[Fragmento] Traviesa criatura sensual (Wild Seasons #2) de Christina Lauren

Segunda entrega de «Wild Seasons», la nueva serie romántica erótica de Christina Lauren, la autora de Beautiful Bastard.

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Harlow ha viajado a Las Vegas junto a sus dos mejores amigas, Mia y Lola, para celebrar su reciente graduación. Después de una noche fantástica con Finn y de un matrimonio tan inesperado como alocado que ha durado apenas 12 horas, su intención es seguir adelante con su vida.

Tanto Finn como Harlow saben que es muy probable que vuelvan a verse ocasionalmente, puesto que tienen amigos en común, pero lo que ninguno de los dos sospecha es que lo que sienten el uno por el otro va más allá de una divertida e irrefrenable pasión.

Cuando ambos se enfrenten a los serios problemas que sus obligaciones familiares les plantean, descubrirán que la necesidad que siente el uno por el otro es más profunda que la simple sensualidad y que quizás ansíen estar juntos de mil maneras posibles.


Fragmento

Capítulo 1

1

Harlow

Irrumpo en el mediocre Starbucks de este vecindario mediocre con la esperanza de olvidar el segundo peor polvo de mi vida. Toby Amsler es tremendamente ligón, sexy y por añadidura pertenece al equipo de waterpolo de la Universidad de California en San Diego: lo tenía todo para una noche de tórrida diversión a lo grande.

Publicidad engañosa al máximo.

Verás, en lo que a posible interés amoroso se refiere, los tipos pertenecen a una de estas tres categorías básicas: mujeriego, incomprendido o niño de mamá. Sé por experiencia que hay mujeriegos de todas las formas y los tamaños: la estrella de rock obscena, el quarterback musculoso e incluso, de vez en cuando, el irresistible empollón atractivo. ¿Su punto fuerte en la cama? Por lo general el vocabulario soez y la resistencia, dos cosas a las que soy muy aficionada. Lamentablemente, no implican necesariamente habilidad.

El incomprendido suele ser un artista, un surfista tranquilo o un músico sentimental. Casi nunca saben qué demonios hacer, pero al menos están dispuestos a ponerle empeño durante horas.

Al niño de mamá es más fácil detectarlo. Aquí, en La Jolla, suele conducir el Lexus de segunda mano de su madre, en perfecto estado. Se quita los zapatos en cuanto cruza la puerta y siempre te mira a los ojos mientras habla. En la cama, el niño de mamá aporta escasos beneficios, pero al menos tiende a ser pulcro.

Toby Amsler ha resultado ser una infrecuente mezcla de niño de mamá y mujeriego; exponencialmente peor en la cama, por tanto. Lo único más incómodo que su destreza oral de aspiradora es que su madre te despierte con té y Cheerios a las seis de la mañana, sin haber llamado a la puerta. Me han despertado de maneras mejores.

No sé por qué me sorprende. A pesar de lo que las películas y la música hacen creer a las mujeres, todos los tíos son unos incompetentes en lo referente al orgasmo femenino. Aprenden sexo viendo porno y, en el porno, el objetivo es que la cámara saque una buena toma y a nadie le importa si a la chica le funciona, porque, de todas formas, fingirá que le encanta. El sexo se vive de cerca y por dentro, no a la distancia de la cámara. Eso los tíos lo olvidan, por lo visto.

Todavía no se me ha normalizado el pulso y la pareja que tengo delante pide a ritmo de caracol. Él pregunta: «¿Qué le conviene a alguien a quien no le gusta el café?».

«Una cafetería seguro que no», me gustaría soltarle. Pero no lo hago y me recuerdo que no es culpa de este hombre en concreto que todos los hombres sean unos inútiles, que estoy frustrada y de mal humor.

Juro que no tengo tendencia a dramatizar. Simplemente, llevo una mañana pésima y tengo que respirar.

Cierro los ojos e inspiro profundamente. Así. Mejor.

Me aparto y frunzo el ceño ante el mostrador de pasteles barajando mis opciones. Entonces me quedo quieta y parpadeo dos veces antes de achicar los ojos y fijarme mejor en la vitrina. O, más bien dicho, en lo que se refleja en el cristal.

«¿Ese que está de pie detrás de mí no es… Finn Roberts?»

Me inclino hacia delante para distinguir lo que se ve junto a mi propio reflejo y, en la cola, justo detrás de mí, efectivamente, está… Finn. Inmediatamente hago un repaso mental. ¿Por qué no está en Canadá? ¿Dónde estoy yo? ¿Estoy despierta? ¿Estoy teniendo una pesadilla con Finn Roberts en la cama de agua individual de Toby Amsler?

Trato de convencerme de que es un efecto de la luz. A lo mejor el cerebro se me ha cortocircuitado definitivamente esta mañana en que daría el brazo izquierdo por un orgasmo: seguro que eso me haría pensar en Finn, ¿no?

Finn Roberts, el único tío que ha conseguido eludir mi conveniente estrategia de las clases de hombre; Finn Roberts, el notable ex marido de doce horas de borrachera en Las Vegas, bueno con las manos, los labios y el cuerpo, el que consiguió que me corriera tantas veces que me dijo que creía que me había desmayado.

Finn Roberts, que también resultó ser un gilipollas.

Un efecto de la luz. No puede ser él.

Pero echo un vistazo fugaz por encima del hombro y me doy cuenta de que sí que lo es. Lleva una gorra de marino calada hasta los ojos avellana con las pestañas más largas y espesas que he visto en mi vida. Luce la misma camiseta verde seco con el logo blanco de la empresa de pesca de su familia con la que lo sorprendí en su ciudad natal hace poco más de un mes. Tiene los brazos bronceados y musculosos cruzados sobre el pecho.

Finn está aquí. Joder. Finn está aquí.

Cierro los ojos y gimo. Mi organismo reacciona a un horrible reflejo: inmediatamente siento una suave calidez, arqueo la columna como si él me estuviera empujando por detrás. Recuerdo el primer momento en que supe que estaríamos juntos, en Las Vegas. Borracha, lo señalé y dije en voz alta para que todos lo oyeran: «Seguramente esta noche me lo follaré».

Él se inclinó hacia mí y me dijo al oído: «Qué bien. Pero prefiero ser yo el que te folle».

Y sé que si ahora oigo su voz profunda, tranquila como el agua remansada y un poco cavernosa por naturaleza, con lo excitada que estoy, seguramente tendré un orgasmo aquí mismo, en la cafetería.

Sabía que tendría que haber esperado e ido en coche a Pannikin a tomar mi acostumbrado chute de café matutino. Cuento en silencio hasta diez. Una de mis mejores amigas, Mia, dice en broma que solo me callo cuando estoy sorprendida o enfadada. Ahora estoy tanto una cosa como la otra.

El camarero escuálido se estira hacia mí para que le haga caso.

—¿Quiere probar nuestro moca especiado?

Asiento sin comprender.

«Un momento. ¿Qué? No. ¡Qué asquerosidad!» Una diminuta pizca de mi cerebro que todavía funciona le ordena a gritos a mi boca que pida lo de siempre: café americano, solo. Pero me quedo paralizada, muda de aturdimiento, mientras el camarero de Starbucks anota mi pedido con un rotulador negro. Confusa, le pago y meto la cartera en el bolso.

Recobro la compostura y, cuando me vuelvo para esperar el café, Finn me mira a los ojos y sonríe:

—¡Eh, Pelirroja!

Vuelvo solo la cabeza para estudiarlo. Esta mañana no se ha afeitado y se le ve la sombra oscura de la barba incipiente. Tiene el cuello muy bronceado de haber trabajado todo el verano en el mar. Me permito repasarlo de arriba abajo, porque, seamos realistas, sería tonto no disfrutar de esa planta antes de decirle que se vaya a la mierda.

Finn tiene la constitución de un superhéroe de los cómics de Lola: ancho de pecho y estrecho de cintura, con los brazos desarrollados y las piernas musculosas. Da la sensación de impenetrabilidad, como si esa piel dorada suya recubriera titanio. Lo que intento decir, Dios, es que este hombre trabaja con las manos, suda trabajando, jode de un modo vocacional y lo ha criado un padre que espera de sus hijos, más que nada, que sean buenos pescadores. Me parece que cualquiera de los tíos que conozco parecería un entremés a su lado.

La sonrisa se le ensancha y ladea un poco la cabeza.

—¿Harlow?

A pesar de que la sombra de la gorra le oculta en parte los ojos, juraría que los abre cuando alzo los míos. Y ahora recuerdo que su mirada es como un gancho. Cierro los ojos y sacudo la cabeza, intentando serenarme. Me da igual derretirme si la situación lo requiere, pero detesto esta sensación cuando amenaza con desplazar mi más que merecida y justificada indignación.

—Espera. Estoy meditando la respuesta.

Frunce el ceño, confundido. Al menos a mí me lo parece. Sospecho que Finn expresa igual la emoción, la impaciencia, la frustración y la concentración. No es lo que se dice un libro abierto.

—¿Bien…?

Bien, ahí está el problema. Después de nuestra aventura matrimonial en Las Vegas, tomé un vuelo para ir a verlo. Me presenté nada menos que en Vancouver completamente desnuda debajo del abrigo. ¡Sorpresa! Tuvimos sexo casi diez horas seguidas: sexo agitado, ruidoso, encima de todas las superficies planas disponibles. Cuando le dije que tenía que irme al aeropuerto se limitó a sonreír, se estiró para coger el teléfono de la mesilla de noche y llamó un taxi. Se me acababa de correr en las tetas y llamó un taxi para que me llevara al aeropuerto. De hecho, el taxi paró detrás del Ford F-150 rojo cereza nuevecito de Finn.

Concluí, con tranquilidad, sorprendentemente, que no estábamos hechos el uno para el otro, ni siquiera para algún que otro encuentro cruzando la frontera, y di el asunto por zanjado.

Así que, ¿por qué me enoja tanto que esté aquí?

El camarero le ofrece la misma bebida especial, pero él, con una mueca de leve asco, la rechaza y pide dos cafés americanos solos.

Eso todavía me cabrea más. Su razonable reacción tendría que haber sido la mía.

—¿Qué demonios haces en mi cafetería?

Abre unos ojos como platos y articula en silencio varias palabras antes de hablar realmente.

—¿Esta cafetería es tuya?

—¿Estás colocado, Finn? Esto es un Starbucks. Quiero decir que vivo aquí.

Cierra los ojos, suelta una carcajada y el modo en que la luz le da en la mandíbula y el hecho de que sé exactamente cómo notaría su barba en la piel… ¡Uf!

Ladeo la cabeza, mirándolo fijamente.

—¿Dónde está la gracia?

—Realmente se me ha pasado por la cabeza que este Starbucks podía ser tuyo.

Pongo los ojos en blanco, cojo mi taza y salgo del local.

Mientras voy hacia el coche estiro el cuello y hago rodar los hombros. «¿Por qué estoy tan irritada?»

No es que esperara que hubiera una carroza a mi disposición cuando me presenté sin avisar en aquella casita junto al mar. Ya me había acostado con él en Las Vegas, así que sabía que nada de ataduras, ese era el trato. Evidentemente, estaba allí porque quería sexo del bueno. En realidad, quería… —no, necesitaba— confirmar que el sexo con él era tan bueno como recordaba.

Era mucho mejor.

Así que, obviamente, es la resaca de mal sexo con Toby Amsler lo que me tiene inquieta. Este encuentro fortuito con Finn habría sido muy diferente si no acabara de salir de la cama del primer tío con el que me he acostado desde que lo hice con él, el primer tío con el que he estado en dos meses, y si la experiencia no hubiera sido tan poco satisfactoria.

Oigo pasos en el asfalto, detrás de mí, y voy a volverme cuando una mano fuerte me agarre por el bíceps. Finn me sujeta con más fuerza de la pretendida, me parece, de modo que el espantoso café especiado se me cae al suelo y por poco no me salpica los zapatos.

Lo miro exasperada y arrojo la taza vacía en un contenedor de basura pegado a la acera.

—¡Eh, venga! —me dice sonriendo levemente. Me tiende la taza que lleva en equilibrio encima de la suya—. Si no ibas a beberte eso. El instantáneo con aroma a vainilla que tenía en casa ni lo tocaste.

Acepto el café que me ofrece, le doy las gracias entre dientes y aparto la cara. Me estoy comportando exactamente como la clase de mujer que nunca he querido ser: abandonada, una mártir ofendida.

—¿Por qué estás cabreada? —me pregunta.

—Solo estoy preocupada.

—¿Es porque hiciste el viaje hasta Vancouver, apareciste en mi casa en gabardina sin nada debajo en pleno julio y te follé sin ningún miramiento? —me dice, haciendo caso omiso de mi respuesta, con una suficiencia que me indica que piensa que es imposible que esté cabreada por eso.

Puede que esté en lo cierto.

No respondo de inmediato sino que lo estudio un momento.

—¿Te refieres al día en el que ni te molestaste en ponerte algo para llevarme al aeropuerto?

Parpadea y alza un poco la barbilla.

—Me salté un turno cuando te presentaste. Jamás me salto uno. Me fui a trabajar en cuanto llegó el taxi.

Esto… Esto es nuevo para mí. Incapaz de seguir mirándolo a los ojos me fijo en el ajetreo que hay a su espalda, en la calle.

—No me dijiste que tuvieras que trabajar.

—Sí que lo hice.

Noto que aprieto la mandíbula cuando vuelvo a mirarlo a la cara.

—Que no.

Suspira, se quita la gorra, se revuelve el cabello desgreñado y vuelve a calársela.

—Está bien, Harlow.

—En cualquier caso, ¿qué haces aquí? —le pregunto.

Entonces todo encaja: Ansel está aquí para visitar a Mia, y mañana todos iremos a la inauguración de Downtown Graffick, la tienda de cómics de Oliver. Finn el canadiense, Ansel el parisino y el australiano Oliver: los novios de Las Vegas. Cuatro conseguimos rápidamente la anulación de nuestro matrimonio de pacotilla, pero Mia y Ansel han decidido darle una oportunidad al suyo. Lola y Oliver se han hecho amigos, unidos por su pasión por el cómic y la novela gráfica. Así que, nos guste o no, Finn y yo tendremos que formar parte de esta pandilla de colegas que no encajan. Tenemos que aprender a ser civilizados, con la ropa puesta.

—Ya —murmuro—. La inauguración de este fin de semana. Estás aquí por eso.

—Ya sé que no tienen Seventeen ni Cosmo, pero deberías venir y echarle un vistazo de todos modos —me dice—. La tienda es bonita.

Me llevo la taza de café a la nariz y olfateo. Café negro sin adulterar. Perfecto.

—Claro que iré. Oliver y Ansel me caen bien.

Se acaricia los labios con la palma, sonriendo apenas.

—Así que estás enfadada por lo del taxi.

—No estoy enfadada. Esto no es una riña de amantes ni una pelea. Tengo una mala mañana, eso es todo.

Me observa achicando los ojos, repasándome de la cabeza a los pies. Es tan observador que me sonrojo. En cuanto vuelve a sonreír sé que ha deducido que no vengo de casa.

—Llevas el pelo alborotado, pero lo interesante es que pareces un poco necesitada, como si no hubieras conseguido lo que te hace falta allí donde hayas estado.

—¡Que te jodan!

Finn se me acerca más, con la cabeza un poco ladeada y esa sonrisita suya tan exasperante.

—Pídemelo por favor y dejaré que lo hagas tú.

Lo aparto con la palma de la mano, empujándole el espléndido pecho, tan duro, riéndome.

—¡Largo!

—¿Por qué quieres que me vaya ahora?

—Porque te hace falta una ducha.

—Oye, no volveré a perseguirte si huyes, pero tendremos que vernos de vez en cuando. Vamos a tratar de portarnos como adultos.

Me da la espalda sin esperar mi respuesta y oigo el gorjeo de la alarma de su furgoneta cuando abre la puerta.

Pongo morros y le hago la peineta mientras se aleja, pero de repente el corazón me da un vuelco y noto la descarga de adrenalina.

Finn se está subiendo a la misma furgoneta rojo cereza que estaba estacionada delante de su casa. Sin embargo, ahora está polvorienta y llena de la porquería acumulada a lo largo de un viaje de kilómetros y kilómetros. Lo que plantea un interrogante. Si solo ha venido a pasar el fin de semana, ¿por qué se ha traído la furgoneta desde Vancouver?

No tengo tiempo para meditar acerca del asunto porque me suena el móvil que llevo en el bolsillo y lo saco. Un mensaje de mi madre llena la pantalla. «¿Vienes a casa inmediatamente, por favor?»

Yo arreglo las cosas.

A los cuatro años rompí el collar preferido de mi madre probándomelo y me pasé tres horas en la casa del árbol intentando pegarlo. Lo único que conseguí fue pegarme unos cuantos dedos. El último curso, cuando a Mia la atropelló una camioneta y casi se queda paralítica, me pasé sentada a su lado cada uno de los días del verano que pasó escayolada de los pies a la cintura. Sabía que si estaba sentada con ella el tiempo suficiente necesitaría algo y allí estaría yo, para lo que fuera. Le llevaba DVD y ridículas revistas para adolescentes. Le pintaba las uñas y llegué al extremo de colar en su habitación cosas tan extrañas como cócteles, a su novio Luke o al gato, solo para verla sonreír. Cuando mandaron al padre de Lola a Afganistán —y cuando volvió trastornado y diferente y su madre los abandonó a los dos para siempre— les llevaba comida de la tienda y cenas, cualquier cosa que les quitara el agobio aunque fuera mínimamente. Y cuando Ansel pensaba demasiado como un hombre para arreglar las cosas con Mia también me entrometí.

Si mis amigos necesitan algo, lo hago. Si alguien a quien quiero no es capaz de resolver un problema, encuentro la solución. A las duras y a las maduras, eso hago.

Así que cuando estaciono en el camino y me siento al lado de mi hermana pequeña y frente a mis padres en nuestra espaciosa y feliz sala de estar —una sala que ahora mismo me parece una tumba—, me pongo inmediatamente a la defensiva. Un día normal, nuestra familia es ruidosa. Ahora estamos en silencio. Tengo la sensación de que debería saludar susurrando. Las cortinas no están corridas, pero la espesa niebla marina que hay fuera oscurece el espacio y lo vuelve sombrío.

La familia es y siempre ha sido el centro de mi mundo. Mi madre era actriz cuando se casó con mi padre, cuya carrera no despegó hasta que yo empecé el instituto. Así que, de pequeña, papá y yo viajábamos con mamá de un plató de rodaje a otro. Hasta que nació mi hermana Bellamy, cuando yo tenía seis años, pasábamos casi todo el tiempo los tres juntos.

Papá es el emocionalmente intuitivo, el que educa, todo energía creativa y pasión. Mamá es la fuerza central hermosa y tranquila de nuestra familia, que lleva la casa con un guiño detrás de los anchos hombros de mi padre. Ahora, sin embargo, está sentada a su lado, con una mano de él entre las suyas, y desde el otro lado de la mesa de centro veo que suda.

Me parece que van a decirnos que venden la casa. (Me plantaría en el camino de entrada hasta que retrocedieran.) Que se mudan a Los Ángeles. (Me daría algo.) Que tienen problemas y que van a pasar una temporada separados. (Esto no lo puedo ni entender.)

—¿Qué pasa? —pregunto despacio.

Mamá cierra los ojos e inspira profundamente.

—Tengo cáncer de mama —nos dice, mirándonos a la cara.

Los centenares de palabras que siguen a estas cuatro me parecen confusas y borrosas, aunque capto lo suficiente para enterarme de que mamá tiene un tumor de aproximadamente tres centímetros en el pecho y que le han encontrado células cancerosas en varios ganglios linfáticos. Papá se lo descubrió una mañana que estaban en la ducha —me alivia demasiado que se lo encontrara como para flipar con esto— y no ha querido decirnos nada hasta saber más. Ha optado por una mastectomía seguida de quimioterapia. La intervención está programada para el lunes… dentro de tres días.

Todo pasa demasiado rápido y, para una que arregla cosas como yo, no lo bastante deprisa. Puedo recitar preguntas de un tirón como si las estuviera leyendo en un libro: ¿Has pedido una segunda opinión sobre la biopsia? ¿Cuál es el tiempo de recuperación tras la intervención? ¿Cuánto habrá que esperar después para empezar con la quimio? ¿Qué medicamentos te darán? Pero estoy demasiado aturdida para saber si la andanada de preguntas es una reacción apropiada.

Cuando papá ha dicho que encontró el bulto, Bellamy se ha echado a reír e inmediatamente a sollozar, histérica. Mamá parecía una autómata por primera vez en su vida mientras detallaba lo que el médico le había dicho. Papá, algo impropio de él, no decía ni mu.

Así que lo que digo es: ¿Cuál es la reacción apropiada cuando el centro de tu mundo se entera de que es mortal?

Cuando termina de contarnos todo lo que sabe —y nos ha prometido que se siente fuerte y que está bien, de verdad—, nos dice que quiere acostarse y pasar un rato a solas. Yo apenas puedo respirar, sin embargo, y por la cara que pone papá, él se siente muchísimo peor.

Bellamy y yo vemos Cluedo a un volumen prácticamente inaudible. Ella se ha acurrucado en mi regazo y papá se ha marchado por el pasillo a su dormitorio. Leo en el buscador del móvil todas las páginas que encuentro sobre el cáncer de mama en estadio tres y, con cada nueva información, pongo al día mentalmente las posibilidades de supervivencia de mi madre. Pasan los créditos y la pantalla se queda en blanco antes de que me dé cuenta de que la película ha terminado.

Ahora no puedo hacer nada, sin embargo. Mamá no quiere que hagamos nada; no quiere que yo la cuide. Quiere que «vivamos nuestra vida» y que «no dejemos que esto nos impida pensar en nada más».

¿Tan poco nos conoce a papá y a mí?

Apenas unas horas después de que nos lo haya contado, este cáncer se ha convertido en una criatura, en una entidad viva que respira y que ocupa tanto espacio en casa como cualquiera de nosotros. No puedo pensar en otra cosa, es lo único que veo cuando la miro. Y no tengo ni idea de qué hacer conmigo misma.

—Creía que esta noche había una fiesta en la nueva casa de Lola —dice mamá, y vuelvo rápidamente a la conversación.

Parece completamente normal, tal vez un poco cansada, dando la vuelta al queso a la parrilla y mirándome por encima del hombro. ¿Sabes?, preparándonos la cena como si fuera una noche de viernes normal, sin nada de particular. Me parece que los tres la observamos cocinar reprimiendo las ganas de sugerirle que se siente, que se relaje, que nos deje llevarle algo para comer.

Nos mataría.

—Hay una… —Le robo unos trozos de queso del plato—. Pero me quedo.

—No, no te quedas. —Se vuelve y me mira con esa cara suya de «no discutas conmigo»—. La tienda de Oliver abre mañana.

—Ya lo sé.

—Vas a salir y te vas a dormir a tu casa esta noche —insiste papá—. Llevaré a mamá a ver una película y luego la traeré a casa y… —Hace un breve movimiento de baile a su espalda—. No querrás estar en casa para lo que vendrá después.

«¡Dios mío!» Me tapo los oídos y Bellamy se agacha fingiendo esconderse debajo de la barra del desayuno.

—Tú ganas —le dig …

  • Vergara (5 de julio de 2018)

lolololol (4)

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