[Fragmento] Dulce chico indecente (Wild Seasons #1) de Christina Lauren

Primera entrega de «Wild Seasons» la nueva serie romántica erótica de Christina Lauren, la autora de Beautiful Bastard.

VE76222

Cuando tres amigas conocen a tres chicos en Las Vegas…
todo puede -y todo acaba por- pasar.

Mia Holland y sus dos mejores amigas han decidido celebrar su graduación pasando una noche inolvidable en Las Vegas antes de emprender una nueva etapa de sus vidas. Pero lo que no podían llegar a imaginar es que una noche de diversión cambiaría su destino para siempre.

Porque después de una noche desenfrenada, Mia descubre que lo que debería haber sido una apasionada y, en teoría, pasajera aventura, se ha convertido en un flamante esposo que responde al nombre de Ansel Guillaume y que le invita a acompañarle a París para pasar el largo verano a orillas del Sena.

¿Podría Mia resistirse a la tentación de esa promesa de noches apasionadas de la mano de ese chico tan perfecto?

Lo que empieza como una pura diversión, pronto podría convertirse en algo más, algo muy real, como la vida misma.


Fragmento

Capítulo 1

1

Mia

El día que nos graduamos oficialmente en la universidad no se parece en absoluto a lo que sale en las películas. Lanzo mi birrete al aire, cae y le da en la frente a alguien. El orador principal pierde sus notas debido a una ráfaga de viento y decide improvisar, pronunciando un discurso nada inspirado sobre lo bueno que es aprovechar los errores para crear un futuro mejor, todo ello aderezado con extrañas anécdotas sobre su reciente divorcio. En las películas, ninguna chica parece estar a punto de morir de un infarto con su vestido de poliéster… Sería capaz de pagar un montón de dinero a cualquiera que quemase todas las fotos que me han hecho hoy. Pero aun así, todo logra ser perfecto.

¡Joder, hemos terminado!

Después de comer, en la puerta del restaurante, Lorelei —o Lola, para los pocos que pertenecemos a su círculo íntimo— saca sus llaves del bolso y me mira agitándolas mientras menea los hombros en un gesto de celebración. Su padre le da un beso en la frente y trata de disimular las ganas de llorar. La familia de Harlow forma un círculo a su alrededor; todos la abrazan y se quitan unos a otros la palabra de la boca, reviviendo los diez mejores momentos de cuando Harlow Cruzó el Escenario y se Graduó en la Universidad. Luego me atraen hacia ellos y repasan mis quince segundos de fama. Cuando me sueltan, sonrío mientras ponen fin a sus afectuosos rituales familiares.

«Llámame en cuanto llegues.»

«Usa la tarjeta de crédito, Harlow. No, la American Express. No pasa nada, cariño, es tu regalo de graduación.»

«Te quiero, Lola. Conduce con cuidado.»

Nos quitamos los vestidos asfixiantes, nos dejamos caer en los asientos del viejo Chevy destartalado de Lola y salimos a escape de San Diego, soltando humo por el tubo de escape y chillando como locas al pensar en la música, el alcohol y la locura que nos esperan este fin de semana. Harlow pone en marcha la lista de reproducción que ha preparado para el viaje: Britney Spears, por nuestro primer concierto a los ocho años; la canción totalmente inapropiada de 50 Cent que nuestra clase consiguió convertir en el tema musical de nuestra fiesta de antiguos alumnos; el himno de glam metal que, según jura Lola, es la mejor canción para el sexo de toda la historia; y una cincuentena de canciones más que vienen a componer nuestra historia colectiva. Harlow sube el volumen lo suficiente para que todas tengamos que cantar a voz en cuello para dominar el estruendo del aire cálido y cargado de polvo que entra por las cuatro ventanillas.

Lola se aparta del cuello el pelo oscuro y negro y me pasa una goma, rogándome que le haga una cola de caballo.

—¡Dios! ¿Por qué hace tanto calor? —vocifera desde el asiento del conductor.

—Porque estamos cruzando el desierto a cien kilómetros por hora en un Chevy de finales de los ochenta sin aire acondicionado —contesta Harlow, abanicándose con un programa de la ceremonia—. Anda, vuelve a recordarme por qué no hemos cogido mi coche.

—¿Porque huele a protector solar y a mal gusto en cuestión de tíos?

Suelto un chillido cuando se me abalanza desde el asiento delantero.

Lola baja el volumen mientras suena Eminem y le recuerda:

—Hemos cogido mi coche porque casi envuelves con el tuyo un poste de teléfonos, tratando de huir de un bicho que estaba en tu asiento. No confío en tu criterio al volante.

—Era una araña —replica Harlow—. Enorme y con pinzas.

—¿Una araña con pinzas?

—Podría haber muerto, Lola.

—Sí, es verdad. En un violento accidente de coche.

Cuando termino con el pelo de Lola, me apoyo de nuevo en el respaldo del asiento y tengo la impresión de poder tomarme un respiro por primera vez en esa semana, echando unas risas con mis dos personas favoritas del mundo. El calor ha dejado mi cuerpo sin energía, pero me sienta bien relajarme, cerrar los ojos y fundirme con el asiento mientras el viento me agita el pelo, con tanto ruido que ni siquiera puedo pensar. Me esperan tres maravillosas semanas de verano antes de trasladarme a vivir al otro lado del país, y por primera vez desde hace mucho no tengo que hacer absolutamente nada.

—Ha estado bien que tu familia se quedara a comer —dice Lola en su tono sereno y cauteloso, mirándome a los ojos a través del retrovisor.

—Ya —contesto, encogiéndome de hombros.

Me agacho a buscar en mi bolso un chicle, un caramelo o cualquier otra cosa que me mantenga ocupada el tiempo suficiente para no tener que tratar de justificar el abandono prematuro de mis padres de la celebración de hoy.

Harlow vuelve la cabeza para mirarme.

—Pensaba que comerían con todo el mundo.

—Al final, no —digo con sencillez.

Se vuelve hacia mí en su asiento tanto como le es posible sin quitarse el cinturón de seguridad.

—¿Y qué ha dicho David antes de marcharse?

Miro parpadeando el paisaje llano. A Harlow nunca se le ocurriría llamar a su padre, ni al de Lola, por su nombre de pila. Sin embargo, que yo recuerde, mi padre siempre ha sido para ella simplemente David, pronunciado con todo el desdén de que es capaz.

—Ha dicho que estaba orgulloso de mí y que me quiere. Que sentía no decírmelo muy a menudo.

Percibo su sorpresa en su silenciosa respuesta. Harlow solo guarda silencio cuando está sorprendida o cabreada.

—Y también —añado, aunque sé que debería callarme—, que ahora podré ejercer una profesión de verdad y hacer mi contribución a la sociedad.

«No la provoques, Mia», me digo a mí misma.

—Ostras —dice—, es como si le encantara darte donde más duele. Ese tío es un absoluto gilipollas.

Todas nos echamos a reír. Parece que estamos de acuerdo en hablar de otra cosa, porque, ¿qué más podemos decir al respecto? Mi padre es bastante imbécil, y no deja de serlo porque se haya salido con la suya en lo que respecta a mis decisiones en la vida.

Hay poco tráfico. La ciudad se alza desde la llanura como una enmarañada constelación de luces que brillan deslumbrantes en el ocaso. A cada kilómetro que pasa, el aire se vuelve más fresco. Cuando Harlow endereza la espalda y pone una nueva lista de reproducción para el último tramo del viaje, noto que se reactiva la energía dentro del coche. En el asiento de atrás, bailo y me agito al ritmo de una canción pop muy pegadiza.

—Niñas, ¿estáis preparadas para hacer locuras? —pregunta, bajando el parasol del pasajero para aplicarse brillo de labios en el espejo minúsculo y agrietado.

—No. —Lola se incorpora a la East Flamingo Road. Más allá, se extiende ante nosotras el Strip, una alfombra de luces y bocinas—. Pero por ti estoy dispuesta a tomar chupitos horribles y a bailar con hombres dudosamente sobrios.

Asiento con la cabeza, rodeo a Harlow con los brazos desde atrás y la estrujo. Ella finge asfixiarse, pero pone su mano sobre la mía para que no pueda apartarme. Nadie rechaza los arrumacos de forma menos convincente que Harlow.

—Os quiero, loquitas —digo.

Si estuviera con otras personas, mis palabras se perderían en el viento y el polvo que entra a ráfagas en el coche. Sin embargo, Harlow se inclina para darme un beso en la mano y Lola me mira y sonríe. Es como si estuvieran programadas para hacer caso omiso de mis largas pausas y extraer mi voz del caos.

—Tienes que hacerme una promesa, Mia —dice Lola—. ¿Me estás escuchando?

—No irás a pedirme que me escape y me haga gogó, ¿verdad?

—Por desgracia, no.

Llevamos meses planeando este viaje, una última escapada antes de que nos atrape la vida de adultas y la responsabilidad. Estoy preparada para cualquier cosa que Lola me tenga reservada. Estiro el cuello, respiro hondo y finjo hacerme crujir los nudillos.

—Lástima. Se me daría muy bien bailar en una barra. Pero bueno, dispara.

—Esta noche déjalo todo en San Diego. No te preocupes por tu padre ni por la friki que se esté tirando a Luke este fin de semana.

Se me encoge un poco el estómago al oír mencionar a mi ex, aunque lo dejamos como amigos hace casi dos años. Simplemente, Luke fue mi primer novio, yo fui su primera novia, y lo aprendimos todo juntos. Tengo la impresión de que su actual desfile de conquistas tendría que pagarme derechos de autor.

Lola continúa diciendo:

—No pienses en hacer las maletas para irte a Boston. Piensa solo que hemos acabado la universidad. ¡La universidad, Mia! Lo hemos conseguido. Por el momento, mete lo demás en una caja imaginaria y empújala debajo de la cama.

—Eso de empujar y de camas suena muy bien —dice Harlow.

En cualquier otra circunstancia, sus palabras me habrían hecho reír. Sin embargo, al mencionar Boston, Lola acaba de arrasar sin querer el pequeño espacio libre de nerviosismo que había logrado encontrar en mi interior. De inmediato, se ha quedado pequeño todo el malestar que sentía porque mi padre ha abandonado prematuramente la principal ceremonia de mi vida o Luke ha descubierto su lado promiscuo. Me invade un pánico creciente acerca del futuro y, ahora que nos hemos graduado, es imposible seguir ignorándolo. Cada vez que pienso en lo que viene ahora, mi estómago se vuelve del revés, se enciende, se carboniza. La sensación se repite tan a menudo estos días que me parece que debería darle un nombre.

Dentro de tres semanas me marcharé a Boston, nada menos que a la escuela de negocios, tan lejos de mi sueño de la infancia como pueda imaginarse. Tendré tiempo de sobras para encontrar piso y un empleo que me ayude a pagar las facturas y se adapte al horario de clases que comenzará en otoño, cuando haga por fin lo que siempre ha querido mi padre y me convierta en una de esas frikis del mundo empresarial. Por suerte, hasta me paga el piso. «Dos dormitorios —insistió, magnánimo—. «Así podremos ir a visitarte tu madre, los chicos y yo.»

—¿Qué me dices, Mia? —insiste Lola.

—Vale —digo mientras asiento con la cabeza, preguntándome cuándo me he convertido en la chica con más mochila de las tres, cuando el padre de Lola es veterano de guerra, los padres de Harlow pertenecen al ambiente hollywoodiense y yo solo soy la chica de La Jolla que solía bailar—. Lo empujo debajo de una cama imaginaria. —Pronunciar las palabras en voz alta parece cargarlas de mayor significado—. Lo pondré en la caja donde Harlow guarda esos juguetes sexuales que dan tanto miedo.

Harlow me lanza un beso insolente y Lola asiente, decidida. Es la que más sabe de estrés y responsabilidad, pero, si ella puede dejarlos a un lado durante el fin de semana, yo también puedo.

Paramos delante del hotel. Lola y yo nos precipitamos fuera del coche con nuestras sencillas bolsas de lona en la mano y pinta de salir directamente de una tormenta de polvo. Me siento torpe y mugrienta. Solo Harlow parece sentirse como pez en el agua. En efecto, baja del viejo Chevy como si se apeara de un lujoso y brillante automóvil negro, aún presentable y tirando de una brillante maleta con ruedecitas.

Cuando llegamos arriba, todas nos quedamos sin palabras, incluso Harlow; está claro que esta es la forma «sorprendida» de su silencio. Solo hay otras dos habitaciones en la planta, y nuestra Sky Suite es enorme.

El padre de Harlow, un importante director de fotografía, la ha reservado para nosotras como regalo de graduación. Pensábamos que nos darían una habitación de hotel típica de Las Vegas, con su champú gratis, y que quizá hasta nos volveríamos locas y arrasaríamos el minibar, cargando el coste a su tarjeta. ¡Barritas de caramelo y botellines de vodka para todas!

No nos esperábamos esto. En el vestíbulo (¡hay vestíbulo!), junto a una abundante cesta de fruta y una botella de champán, hallamos una nota. Dice que disponemos de mayordomo a través de un número de marcación rápida, que una masajista acudirá a la habitación cuando nos haga falta y que el padre de Harlow nos paga encantado un servicio de habitaciones ilimitado. Si Alexander Vega no fuese el padre de mi mejor amiga ni estuviera felizmente casado, sería capaz de ofrecerle sexo para darle las gracias.

«Recuérdame que no se lo diga a Harlow.»

Crecí llevando muy poca ropa en un escenario, ante un montón de gente, donde podía aparentar ser otra persona. Por eso, pese a la larga cicatriz irregular de la pierna, me siento mucho más cómoda que Lola con uno de los vestidos que Harlow eligió para nosotras. Lola ni siquiera piensa ponerse el suyo.

—Es tu regalo de graduación —dice Harlow—. ¿Cómo te habrías sentido si yo hubiera rechazado el diario que me compraste?

Lola se echa a reír y le arroja una almohada desde la otra punta de la habitación.

—Si te hubiera pedido que arrancaras las páginas y te hicieras con ellas un vestido que apenas te cubriese el culo, sí, habrías estado en tu derecho de rechazar el regalo.

Tiro del bajo del vestido, poniéndome en silencio de parte de Lola. Ojalá fuese un poquito más largo. Ya no suelo enseñar tanto muslo.

—Pues Mia se ha puesto el suyo —señala Harlow, y yo lanzo un gruñido.

—Ya, pero es que Mia creció vestida con unas mallas, es muy bajita y tiene el cuerpo de una gacela —razona Lola—. Además, seguro que, si me esforzase lo suficiente, podría verle hasta el asunto. Y como yo le saco doce centímetros de estatura, con este vestido prácticamente se me vería el canal uterino.

—Eres una cabezota.

—Y tú una guarra.

Escucho cómo discuten mientras contemplo satisfecha por la ventana a los peatones que caminan por el Strip y que, vistos desde la planta cuarenta y cinco, componen una franja de puntos de colores. No sé muy bien por qué sigue oponiéndose Lola. Todas sabemos que acabará cediendo, porque Harlow es un verdadero coñazo y siempre se sale con la suya. Suena extraño que yo diga que ese aspecto de su personalidad siempre me ha encantado, pero es que sabe lo que quiere y va a por ello. Lola es igual en muchos aspectos, aunque su técnica es un poco más sutil que la de Harlow.

Lola lanza un gruñido, pero, como cabía esperar, acaba reconociendo su derrota. Es lo bastante lista para saber que está librando una batalla perdida y solo tarda unos minutos en ponerse el vestido y los zapatos antes de que bajemos.

Ha sido un día largo. Hemos terminado la universidad, hemos limpiado nuestro cuerpo de polvo y de las preocupaciones de la vida real, y a Harlow le encanta pedir chupitos. ¿Algo más? Le encanta ver cómo se los beben los demás. Para cuando dan las nueve y media, decido que nuestro nivel de borrachera es suficiente: se nos traba la lengua, pero al menos podemos caminar. Hacía mucho tiempo que no veía reírse tanto a Lola y a Harlow: la mejilla de Lola se apoya sobre sus brazos cruzados, y sus hombros tiemblan de risa; Harlow echa la cabeza hacia atrás, y el sonido de sus risitas domina el ritmo de la música y atraviesa el bar.

Y cuando tiene la cabeza hacia atrás, me encuentro con la mirada de un hombre a través de la sala llena de gente. No puedo distinguir todos sus rasgos en la penumbra del bar, pero es un poco mayor que nosotras y alto, con el pelo castaño claro y unas cejas oscuras sobre unos ojos vivos y maliciosos. Nos mira y sonríe como si no necesitase participar en nuestra diversión; simplemente quiere apreciarla. Otros dos hombres se encuentran de pie a su lado, hablando y señalando algo que está en un rincón, pero él no aparta la mirada cuando nuestros ojos se encuentran. Si acaso, su sonrisa se ensancha aún más.

Yo tampoco puedo mirar hacia otro lado, y la sensación me desorienta, porque normalmente, tratándose de extraños, se me da muy bien mirar hacia otro lado. El corazón me da un vuelco en el pecho, recordándome que debería sentirme más incómoda, sugiriendo quizá que me concentre en mi copa. No sé establecer contacto visual. Tampoco sé conversar. De hecho, los únicos músculos que nunca llegué a dominar por completo fueron los necesarios para hablar deprisa.

Sin embargo, por alguna razón —echémosle la culpa al alcohol— y sin apartar la mirada del tío bueno que está al otro lado del bar, mis labios se apresuran a componer la palabra «hola».

Él me responde lo mismo. Acto seguido, se muerde la comisura de los labios y, ¡vaya!, debería hacerlo cada día y para todas las personas que conozca durante el resto de su vida. Tiene un hoyuelo, y me tranquilizo a mí misma diciéndome que es un efecto de luces y sombras, porque es totalmente imposible que algo tan simple pueda ser tan adorable.

Noto que en mis entrañas ocurre algo extraño y me pregunto si, cuando la gente habla de derretirse, se referirá a esta sensación. Desde luego, no me siento nada sólida. Percibo una clara vibración de interés por debajo de la cintura. Madre mía, si solo con su sonrisa logra hacer esto, imagínate lo que hará con su…

Antes de que pueda acabar de formular ese pensamiento, Harlow me agarra del brazo y me arranca de mi atento estudio del rostro masculino para sumergirme en una multitud de cuerpos que se balancean y serpentean al ritmo sexual que atruena desde los altavoces. Un chico como ese se sale totalmente de mi zona de confort, así que meto el impulso de ir a por él en mi caja imaginaria, debajo de esa cama imaginaria, junto con todos los que ya guardo allí.

Creo que nos estamos tomando con calma nuestra adaptación a Las Vegas, porque, después de bailar y tomar unas copas, volvemos a la habitación antes de la medianoche. Todas estamos agotadas tras la ceremonia de graduación al sol, el caluroso viaje y el alcohol que nos hemos metido en el cuerpo sin apenas haber comido.

Aunque nuestra suite es más espaciosa de lo que necesitamos y aunque hay dos dormitorios, nos amontonamos las tres en uno. Lola y Harlow se duermen en cuestión de minutos. Harlow empieza a murmurar, como siempre, pero Lola duerme sin moverse ni hacer ruido. Se entierra de tal manera entre las sábanas que, cuando éramos pequeñas, me preguntaba a mí misma si desaparecía en el colchón durante las fiestas de pijamas. Algunas veces me planteo seriamente la posibilidad de tomarle el pulso.

Sin embargo, al otro lado del pasillo celebran una ruidosa fiesta.

Los graves de la música sacuden la lámpara colgada sobre mi cabeza. Unas voces masculinas retumban a través del hueco que separa las habitaciones; gritan y se ríen, armando una bulla enorme. Una pelota choca contra un muro a lo lejos, y, aunque solo puedo identificar unas cuantas voces entre el griterío, hacen tanto ruido que la suite entera tiene que estar llena de chicos borrachos que han venido a pasar un loco fin de semana en Las Vegas.

A las dos de la mañana todo sigue igual: tengo la mirada clavada en el techo y, de forma paradójica, me siento cada vez más despierta y más dormida al mismo tiempo. Para cuando dan las tres, estoy tan irritada que me convertiría en la mayor aguafiestas de Las Vegas con tal de dormir unas cuantas horas antes de acudir a nuestra cita matinal en el spa.

Salgo de la cama. Al principio intento no hacer ruido para no despertar a mis amigas, pero luego me echo a reír ante lo absurdo de esa idea. Si han podido dormir con todo el follón del otro lado del pasillo, seguirán durmiendo mientras camino en silencio por el suelo enmoquetado, cojo una llave de la habitación y me deslizo fuera de la suite.

Aporreo la puerta y espero, jadeante de irritación. El ruido apenas disminuye, y no sé si seré capaz de aporrear lo bastante fuerte para que me oigan siquiera. Alzo ambos puños y vuelvo a intentarlo. No quiero ser esa persona que se queja en Las Vegas de que la gente lo está pasando bien, pero mi siguiente paso será llamar a seguridad.

Esta vez, la música se apaga y oigo unas pisadas al otro lado de la puerta.

Quizá espero que abra un viejo e hiperbronceado gilipollas que vive de rentas, un banquero de inversiones de mediana edad que ha venido a desmadrarse con unos colegas el fin de semana o un miembro de una fraternidad que está bebiendo chupitos del ombligo de una estríper. Pero no espero que sea él, el tío del otro lado de la barra.

No espero que vaya descamisado, ni que lleve unos bóxers negros tan bajos sobre el vientre moreno que le veo la suave línea de vello, más abajo.

No espero que sonría al verme y, desde luego, no espero su acento cuando dice:

—Yo te conozco.

—No me conoces —digo de un tirón, aunque noto que me falta un poco el aire.

Hace tiempo que no tartamudeo delante de mis amigos ni de mi familia y tampoco acostumbro a hacerlo en presencia de extraños con los que me siento cómoda. Pero ahora mismo tengo la cara encendida y se me ha puesto la piel de gallina en los brazos y las piernas, así que no sé muy bien qué pensar de mis palabras absolutamente libres de tartamudeo.

Si es posible, su sonrisa crece, el rubor se intensifica, un hoyuelo ocupa el centro del escenario y abre la puerta del todo mientras da un paso hacia mí. Es todavía más atractivo de lo que parecía desde el otro lado de la sala, y su realidad llena inmediatamente el umbral. Su presencia es tan tremenda que doy un paso atrás como si me hubieran empujado. Se me acerca con actitud tranquila, manteniendo el contacto visual y exhibiendo una radiante sonrisa mientras me observa con aire travieso.

Como soy una artista, he visto magia así en otras ocasiones. Su aspecto puede ser parecido al de cualquier otro ser humano, pero posee esa cualidad escurridiza que forzaría a cualquier par de ojos a seguirle encima del escenario, por insignificante que fuera su papel. Es más que carisma; es un magnetismo que no puede enseñarse ni practicarse. Estoy a sesenta centímetros de él… No tengo ninguna oportunidad.

—Sí que te conozco —dice, ladeando un poco la cabeza—. Nos hemos conocido antes. Simplemente, aún no hemos intercambiado nombres.

Mi mente se esfuerza por situar su acento hasta que caigo en la cuenta: es francés. Este capullo es francés, aunque un poco aguado. Su acento es suave, leve. En lugar de enroscar todas las palabras juntas, las extiende, ofreciéndolas una a una con cuidado.

Entorno los ojos, obligándome a mirarle a la cara. No es fácil. Su pecho aparece liso y bronceado, y tiene las tetillas más perfectas que he visto en mi vida, pequeñas y planas. Tiene los músculos bien definidos y estatura suficiente para montarlo como si fuera un caballo. Percibo el calor que emana de su piel. Para colmo, va en ropa interior, detalle que no parece afectarle lo más mínimo.

—Estáis armando un jaleo enorme —digo, recordando las horas de ruido que me han traído hasta aquí—. Creo que me caías mucho mejor al otro lado de una sala llena de gente que al otro lado de este pasillo.

—Pero cara a cara es mejor, ¿no? —Su voz me pone los brazos de piel de gallina. Al ver que no contesto, se vuelve, mira por encima del hombro y se dirige de nuevo a mí—: Siento que estemos haciendo tanto ruido. Voy a echarle la culpa a Finn. Es canadiense, así que seguro que entenderás que es un salvaje. Y Oliver es australiano, también horriblemente incivilizado.

—¿Un canadiense, un australiano y un francés montando un sarao en una habitación de hotel? —le pregunto, conteniendo una sonrisa.

Intento recordar la regla que aconseja no debatirte si caes en arenas movedizas, porque esa es exactamente la sensación que tengo. Me hundo, devorada por algo más grande que yo.

—Parece el principio de un chiste —coincide él, asintiendo. Sus ojos verdes brillan, y tiene razón: cara a cara es infinitamente mejor que a través de una pared, o incluso a través de una sala oscura llena de gente—. Pasa.

Nada ha sonado nunca tan peligroso y tan tentador al mismo tiempo. Sus ojos se posan en mi boca, donde permanecen unos instantes antes de explorar mi cuerpo. Pese a lo que acaba de ofrecerme, sale del todo al pasillo. La puerta se cierra a sus espaldas. Ahora estamos solos él, yo, su pecho desnudo y… uau, sus fuertes piernas. Y la posibilidad de un espontáneo y alucinante encuentro sexual en el pasillo.

Espera. ¿Qué?

Y ahora recuerdo que solo llevo mis cortísimos pantalones de pijama y la camiseta de tirantes a juego con estampado de cerditos. De pronto, tengo plena conciencia de la intensa luz que ilumina el pasillo y noto que mis dedos bajan para tirar instintivamente de la tela y cubrir mi cicatriz. En circunstancias normales, me gusta mi cuerpo, aunque soy una mujer y, como es natural, siempre hay cositas que me gustaría cambiar. Sin embargo, lo de mi cicatriz es distinto. No se trata solo de su aspecto, aunque, si he de ser sincera, Harlow sigue estremeciéndose de compasión con todo el cuerpo cada vez que la ve. También se trata de lo que representa: la pérdida de mi beca para la Joffrey Academy of Dance, la muerte de mi sueño.

Pero su forma de mirarme hace que me sienta agradablemente desnuda y, bajo el algodón de la camiseta, se me endurecen los pezones.

Se da cuenta y da otro paso hacia mí, trayendo consigo su calor y un aroma de jabón, y de repente estoy segura de que no me está mirando la pierna. Ni siquiera parece que la vea o, si lo hace, le gusta que yo sea capaz de pasar por alto lo que dice esa cicatriz. Dice «trauma», dice «dolor». Pero sus ojos solo dicen «sí», «por favor» y «travesura». Y que le gustaría ver más.

La chica tímida que vive en mi interior cruza los brazos sobre el pecho e intenta convencerme para que vuelva a la seguridad de mi propia habitación. Pero los ojos de él me inmovilizan.

—No sabía si volvería a verte. —Su voz se ha vuelto áspera, insinuando las obscenidades que quiero oírle mascullar contra mi cuello. Mi pulso es un tambor frenético y resonante. Me pregunto si se dará cuenta—. Te he buscado.

«Me ha buscado.»

Para mi sorpresa, mi voz suena alta y clara cuando digo:

—Nos hemos ido muy poco después de verte.

Desliza la lengua un instante hacia fuera y observa mis labios.

—¿Por qué no… entras?

Hay muchas promesas implícitas en esas cuatro palabras. Parece un extraño que me ofrece el caramelo más delicioso del planeta.

—Me voy a dormir —logro decir por fin, alzando la mano para impedir que se acerque más—. Y os aconsejo que hagáis menos ruido si no queréis que os envíe a Harlow. Y si eso falla, despertaré a Lola y os encontraréis dándole las gracias por dejaros hechos unos zorros.

Se echa a reír.

—Me gustas mucho.

—Buenas noches.

Me vuelvo para regresar hasta nuestra puerta sobre unas piernas muy poco firmes.

—Yo soy Ansel.

Sin hacerle caso, deslizo la tarjeta en la cerradura.

—¡Espera! Solo quiero saber cómo te llamas.

Miro por encima del hombro. Sigue sonriendo. En serio, un crío de mi clase de tercero tenía un hoyuelo, pero no me hacía sentir así. Este chico debería venir con una etiqueta de advertencia.

—Cállate la boca y te lo diré mañana.

Da otro paso hacia delante, descalzo sobre la moqueta y sin dejar de mirarme, y dice:

—¿Significa eso que tenemos una cita?

—No.

—¿Y no vas a decirme cómo te llamas? Por favor.

—Mañana.

—Entonces, te llamaré Cerise.

Justo antes de entrar en mi habitación, replico:

—Como quieras.

Por lo que yo sé, puede que acabe de llamarme «puritana», «mojigata» o «pijama de cerditos».

Sin embargo, por algún motivo, su forma de pronunciar aquella palabra me hace pensar que era algo muy distinto.

Tras volver a la cama, busco la palabra en el móvil. «Cerise» significa «cereza». Claro. No sé cómo sentirme, porque algo me dice que no se refería al color de mi pintauñas.

Las chicas están dormidas, pero yo no. Aunque ha desaparecido el ruido que venía del otro lado del pasillo y todo es silencio y calma en nuestra suite, estoy acalorada y encendida. Ojalá hubiera tenido agallas para quedarme en el pasillo un ratito más.

Capítulo 2

2

Harlow pide unas patatas fritas antes de soltar el chupito dentro de la cerveza y vaciar el vaso de un trago.

Se pasa el antebrazo por la boca y me lanza una ojeada. Debo de estar boquiabierta, porque pregunta:

—¿Qué? ¿Debería ser más sofisticada?

Me encojo de hombros, pasando la pajita por el hielo de mi vaso. Tras un masaje y una limpieza de cutis de buena mañana, una tarde transcurrida en la piscina del hotel y unos cuantos cócteles, hemos cogido algo más que el puntillo. Además, aun después de soplarse una cerveza con un chupito dentro, Harlow continúa pareciendo una chica sofisticada. Sería capaz de saltar dentro de una piscina de bolas de plástico en el parque infantil de un McDonald’s y salir sin despeinarse.

—¿Para qué te vas a molestar? —pregunto—. Tenemos el resto de la vida para ser sofisticadas, pero solo este fin de semana en Las Vegas.

Escucha mis palabras, las sopesa, asiente con gesto firme y le hace un gesto al camarero.

—Tomaré dos chupitos más y la monstruosidad que está tomando mi amiga, sea lo que sea.

Señala a Lola, que lame la nata del borde de una repugnante copa con leds parpadeantes.

El chico frunce el ceño. Luego sacude la cabeza y dice:

—Marchando dos chupitos de whisky y una guarra en un trampolín.

Harlow me dedica su mejor expresión escandalizada, pero apenas tengo tiempo de asimilarla cuando alguien se aprieta contra mi espalda en el bar atestado de gente. Unas manos grandes me agarran por las caderas instantes antes de que un aliento caliente me susurre directamente al oído:

—Así que estás aquí.

Me vuelvo sobresaltada y me aparto de un bote, lanzando un grito ahogado.

Ansel.

Tengo la oreja cálida y húmeda. Cuando le miro, veo en sus ojos la misma luz juguetona que vi anoche. Es el típico tío capaz de ejecutar un absurdo baile robótico para hacerte reír, de chuparte la punta de la nariz y de hacer el ridículo por una sonrisa. Estoy segura de que, si intentase tirarle al suelo, me dejaría ganar. Y disfrutaría cada minuto.

—¿Demasiado cerca? —pregunta—. Quería mostrarme seductor, pero sutil.

—No creo que hubieras podido estar más cerca —reconozco, reprimiendo una sonrisa mientras me froto la oreja—. Prácticamente te has metido dentro de mi cabeza.

—Sería un ninja malísimo —dice uno de los tíos que van con él, guiñando el ojo.

—Oliver, Finn —dice Ansel, señalando primero a un amigo alto de pelo castaño y alborotado, barba de pocos días y vivos ojos azules tras unas gafas de montura gruesa, y luego al que acaba de hablar, de pelo castaño muy corto, ojos oscuros y luminosos y una sonrisa que debe de ser permanentemente chulesca. Ansel me mira—. Y, caballeros, esta es Cerise. Sigo esperando a conocer su verdadero nombre. —Se inclina un poco hacia mí y añade—: Tendrá que dármelo en algún momento.

—Me llamo Mia —le contesto, pasando por alto su indirecta.

Sus ojos descienden por mi rostro y se detienen en mis labios. Es justo la mirada que me dedicaría si estuviera a punto de besarme, pero está demasiado lejos. Se inclina ligeramente hacia delante, y es como ver volar un avión a tres metros del suelo a lo largo de varias millas.

—Está bien asociar unas caras con todo ese griterío masculino —digo para romper la tensión sexual, mirando a Oliver y Finn. Luego señalo a mis asombradas amigas—. Estas son Lorelei y Harlow.

Ellas les dan la mano, pero guardan un sospechoso silencio. No suelo ser yo la que conoce tíos en situaciones así. Suelo ser la que impide que Harlow se tire encima de una mesa a alguien que acaba de conocer y que Lola le dé una paliza a cualquier tío que se atreva a hablarnos. Creo que están tan atónitas que no saben cómo reaccionar.

—¿Nos habéis estado buscando? —pregunto.

Ansel se encoge de hombros.

—Es posible que hayamos ido a un par de locales, solo para echar un vistazo.

Detrás de él, Oliver, el de las gafas, levanta siete dedos. Me echo a reír.

—¿Un par?

—Tres como máximo —dice Ansel, guiñándome un ojo.

Distingo un movimiento justo detrás de él y, antes de que tenga ocasión de decir nada, Finn se adelanta e intenta bajarle a Ansel los pantalones. Este no parpadea siquiera.

—¿Qué estás bebiendo? —me pregunta, agarrándose la cintura de la prenda sin parecer siquiera un poco sorprendido o molesto.

Como si yo no estuviera viendo una proporción considerable de unos bóxers de color gris.

Como si no estuviera mirando directamente el inconfundible bulto en el algodón.

¿Es esto lo que hacen los chicos?

—Me alegro de volver a verte en ropa interior —digo, luchando por contener mi sonrisa.

—Casi —aclara—. Al menos esta vez los pantalones se han quedado en su sitio.

Bajo la vista. Ojalá pudiera echar otra ojeada a sus tonificados muslos.

—Me parece discutible.

—La última vez que Finn me hizo esto, consiguió bajármelos. Esta semana hice más kilómetros que él, y desde entonces trata de tomarse la revancha. —Se detiene, levanta las cejas y parece caer en la cuenta de lo que acabo de decir. Se inclina un poquito hacia mí y me pregunta con voz baja y grave—: ¿Me estás tirando la caña?

—No —contesto, y trago saliva bajo la presión de su mirada atenta e implacable—. ¿A lo mejor?

—A lo mejor, si mis pantalones bajan, tu vestido debería subir —susurra, y nunca una frase ha sonado más lasciva—. Para estar en igualdad de condiciones.

—Está demasiado buena para ti —dice Finn a su espalda.

Ansel alarga el brazo hacia atrás, pone la mano sobre la cara de Finn y le empuja. Acto seguido, señala mi vaso vacío con un gesto de la cabeza, preguntando sin palabras qué había en él.

Le devuelvo la mirada, experimentando la extraña y cálida familiaridad que se propaga por mi cuerpo. Así que esta es la sensación que produce la química. La he sentido con otros artistas, pero esa clase de química es distinta de esta. Normalmente, esa clase de química se difumina fuera del escenario, o bien obligamos a la vida real a imponerse de nuevo. En cambio, con Ansel, creo que en este momento podríamos cargar un montón de aparatos eléctricos con la energía que circula entre nosotros.

Coge mi vaso y dice:

—Ahora vuelvo. —Mira a Lola, que se aparta de los demás. Observa a Ansel como un halcón, con los brazos cruzados sobre el pecho y su mejor cara de madre severa—. Con una bebida —le dice en tono amistoso—. De garrafón, aguada, con alguna fruta de dudosa procedencia. Nada raro, lo prometo. ¿Quieres venir conmigo?

—No, pero te estoy vigilando —dice.

Él le dedica su sonrisa más encantadora y se vuelve hacia mí.

—¿Te apetece algo en concreto?

—Sorpréndeme —le digo.

Ansel regresa minutos después con un vaso nuevo, lleno de hielo, lima y un líquido claro.

—Gin-tonic, ¿vale?

—Esperaba que me trajeras una bebida más arriesgada. Algo servido dentro de una piña o con un par de bengalas.

—He olido tu vaso —dice, encogiéndose de hombros—. Quería que siguieras con lo mismo. Además —abarca mi cuerpo con un gesto descendente—, te he visto con tu estilo años veinte, tu vestido corto, tu… —con el índice, dibuja un círculo en el aire junto a mi cabeza— tu pelo negro y brillante con flequillo recto y esos labios tan rojos y he pensado: «ginebra». Se detiene para rascarse la barbilla y añade—: En realidad, te miro y pienso…

Me echo a reír y levanto la mano.

—No sé qué hacer contigo.

—Tengo algunas sugerencias.

—Seguro que sí.

—¿Te gustaría oírlas? —pregunta con una amplia sonrisa.

Inspiro hondo para serenarme; este va a poder conmigo.

—¿Y si antes nos explicáis un poco quiénes sois? ¿Vivís todos en Estados Unidos?

—No. Nos conocimos hace unos años, cuando participábamos en un programa de voluntarios. Consistía en ir en bicicleta de una ciudad a otra, construyendo viviendas para gente sin recursos. Lo hicimos al acabar la universidad, y fuimos trabajando desde Florida hasta Arizona.

Le miro con más atención. No me había planteado mucho quién podía ser o a qué se dedicaría, pero esto es mucho más interesante que un grupo de extranjeros gilipollas que tiran el dinero en una suite de Las Vegas. Y que haya viajado en bicicleta de estado en estado explica, sin lugar a dudas, esos muslos tan musculosos.

—No me esperaba para nada que dijeras eso.

—Cuatro de nosotros nos hicimos muy amigos: Finn, Oliver, Perry y yo. Este año hemos organizado el mismo recorrido, por los buenos tiempos, pero solo de Austin a Las Vegas. Nos hemos hecho mayores.

Miro a mi alrededor en busca del cuarto miembro de su grupo y alzo las cejas en un gesto significativo, pero Ansel se limita a encogerse de hombros.

—Esta vez solo somos tres.

—Suena alucinante.

Da un sorbo de su bebida y asiente con la cabeza.

—Ha sido alucinante. No tengo ninguna gana de volver a casa el martes.

—¿Dónde está tu casa exactamente? ¿En Francia?

Sonríe de oreja a oreja.

—Sí.

—Así que te vuelves a Francia. Qué palo.

—Deberías venir a París conmigo.

—Ja. Vale.

Me observa durante unos instantes.

—Hablo en serio.

—Ah, seguro que sí.

Da otro sorbo de su bebida con las cejas arqueadas.

—Puede que seas la mujer más guapa que he visto en mi vida, e intuyo que también eres la más lista. —Se inclina un poco hacia mí y susurra—: ¿Sabes hacer malabares?

Me echo a reír y digo:

—No.

—Lástima. —Hace un sonido con la garganta y clava en mi boca una mirada sonriente—. En fin, tengo que quedarme en Francia unos seis meses más. Tendrás que vivir allí conmigo durante algún tiempo hasta que podamos comprarnos una casa en Estados Unidos. Puedo enseñarte entonces.

—Ni siquiera conozco tu apellido —digo, soltando una carcajada—. Aún no podemos hablar de clases de malabares y convivencia.

—Me llamo Ansel Guillaume. Mi padre es francés y mi madre es estadounidense.

—Gui… ¿qué? —repito, atascándome con el acento—. Ni siquiera sabría escribirlo. —Frunzo el ceño mientras repaso la palabra en mi cabeza varias veces—. De hecho, ni siquiera sé por qué letra empieza.

—Pues tendrás que aprender a escribirlo —dice, y, por un instante, se le marca el hoyuelo—. Al fin y al cabo, tendrás que firmar los talones con tu nuevo apellido.

Finalmente, he de desviar la mirada. Necesito alejarme de su sonrisa y de este nivel crítico de coqueteo. Necesito oxígeno. Sin embargo, cuando miro hacia la derecha parpadeando, me encuentro con los ojos muy abiertos de mis amigas, que me observan fijamente.

—¿Qué? —le pregunto a Lola, con una cara que dice «no te pases».

Se dirige a Ansel:

—La has hecho hablar.

Percibo el asombro de mi amiga y no quiero que me afecte. Si pienso demasiado en lo cómoda que me siento con él, ese pensamiento se volverá en mi contra y me entrará el pánico.

—¿A esta? —pregunta él, señalándome con el pulgar—. No calla, ¿verdad?

Harlow y Lola se echan a reír, pero su risa significa «sí, qué locura». Lola me aparta un poco del grupo y me pone una mano en el hombro.

—Tú.

—¿Yo qué?

—Tú has tenido un flechazo —susurra—. Estoy alucinando. ¿Siguen tus bragas en su sitio? —pregunta, inclinándose teatralmente como si fuese a comprobarlo.

—Nos conocimos anoche —murmuro.

Tiro de ella para que se incorpore e intento que baje la voz, porque, aunque nos hemos apartado, tampoco nos hemos alejado mucho. Los tres hombres están escuchando nuestra conversación.

—¿Le conociste y no nos has dicho nada?

—¡Dios, mamá! Esta mañana hemos estado liadas y se me ha olvidado, ¿vale? Anoche tenían montada una fiesta a …

  • Vergara (14 de junio de 2018)

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