boca no era más que una patética sustituta.

Pero entonces yo no era suya. Todavía no. No de verdad.

Ahora sí lo soy.

Ahora puede tenerme cuándo y cómo desee.

Sin embargo, eso no es del todo cierto. Porque no puede tenerme ahora. No puede tocarme aquí, en su propio patio. No con toda esta gente alrededor.

Debemos quedarnos en las sombras. Pero él puede acariciar a la chica de la calavera siempre que le venga en gana.

¡Joder, joder y joder!

Me doy la vuelta. Me hormiguea la piel y siento los pechos todavía tensos. Quiero mirar; joder, quiero hacerlo.

Pero no quiero desear hacerlo.

La puerta de la caseta está justo delante de mí; nuestra caseta. Donde empezó todo entre nosotros y donde por fin nos comprometimos por completo el uno con el otro, prometiendo que de algún modo conseguiríamos que esta situación insufrible funcionara.

Los recuerdos me asaltan mientras me dirijo a la puerta. Deseo perderme en ellos, ya que no puedo perderme en el hombre. Aparto la cortina y me detengo en seco. No conozco a las personas tumbadas en el sofá cama, pero sé muy bien lo que están haciendo. Observo cautivada mientras un hombre completamente vestido, con la cremallera bajada, penetra con su polla a una mujer desnuda y muy dispuesta.

Dejo escapar un gemido débil y me llevo la mano a la boca de inmediato para sofocarlo, pero no me voy. Creo que no pueden verme. Desde donde estoy quedo casi por completo detrás del hombre, a un lado del sofá cama. A mi espalda hay una cortina que lleva a la piscina y una sólida puerta corredera, que me sorprende que no hayan cerrado con pestillo. Quizá no eran conscientes de que estaba ahí.

Al frente hay otras dos cortinas diáfanas, cuyo fin es conceder privacidad y repeler los insectos por la noche. La luz es tenue, y aunque estoy segura de que se darían cuenta de mi presencia si miraran con atención, sé por experiencia que solo verán sombras, y que mientras no me mueva, no repararán en mí.

Ni siquiera parpadeo.

Me quedo inmóvil, inmersa en la apasionada y decadente escena que se desarrolla ante mí. No me importa esta gente ni quiero que me importe. En cambio, me imagino que soy yo la que está en la cama, desnuda. Que es Dallas quien está detrás de mí, aún vestido para la fiesta, con la cremallera bajada y penetrándome con fuerza con su gruesa y dura polla.

Él se inclina sobre mí, acariciándome las caderas, la cintura y después ascendiendo hacia mis pechos. Me aprieta con fuerza, y ese dolor incide con un rayo en mi coño, haciendo que me moje todavía más, que mis músculos se contraigan con más fuerza a su alrededor mientras me embiste.

Su polla me llena, sus testículos golpetean contra mi trasero mientras me folla por detrás, cada vez con más fuerza, cabalgándome hasta que siento ganas de gritar de dolor y de placer por la salvaje y frenética necesidad de correrme.

Noto el sabor de la sangre y me doy cuenta de que me estoy mordiendo el labio inferior en un intento de permanecer callada. No he hecho un solo ruido, pero me he movido. Deslizo la mano por el algodón fino de mi vestido de estampado floral y asciendo despacio, hasta que tengo que agarrarme a la tela para soportar el aplastante deseo de subirme la ropa.

Me cuesta respirar, inmersa en mis fantasías. Estoy muy mojada y solo puedo pensar en deslizar los dedos dentro de mis bragas y masturbarme.

Quiero imaginar que es Dallas quien me toca, quien me desea.

A mí, maldita sea. No a una putilla tatuada a la que se ha agarrado como una lapa y que ahora se cree con derechos sobre él.

Una mano tibia se apoya en mi hombro y me sobresalto; mi grito es sofocado por una mano suave que aprieta de pronto mi boca.

—No los asustes. —Es Dallas, por supuesto. Su voz es grave, sus labios están tan cerca de mi oreja que su aliento me hace estremecer—. No te han visto. No queremos interrumpir el momento.

Trago saliva cuando entiendo que no se refiere a ellos, sino a nosotros.

Desliza la mano sobre mi trasero …

  • Grijalbo (7 de mayo de 2018)

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