[Fragmento] Delicioso tabú (Trilogía Pecado #3) de J. Kenner

Olvida tus prejuicios. Lánzate al inesperado y apasionante desenlace de la trilogía «Pecado».

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J. Kenner, una de las grandes maestras del romance erótico, nos ofrece el esperado desenlace de su nueva trilogía, «Pecado», ambientada en un mundo marcado por el lujo, el misterio y las pasiones más prohibidas.

Hay momentos en que solo la fuerza del amor puede salvarnos de nuestros enemigos. Y por él hay que luchar sin dudarlo, con la misma fuerza que nos da el sabernos amados.

La amenaza sigue acechando el tormentoso romance de Jane y Dallas. Y no se trata ya solo de la incomprensión de sus seres queridos sino de alguien que desea hacerles daño y está poniendo todos los medios a su alcance para conseguirlo.

Dallas ignora quién está detrás de todas las sombrías amenazas, pero sí sabe una cosa: sin Jane a su lado, en la cama y en la vida, ya nada sería lo mismo. Por eso, cuando la joven desaparece, la angustia de su amante no tiene límites. Debe encontrarla y rescatarla de esa persona que los odia y que desea verter sobre ellos todo el resentimiento macerado durante años de envidia. Debe salvar a Jane, salvar el amor que se profesan y, al mismo tiempo, salvarse a sí mismo de un futuro que no tendría sentido sin la única mujer de su vida.

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Fragmento

Creía que a estas alturas Dallas ya sería suyo.

Estaba convencida de que él comprendería que era inevitable.

¿Era culpa suya que tuviera que darle un empujón? ¿Que tuviera que obligarle a entender?

En lo referente al amor, una chica tenía que hacer lo que tenía que hacer, y Dallas Sykes era un hombre con tendencia al melodrama. Le gustaba un buen espectáculo, enviar un mensaje.

Entendería que estuviera furioso al principio, porque su plan para librarse de la competencia era… ¿qué? ¿Radical? ¿Peligroso?

No. Imperativo. En realidad, ella no tenía alternativa. Sencillamente, él era suyo, aunque el mundo todavía no se hubiera dado cuenta.

Más aún, Dallas todavía no se había dado cuenta.

No entendía cómo podía no saberlo. Lo que hubo entre ellos había sido algo especial. Puro. No como aquellas putas que había llevado a su cama. No como esa aventura ridícula con su hermana, más nauseabunda si cabe desde que apareció en todas las redes sociales y su vergüenza generaba titulares y revolvía estómagos.

Nunca sospechó que fuera tonto, pero tal vez se equivocaba. Porque debería saberlo. Debería entender. Y, sin embargo, no era así.

Pero no pasaba nada. Muy pronto lo haría.

Y entonces…

Bueno, entonces sería suyo de verdad.

Otra vez.

1

Chica desaparecida

No está aquí. ¡Maldita sea, no está aquí!

Un pavor abrasador corría por las venas de Dallas Sykes y el miedo se acumulaba en su estómago como un ácido mientras recorría el fosco barrio residencial de la calle Ochenta y dos, escudriñando cada recoveco, buscando a una mujer que sabía que no estaba allí.

Era tarde, la calle se hallaba desierta y los vecinos dormían a salvo en sus camas, tras las ventanas a oscuras de los edificios del Upper West Side, que se alzaban alrededor de Dallas como el muro de un laberinto ineludible.

«¿Dónde está? ¿Dónde coño está?»

Se trataba de una zona muy sombría; las luces que iluminaban unas pocas puertas eran demasiado tenues como para ser útiles. Dallas utilizó la linterna de su teléfono para aclarar la noche mientras peinaba cada puñetero centímetro de la calle en busca de algún rastro de Jane. Una uña rota. Un zapato.

Incluso, Dios no lo quiera, sangre.

Se estremeció y trató de contener el terror. Aquello no estaba pasando.

Maldita sea, todo era culpa suya. Suya.

Le había ocultado la verdad, pensando que era lo mejor. Que así evitaba que sufriera. Pero aquellos secretos enterrados habían salido a la luz de forma salvaje, cruel y peligrosa. Y ahora ella no estaba. Había desaparecido. Era posible que estuviera muerta… Pero no podía estarlo; esa idea resultaba demasiado horrible, demasiado espantosa como para contemplarla siquiera.

Pero ¿cautiva? Oh, Dios, ¿y si por su culpa la habían arrastrado de nuevo al horror de su infancia?

—Sigue buscando. —La voz firme y controlada de Liam surgió a través del altavoz—. Detecto una señal.

—Por supuesto que voy a seguir buscando —masculló Dallas—. Pero no está aquí. —Su voz se elevó hasta alcanzar el nivel de su miedo—. Y su puto móvil tampoco.

—Tranquilo, Dallas. No puedes ayudarla si pierdes los estribos.

—¡Mierda!

Una nueva avalancha de temor le inundó por dentro y tuvo que agarrar con fuerza su propio teléfono para combatir el deseo casi irresistible de estampar el maldito cacharro contra el suelo. Pero no podía hacerlo. Por muy inútil que fuera su móvil en ese momento, era el medio de conexión con ella.

Jane.

Su corazón. Su alma.

La única persona en todo el mundo a la que anhelaba, necesitaba y amaba más que a nadie.

Liam tenía razón; no podía ayudarla si perdía el control. Si dejaba que el miedo y los recuerdos lo ahogasen.

Decidió que no permitiría que eso pasara. Continuaría en la calle. Buscaría. Seguiría cada pista. Pero al final la encontraría, porque cualquier otra alternativa era inconcebible. La encontraría, la rescataría y luego mataría a la maldita puta que se la había llevado.

Mientras reprimía un estremecimiento, miró de nuevo la imagen que alguien le había enviado desde el móvil de Jane.

Jane. Golpeada y magullada.

Jane. Inconsciente e indefensa en una acera. En esa acera. O al menos en algún lugar próximo, porque Liam había rastreado su móvil hasta aquellas coordenadas. Así que ¿dónde demonios estaba?

Inspiró y exhaló muy despacio.

—¿Estás seguro de que la localización es esta?

—Estoy seguro. Me he conectado con su cuenta. Puedo ver la ubicación de su móvil en el mapa y debe estar en un radio de unos ocho metros.

Dallas asintió. Confiaba en su amigo porque sabía muy bien que no podía confiar en sí mismo. No pensaba con claridad. Lo último que recordaba con cierta nitidez era que estaba en el apartamento nuevo que compartía con Jane, un poco conmocionado después de que ella arremetiera contra él por los secretos que le había estado ocultando. Se marchó hecha una furia y él se obligó a esperar, consciente de que necesitaba desahogar toda su ira. Esperaba que diera un paseo, incluso que visitara a su amigo Brody.

No esperaba que la atacaran. Que la cogieran.

Que se repitiera lo que sucedió cuando eran jóvenes.

Y desde luego, no había previsto recibir en su móvil un mensaje que mostraba a Jane tendida en la calle, con los ojos cerrados y el rostro magullado.

La imagen por sí sola ya era bastante espantosa. Pero lo que de verdad le produjo escalofríos fue la máscara de carnaval que había en el suelo, junto a su cuerpo inerte. Una máscara como la que se ponía la Mujer cuando entraba en su celda hacía diecisiete años. La que utilizaba cuando lo apartaba de Jane. Cuando lo torturaba durante horas, días enteros.

Se le encogió el estómago cuando su mente se llenó de imágenes de lo que ella le había hecho. Solo que esa vez no era él la víctima de los abusos crueles de la Mujer, sino Jane.

«No. Por favor, Dios mío, no.»

—Ni máscara, ni Jane. Joder, Liam, ¿dónde coño está?

—Los chicos van para allá. Empezarán a llamar puerta por puerta. La encontraremos —le aseguró su amigo, aunque Dallas captó el miedo en su voz.

Giró en redondo mientras examinaba la calle vacía en aquella silenciosa área residencial. Jane tenía que estar en alguna parte y quizá la Mujer la había metido en una de aquellas casas de piedra rojiza. Quizá alguien había visto algo, oído algo. Pero la calle estaba vacía. Noah y Tony buscarían testigos en cada una de las viviendas, pero eso requeriría tiempo.

Tiempo que tal vez Jane no tuviera.

Su agresora podía habérsela llevado a cualquier parte, y también podía estar ahí mismo, a solo unos metros, observando desde una ventana, con las manos atadas, amordazada, perdiendo la esperanza al verle dar palos de ciego en la oscuridad.

«¡A la mierda!»

Dallas inspeccionó de nuevo la zona que ya había rastreado. El teléfono no estaba.

Se alejó de la acera y se adentró en la calzada. Lo mismo que dos minutos antes. Salvo…

—La alcantarilla —le dijo a Liam mientras se ponía a cuatro patas y metía el brazo hasta el hombro. Un acto absurdo, porque si el teléfono estuviera ahí abajo, en el desagüe pluvial, se encontraría fuera de su alcance, listo para ser arrastrado por las siguientes lluvias. No podía llegar hasta él, y sin embargo…—. Lo tengo.

Lanzó una maldición al aire. ¿Qué mierda era esta? Tenía el teléfono de Jane, pero no a ella. Y ahora estaba seguro de que ella no se hallaba con su teléfono.

«¡Mierda!»

—Abre sus fotos —ordenó Liam—. No había ninguna información sobre la ubicación oculta ni en la foto ni en el mensaje que te han enviado. Puede que la tomaran en otra manzana, que la atacaran en otro lugar y que se deshicieran del teléfono aquí.

—Estoy en ello —murmuró Dallas.

Se había abierto un resquicio de esperanza en su interior mientras manipulaba la pantalla para abrir la foto. En efecto, encontró información de la ubicación. Leyó las coordenadas GPS a Liam y mantuvo el cuerpo en tensión mientras esperaba a que este le enviara una nueva posición.

—¡Me cago en la puta! —Fue lo único que Liam masculló en voz baja.

Dallas no necesitaba oír más. Sabía lo que eso significaba. El último hilo que lo conectaba con Jane había sido cortado.

Ladeó la cabeza mientras pensaba.

Tal vez no fuera el último después de todo.

—¿Colin está despierto?

—Está volviendo en sí —respondió Liam—. Le hemos metido tranquilizantes por un tubo, pero el efecto está empezando a desaparecer. Estaba a punto de darle una nueva dosis para mantenerlo inconsciente hasta que Quince vuelva de Londres.

—No —dijo Dallas—. Deja que se despierte. Voy para allá.

2

En el estrado

Dallas conocía a Colin West desde que tenía cinco años. Había crecido a su alrededor. Consoló a Jane cuando las decisiones estúpidas de Colin la pusieron en peligro. La abrazó cuando Lisa, su madre, presentó una demanda para retirarle los derechos paternos a Colin con el fin de que Eli, el tío de Dallas y su padre adoptivo, pudiera adoptarla también, convirtiéndolos a Jane y a él en hermanos de pleno derecho.

No tenía ninguna duda de que Colin podía ser un capullo. A fin de cuentas, el tío había cumplido condena por uso de información privilegiada, seguida de una segunda pena por fraude fiscal. Había tomado malas decisiones y había andado con malas compañías.

Pero también lo había visto consolar a Jane después del secuestro. Cuando ella estaba confusa y vulnerable y necesitaba alejarse de su familia. Lo más doloroso era que intentaba escapar de Dallas. Su relación, su pasión, los había mantenido vivos durante su cautiverio. Pero eso fue la única cosa que no podían sacar de entre aquellas paredes de hormigón.

Así que ella se marchó. Se encerró en sí misma. Y acudió a Colin en busca de apoyo.

Dallas odiaba la distancia, pero agradecía la presencia de Colin, que al parecer había dejado a un lado su aflicción por haber perdido los derechos paternos para estar al lado de su hija. De hecho, estaba tan agradecido que Colin y él forjaron su propia amistad unos años después, cuando se convirtió en adulto. Y con el paso del tiempo, Colin y su nueva esposa, Adele, habían pasado a formar parte de su círculo de amigos.

Ni una sola vez había sospechado que Colin pudiera haber sido la fuerza tras el secuestro. Jamás se le había pasado por la cabeza que el hombre que le vio crecer, al que Jane todavía quería como a un padre, había sido el Carcelero. El hombre que los encerró en una habitación. Que le susurró que merecía todo el calvario que padecía en cautividad.

El hombre que permitía a la Mujer poner en práctica sus juegos sexuales sádicos con un chico de quince años.

Ahora sospechaba que era él. Joder, lo creía.

Le daba náuseas, pero lo creía.

Y mientras recorría a toda velocidad la calle casi desierta en la Ducati Darmah clásica que había comprado cuando estaba en la universidad, lo único en lo que podía pensar era que tenía que llegar hasta Colin. Tenía que encontrar a Jane. Porque, al fin y al cabo, ella era lo único que importaba. Y cuando estuviera en la misma habitación que ese hijo de puta, era imposible que Colin saliera de allí con vida hasta que obtuviera respuestas.

Hizo un giro cerrado a la derecha y se abrió al ver que esa calle estaba despejada. Sabía que iba demasiado rápido, pero no podía reducir la velocidad. No cuando los recuerdos de Colin le llenaban la cabeza. No mientras intentaba escapar del recuerdo persistente del rostro de Jane cuando le pidió que se marchara.

Y mucho menos cuando la voz del Carcelero todavía le susurraba al oído, tan clara y tan dura como hacía casi dieciocho años: «¿Crees que ese hombre al que llamas padre va a venir a por ti? ¿Crees que te quiere lo suficiente como para pagar el precio de recuperarte? Más vale que sí. Más vale que seas para él algo más que otra puta pieza que colocar en la repisa de su chimenea. Una adquisición más en la gran colección de Eli Sykes. Te voy a contar un secreto: yo también lo espero. Porque no vales el aire que respiras. Y si él no paga para que vuelvas, no sé por qué demonios debería molestarme en mantenerte con vida».

Agarró el manillar con violencia y frenó a dos manzanas de su destino, resollando. Se quedó así un momento, contemplando un supermercado medio derruido en East Harlem mientras se esforzaba por apartar los recuerdos y organizar sus pensamientos.

Ya no era un adolescente asustado. Era un hombre adulto y, además, poderoso. Y tenía intención de ejercer un poco de ese poder ahora mismo.

Era hora de apartar sus malditos recuerdos.

Y de recuperar a Jane.

Había transcurrido más o menos una hora desde que recibió aquel espantoso mensaje de texto y cada segundo que pasaba era como un puñal clavado en el estómago. Jane necesitaba que él se centrase. Que fuera listo.

Necesitaba que la encontrara, que la protegiera como siempre había prometido que haría. Y no pensaba fallarle.

Decidido, se bajó de la moto y se dirigió a pie hacia el edificio que Liberación había comprado hacía dieciocho meses y cuya titularidad estaba oculta tras un muro impenetrable de empresas fantasma y falsos inversores extranjeros.

De cara al público, el mercado destartalado del cambiante barrio estaba siendo demolido y convertido en un proyecto residencial de lujo. Lo que era técnicamente cierto. Solo que la transformación iba a paso de tortuga. Y mientras, el proyecto era el camuflaje perfecto para la entrada al centro de operaciones de Liberación en Manhattan.

Dallas había fundado Liberación con la esperanza de localizar a quienes les secuestraron a los dos hacía diecisiete años. Ahora, cinco hombres —Liam, Quince, Tony, Noah y él— componían el equipo de mercenarios de élite supersecreto que hacía lo que fuera necesario para localizar y rescatar a víctimas de secuestro. Pero jamás imaginó que utilizaría los recursos de Liberación para buscar a Jane, y lo irónico de esa realidad era un peso muerto en sus entrañas.

Irónico o no, daba gracias porque Liberación existiera. Puede que hubiera sido creación suya, pero él no era más que una pequeña parte del engranaje que hacía que la organización fuera tan eficaz. La había dotado de hombres a los que conocía y en los que confiaba. Y, lo más importante, que eran excepcionalmente buenos en sus trabajos. En ese momento, Liam se hallaba dirigiendo la operación desde el centro. Noah y Tony enarbolaban unas placas de policía falsas y recorrían puerta por puerta la calle del Upper West Side, donde había encontrado el teléfono móvil de Jane. Y Quince, que además era agente del MI6, estaba de camino desde Londres.

Si se tratara de cualquier otra misión, Dallas querría a Quince en la sala de interrogatorios. Al fin y al cabo, ese hombre había adquirido un conjunto de habilidades únicas. Pero esta vez agradecía que su amigo estuviera ausente, porque lo único que quería en ese momento era rodear el cuello de Colin con sus manos hasta que el muy hijo de puta lo confesara todo. Hasta que revelara quién era la Mujer y adónde se había llevado a Jane.

Dallas mantuvo la gorra calada sobre los ojos mientras recorría a toda prisa la calle y se adentraba en la zona de obras. Cruzó con rapidez al amparo de las paredes temporalmente cubiertas de andamios y escombros, hasta que salió al espacio al aire libre entre la antigua tienda de comestibles y el edificio siguiente, un bloque de apartamentos de seis pisos en obras perteneciente a las empresas ficticias de Liberación. Supuestamente, claro. Utilizó un código para entrar y bajó las escaleras hasta el pequeño sótano antes de atravesar una serie de puertas de seguridad y llegar al centro de operaciones instalado en las entrañas de hormigón.

Lo más seguro era que semejantes precauciones no fueran necesarias, pero Liberación había mantenido un anonimato absoluto durante años y parte de su éxito radicaba en las estrictas reglas y procedimientos que el equipo seguía al pie de la letra.

Dallas lo sabía.

Y también sabía que estaba a punto de lanzar un gigantesco «que les den» a esas reglas. Quería la cabeza de Colin en una bandeja. Necesitaba respuestas. Las quería ahora, y las normas podían irse a la mierda.

Cruzó el centro tecnológico sin apenas reparar en Liam, que permanecía trabajando en el ordenador mientras hablaba por un auricular con manos libres. No, su atención estaba centrada por completo en la sala de interrogatorios mientras se dirigía decidido hacia allí.

La puerta se hallaba cerrada y sellada por partida doble, una señal inequívoca de que era allí donde Colin permanecía retenido. Solo para verificarlo, levantó la vista hacia los monitores de vídeo y vio al hombre al que había considerado un amigo sentado y amordazado en la única silla disponible, con los tobillos sujetos a las patas metálicas y las manos atadas con firmeza a la espalda.

—¿Dallas? —Apenas escuchó la voz de Liam—. Espera, tío.

Ni siquiera aminoró el paso. Joder, apenas se detuvo mientras introducía la contraseña, esperaba con impaciencia a que se abrieran las puertas, irrumpía en tromba en la sala claustrofóbica y cerraba desde dentro con su código personal.

Un instante después, le asestó un puñetazo en la mandíbula a Colin, que cayó al suelo con silla y todo.

Se colocó a horcajadas sobre él, retorciéndole el cuello de la camisa con una mano mientras le arrancaba la mordaza con la otra; Colin resollaba y tenía los ojos desorbitados y vidriosos.

—¿Dallas? —Su voz sonó débil, apenas un hilillo—. Gracias a Dios. Sácame de aquí. Estos hombres… me han…

—¡Cierra la puta boca! —Dallas levantó la silla, incorporándolo por la fuerza, y luego se situó delante del hombre que en ese momento se encogía de miedo, como si se replegara dentro de sí mismo—. ¿Quién es? ¿Quién es la Mujer? ¿Quién coño es? ¿Y adónde demonios se ha llevado a Jane?

Colin meneó la cabeza mientras una retahíla casi incoherente de negaciones escapaba de sus labios.

—No sé de qué estás hablando. Por favor, Dallas, ¿qué ocurre? ¿Por qué estás aquí? ¿Por qué estoy yo aquí? No entiendo nada. ¿Le ha sucedido algo a Jane? Dallas, ¿qué está pasando con mi pequeña?

Las palabras brotaban de su boca con rapidez y furia. Dolor, miedo y pesar parecían impregnar cada arruga de su rostro y durante un momento, un solo momento, Dallas dudó. Quería creer que Colin era inocente. Que su amigo jamás le habría hecho daño. Que nunca los habría metido en una celda de hormigón. Que no los habría matado de hambre ni los habría torturado.

Deseaba creer, y ese deseo era como una tenaza alrededor de su corazón.

Pero el deseo no podía con la verdad y Dallas había visto demasiado. Sabía demasiado. Su equipo había cumplido con su trabajo y las pruebas eran irrefutables.

Apretó los puños en un intento de aplacar la ira que se retorcía dentro de él como una fiera enjaulada.

—¿Quién es ella?

Las palabras surgieron con dureza a través de los dientes apretados.

—¿Ella? —Colin parpadeó, frunciendo el ceño como si necesitara concentrarse—. ¿Jane?

Dallas estalló; se le encogió el corazón cuando abofeteó con fuerza la mejilla de Colin, haciendo que la cabeza del hombre girara de forma violenta hacia un lado y arrancándole un grito de sorpresa y de dolor.

—La Mujer, puta escoria. La zorra que colaboró contigo en Londres. La que nos torturó, la que…

Las palabras se le atascaron en la garganta, ahogándole, y se sobresaltó al darse cuenta de que las lágrimas le anegaban los ojos. Propinó una patada violenta a la silla de Colin y se dio la vuelta, tratando de recobrar la compostura. No podía perder los estribos. Ahora no. No cuando necesitaba respuestas con desesperación. No mientras ella siguiera desaparecida. No cuando tenía que encontrarla. Salvarla.

Tomó aire y se volvió de nuevo hacia Colin. Ahora su prisionero, no su amigo.

Se acercó y apoyó las manos en sus hombros, atrapando al hombre y reprimiendo de paso las ganas de volver a utilizar los puños.

—¿Sabías que nos estábamos acercando? ¿Le has echado encima a la Mujer? ¿Esa zorra patética se ha llevado a Jane para obtener ventaja? ¿Lo habéis planeado todo? ¿Quién coño es ella, Colin? ¿Dónde tiene a Jane?

—Dallas, Dallas, por favor. No lo entiendo. ¿Qué le ha pasado a Jane? Yo… no sé de qué estás hablando. ¡Ay, Dios mío! Ay, Dios mío, ¿qué te ocurre? ¿Qué estás haciendo? —Estaba llorando y la voz se le quebraba mientras suplicaba—. Yo nunca le haría daño a Jane. Nunca te haría daño a ti. Lo sabes… ¿Es que no lo sabes?

—Puto mentiroso. Jodido psicópata. ¿De verdad pensabas que podrías colarte en nuestras vidas? ¿De verdad creías que no íbamos a descubrirlo?

—No, yo…

—Dímelo —exigió, desplazando la mano derecha hasta su cuello—. Dime la verdad ahora mismo, dime dónde está, dime quién es la Mujer, o te juro que este será tu último aliento.

Apretó y observó mientras los ojos de Colin se salían de sus órbitas. Su rostro se puso rojo y luego grisáceo. Abrió la boca, pero no para hablar, sino en busca de una bocanada de aire que no iba a conseguir. Dallas quería hacerlo. Quería arrancarle los últimos jirones de vida, destruir al hombre que los había destrozado a Jane y a él. Castigar al hombre que había dejado que aquella puta le torturara hacía tantos años y que sin duda ahora estaba torturando a Jane.

Apretó más; en algún lugar profundo de su interior sabía que tenía que soltarlo, dejar que hablara. Pero otra parte aún mayor, más poderosa, había asumido el control. Necesitaba acabar con Colin, poner fin a aquello. Necesitaba castigar. Destruir.

Necesitaba a Jane.

Y, maldita sea, no sabía cómo recuperarla.

—¡Dallas! —Unas manos fuertes le agarraron de la parte superior de los brazos y tiraron de él con energía, obligándolo a soltar la garganta de Colin—. Contrólate, tío. No puedes matarle. Le necesitamos para averiguar quién atacó a Jane.

—Fue él. —Dallas hablaba entre resuellos, esforzándose por respirar—. Estuviera o no en la calle, es quien tira de los hilos, como siempre.

—Es posible. —La ira comenzaba a abandonar los oídos de Dallas. Reconoció la voz de Liam y se dio cuenta de que su amigo había utilizado el código de desactivación para entrar—. Pero ¿crees que Jane te perdonará si le matas, sobre todo si lo haces sin permitir que antes hable con él?

Las manos fuertes de Liam seguían sujetándole con firmeza, pero Dallas consiguió zafarse, impulsado por el temor de que Jane ya estuviera muerta.

—El muy hijo de puta se merece todo el dolor que pueda infligirle. Merece morir de hambre, pudrirse. Merece soportar lo peor que podamos hacerle por lo que hizo. —Miró a Liam a los ojos—. ¿Es que no lo entiendes?

Vio el dolor y el pesar surcar el rostro de su amigo antes de endurecerse de nuevo; luego movió la cabeza despacio.

—Lo entiendo —afirmó con rotundidad—. Joder, Dallas, tú sabes lo que yo perdí. Pero tú no has perdido a Jane, aún no. Ella está viva —prosiguió antes de que Dallas pudiera interrumpirle—. ¿Me has oído? Jane está viva.

Sus piernas cedieron al oír las palabras, sus rodillas fueron incapaces de seguir sosteniéndole y cayó al suelo.

—¿Qué? —preguntó como atontado—. ¿Qué estás diciendo?

—Digo que la hemos encontrado. Dallas, hemos encontrado a Jane.

3

La bella durmiente

Hay luz, luego dolor. Estoy confusa; no estoy segura de dónde estoy ni de quién soy.

Pero entonces las palabras cobran nitidez y me doy cuenta de que en este lugar me siento segura. Bien. He luchado para no despertar, para seguir inconsciente, porque temía lo que encontraría cuando abriera los ojos. Oscuras y húmedas paredes. Un colchón mohoso. Un cubo de plástico que haría las veces de retrete. Trozos de pan rancio que debería tragar con la ayuda de agua caliente y sucia.

En cambio, esta habitación es acogedora. Sencilla, pero rebosante de luz. Tengo calor, no frío. Y la mujer que está a mi lado con lágrimas en los ojos me sonríe con tanto amor y ternura que mi temor y mi confusión desaparecen; no hay espacio dentro de mí para otra emoción que no sea la dicha.

«Es esto —pienso—, esto es lo que se siente al nacer.»

El asombro sustituye al temor. La luz aniquila la oscuridad. Y alguien que te ama te espera al final.

—¿Mamá?

Las palabras son como un bálsamo para mis labios secos y agrietados.

—¡Jane! ¡Oh, mi dulce pequeñina! —Me agarra de la mano con fuerza—. ¡Gracias a Dios que estás despierta!

—¿Qué ha pasado? —Miro a mi alrededor e inspecciono el resto de la habitación mientras el pánico me invade de nuevo. Observo las ventanas a mi izquierda y luego a mi m …

  • Grijalbo (5 de junio de 2018)

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